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Capítulo — El Precio de Lara

Autor: M Souza
last update Data de publicação: 2026-02-04 11:22:07

Khaled Rashid

Soy Khaled Rashid. A los veintiséis años, soy uno de los hombres más poderosos de Dubái y del mundo. Un magnate que controla vastas fortunas y negocios que se extienden por todo el planeta. Soy jeque y cabeza de una de las familias más influyentes de los Emiratos Árabes Unidos. Lo que digo se convierte en ley. Lo que quiero, lo obtengo. Nada ni nadie puede impedirme conquistar lo que deseo, y soy implacable en ese objetivo.

Ya estuve casado dos veces. Ambas mujeres fracasaron al intentar comprender la verdadera naturaleza de mi control. No supieron seguir las reglas. La desobediencia es algo que simplemente no tolero. El precio fue alto, pero cada una pagó con su vida. Cuando eres como yo, nadie puede desafiar tu poder. Murieron por no someterse y, para mí, aquello no significó nada más que la necesidad de reafirmar mi autoridad.

No soy un hombre de sentimientos. No creo en el amor, sino en algo mucho más fuerte: el poder sobre los demás. Siempre que veo algo —o a alguien— que deseo, hago lo que sea necesario para obtenerlo. El mundo existe para que yo lo controle, y la sensación de estar al mando es irremplazable.

Fue esa misma sensación la que sentí al ver a aquella mujer en el salón. Estaba en medio de una gran negociación, rodeado de empresarios y otros hombres de poder. Pero cuando mis ojos se posaron en ella, todo lo demás desapareció. La mujer del vestido negro emanaba una confianza silenciosa y, al mismo tiempo, una vulnerabilidad que no pude ignorar. No conseguía apartar la mirada de ella. Y cuando supe que era hija de Alberto, un empresario brasileño con quien estaba a punto de cerrar un acuerdo, vi una oportunidad. Ella sería la pieza clave que faltaba para sellar el trato… y, más importante aún, para tenerla bajo mi control.

Alberto estaba allí para salvar su empresa, y yo sabía que no tenía muchas opciones. Lo que él necesitaba —y lo que yo podía ofrecer— era mucho más que un simple contrato. Yo tenía el poder de salvar su compañía y una forma de asegurar que se convirtiera en mi socio. Pero, para eso, tendría que darme algo más. Tendría que entregarme a su hija, Lara, en matrimonio. Un matrimonio que sería tanto un favor como una transacción. Y eso fue exactamente lo que le ofrecí.

Cuando conseguí un momento a solas con Alberto, lo llevé a una sala privada, lejos de cualquier distracción. El ambiente era sobrio, con muebles costosos y una vista impresionante de la ciudad. Yo estaba cómodo, como siempre lo estoy cuando tengo el control. Él parecía nervioso, quizá incómodo, pero sabía que tenía demasiado que perder.

—Alberto, tengo una propuesta de negocios para ti —dije con calma, observando su reacción.

No respondió de inmediato. Asintió levemente, esperando que continuara. Yo sabía qué era lo que quería oír, pero también sabía que no estaba preparado para lo que iba a proponerle.

—Quiero a tu hija —dije sin rodeos.

Me miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. En su rostro se mezclaban la incredulidad y la duda.

—¿Cuál hija? —preguntó, atónito.

Yo ya esperaba esa reacción. Mantuve la mirada fija en la suya, sin parpadear.

—La del vestido negro —respondí con firmeza.

El impacto fue inmediato. No sabía si había escuchado bien.

—¿Lara? —repitió, todavía intentando procesar mis palabras.

Asentí.

—Sí, quiero a Lara como parte de nuestro negocio —continué—. Necesitas entregarme su pasaporte y comunicarle que se casará conmigo. Nada más.

Alberto se levantó de golpe de la silla, casi tropezando, con la expresión marcada por la ira y la desesperación. Intentó recuperar el control, pero la idea de entregar a su hija no era algo fácil de aceptar.

—¿Está diciendo que quiere a mi hija en matrimonio? —preguntó, incrédulo.

Sonreí con calma. Él tenía demasiado que perder, y yo lo sabía. Lo que le ofrecía no era simple… pero tampoco era algo que pudiera rechazar.

—Sí. Formará parte de nuestro acuerdo. Y eso puede salvar tu empresa —hice una breve pausa—. Sé que estás desesperado, Alberto. Y tú sabes que no tienes otra opción. Este es el precio que tendrás que pagar para sobrevivir en el mercado.

Alberto estaba en shock. Sus manos temblaban mientras miraba a sus amigos al fondo de la sala. Yo sabía que luchaba contra su propia moral, pero al final cedería. No tenía alternativa.

—Mi hija no vale ese precio —dijo finalmente, con la voz quebrada y el rostro lleno de dolor.

Lo miré con tranquilidad. No me sorprendía. Todos dicen lo mismo… hasta que se dan cuenta de que no tienen poder frente a lo que ofrezco.

—Para mí, sí lo vale —respondí sin dudar—. Ese es el valor que estoy dispuesto a pagar por ella. A cambio, salvarás tu empresa. Además, tendrás una sociedad conmigo y haré todo lo necesario para garantizar que tu compañía prospere. Solo necesito su pasaporte y la confirmación de que se casará conmigo.

Seguía aturdido, sin creer que hablaba en serio. Sus amigos parecían tan impactados como él. La propuesta era impensable, y todos intentaban entender si se trataba de una amenaza o de una verdad imposible de negar.

—¿Por qué Lara? —preguntó Alberto por fin, con la voz baja.

Me recosté en la silla, sin apartar la mirada de él. El silencio se extendió durante unos segundos antes de que respondiera.

—Porque será mía. Y yo controlo todo y a todos a mi alrededor. Si realmente quieres que tu empresa tenga una oportunidad, esto es lo que tendrás que hacer. No me importa si la quieres o no. Para mí, ella es solo otra pieza en mi juego.

Alberto guardó silencio. Sus amigos comenzaron a alejarse, incómodos con la situación. No se trataba solo de un acuerdo comercial. Era algo mucho más oscuro.

Tras un tiempo de negociación y de observar la resistencia de Alberto, finalmente cedió. El trato fue sellado. Lara se convertiría en parte de lo que yo quería.

Salimos de la sala y lo acompañé hasta la salida, con la tensión marcada en su rostro. Sabía que no estaba satisfecho, pero también sabía que no tenía alternativa. Había aceptado el acuerdo. Había vendido a su hija para garantizar la supervivencia de su empresa.

Al llegar a mi apartamento, supe que, a esa hora, él ya debía haberle dado la noticia a Lara. Ella aún no sabía que su destino estaba sellado, pero no le daría la oportunidad de elegir. Se quedaría en Dubái. No tenía opción.

Se negaría, por supuesto. Pero no importaba. Reí en voz baja, sabiendo que mi riqueza y mi poder eran más que suficientes para asegurarme de que nada la detendría. Podría intentar recurrir al consulado brasileño, pero nada —ni nadie— interferiría en mis planes.

Yo era Khaled Rashid.

Y en ese momento, lo que yo quería era a Lara.

Y siempre conseguía lo que quería.

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