LOGINAurelia cerró la puerta de su habitación con cuidado, asegurándose de que nadie la hubiera seguido. Se apoyó contra la madera fría y respiró hondo, tratando de recomponerse, pero el miedo no desaparecía. No era solo el duque de Westford lo que la atemorizaba ahora; era la certeza de que, en cualquier momento, Blackmoor podría enterarse de que algo estaba ocurriendo. Y eso le helaba la sangre.
Sus pensamientos giraban, implacables, entre recuerdos y reproches. La expresión de Adrien, su voz cargada de furia y aquella pregunta sobre la fiesta en la que Clarissa había sido víctima de Blackmoor se repetían en su mente. ¿Cuánto sabía el duque? ¿Qué había escrito su hermana en aquel diario? Y, sobre todo, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar para descubrir la verdad? —Él no merece mi lealtad… no merece que lo proteja con mi silencio —murmuró, apretando los puños. La rabia subía, quemándole la garganta, recordándole que todavía podía hacer algo para reparar, al menos en parte, el daño que había ayudado a ocultar. Pero entonces el miedo regresaba, frío y absoluto. Sabía de lo que Blackmoor era capaz, conocía su astucia y crueldad. Sabía que cualquier paso en falso, cualquier palabra dicha en el momento equivocado, podía costarle caro… demasiado caro. Se sentó al borde de la cama, con la cabeza entre las manos, sintiendo el peso de la decisión. ¿Debía ceder al impulso de revelar la verdad, sin importar las consecuencias? ¿O debía dejarse dominar por el miedo, protegerse a sí misma y seguir callando, aun sabiendo que eso la convertiría en cómplice de la injusticia una vez más? El corazón le latía con fuerza, y por un momento la decisión pareció imposible. Respiró hondo, consciente de que tendría que decidir si el miedo a Blackmoor seguiría pesando más que su deseo de revelar la verdad. Ninguna opción era fácil, ninguna segura. Solo sabía que, tarde o temprano, tendría que actuar. Se quedó todo el día en su habitación. No quiso comer y devolvió las bandejas con la comida intacta. Solo pensar en probar un bocado le revolvía el estómago. Tampoco quiso recibir a Celia y Lydia, que se habían acercado para saber cómo se encontraba. No quería ver a nadie y tampoco se sentía capaz de hacer compañía a los demás. Caminó de un lado a otro, incapaz de dejar de pensar en qué debía hacer. Las horas transcurrieron lentamente, y cada vez que creía haber llegado a una conclusión, el temor a las represalias de Blackmoor la hacía retroceder. Al llegar la noche, su mente seguía en un torbellino de pensamientos, incapaz de conciliar el sueño. Permanecía sentada junto a la cama cuando, cerca de la medianoche, un ruido seco rompió el silencio. La puerta fue derribada de una patada. Aurelia se puso de pie de un salto. Antes de que pudiera comprender lo sucedido, vio al duque de Blackmoor entrar en la habitación, acompañado del marqués de Greystone. —¿Qué significa esto? —preguntó, retrocediendo instintivamente. Blackmoor no respondió. Se acercó a ella y la sujetó con fuerza, obligándola a mirarlo. —Vas a comportarte y a cooperar —susurró junto a su rostro—. No querrás que tenga que enseñarte lo que ocurre cuando me desobedeces. Su voz era baja, casi serena, pero Aurelia conocía demasiado bien aquella calma. Era la misma que precedía a sus castigos, la que le advertía que cualquier intento de resistencia solo empeoraría las cosas. El marqués cerró la puerta y la trabó con una silla. El sonido de la madera al encajar contra el picaporte hizo que Aurelia comprendiera que no tenía escapatoria. —No, por favor… —alcanzó a decir. Él la miró con una frialdad que la dejó sin palabras. —No me obligues a repetirme. Aurelia sintió que el miedo la paralizaba. Cada fibra de su ser le pedía escapar, pero no había forma de hacerlo. Miró fugazmente hacia la puerta, calculando una posibilidad que sabía casi inexistente, y luego volvió los ojos hacia el hombre que durante años había decidido por ella, incluso cuando le había hecho creer que podía elegir. Durante lo que siguió, ambos hombres se aprovecharon de Aurelia al mismo tiempo. Blackmoor mantuvo el control de la situación, imponiendo sus condiciones y reservándose aquello que consideraba exclusivamente suyo, mientras le permitía a Greystone ciertas libertades que llevaba tiempo codiciando. El marqués aceptó aquellas concesiones sin protestar, consciente de que eran todo cuanto el duque estaba dispuesto a permitirle. Aurelia apenas lograba comprender lo que estaba ocurriendo. El asco, la humillación y el miedo se mezclaban en su interior, mientras intentaba encontrar una explicación para aquella crueldad. No entendía por qué Blackmoor permitía que Greystone se acercara a ella de aquella manera. Solo sabía que, incluso entonces, el duque seguía actuando como si tuviera pleno derecho a decidir sobre su cuerpo. Cuando los hombres finalmente se vistieron, Aurelia permanecía en el suelo, temblando, desnuda y exhausta, con el corazón golpeándole en el pecho. No levantó la mirada mientras Blackmoor se acomodaba la chaqueta y se volvía hacia el marqués con una expresión calculadora, como si acabaran de concluir una negociación cualquiera. —Con eso estamos a mano —dijo Blackmoor con voz grave—. Si el duque de Westford pregunta algo sobre Lady Clarissa, usted deberá respaldar mi inocencia. El marqués asintió, sin apartar la vista de Aurelia. —Tiene mi palabra —respondió Greystone—. Negaré todo lo que mi esposa pueda haberle contado a su hermano. Aurelia sintió que aquellas palabras la golpeaban con más fuerza que cualquier amenaza. Ni siquiera habían esperado a abandonar la habitación para hablar de su silencio como parte de un acuerdo. Para ellos, lo ocurrido no era más que el precio de una promesa; su voluntad, su dignidad y su sufrimiento carecían de importancia. El duque la había utilizado como moneda de cambio. Había permitido que Greystone se tomara ciertas libertades con ella para asegurarse de que el marqués negara cualquier información que pudiera comprometerlo. Y lo había hecho sin renunciar a su propia autoridad, como si incluso aquella concesión demostrara que seguía siendo él quien decidía sobre su vida. Una mezcla de asco, miedo y rabia recorrió el cuerpo de Aurelia. Durante años había aceptado las mentiras de Blackmoor y había participado en sus intrigas para conservar la posición que él le ofrecía. Pero ahora, al contemplar la facilidad con la que había dispuesto de ella para protegerse, comprendió hasta qué punto su lealtad solo había servido para mantenerla sometida. Aurelia bajó la mirada, intentando contener el temblor de sus manos. El miedo a Blackmoor seguía siendo tan intenso como antes, pero ya no conseguía acallar la rabia que crecía en su interior. No podía deshacer lo que había hecho ni borrar los años en que había contribuido a encubrir sus crueldades. Sin embargo, aún podía decidir qué hacer a partir de ese momento. Y no pensaba seguir protegiéndolo. Con la respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza, apoyó una mano en el suelo y se incorporó lentamente. Las piernas apenas la sostenían, y la vergüenza amenazaba con devolverla al silencio de siempre. Sin embargo, esta vez no permitió que el temor decidiera por ella. Todavía no sabía cómo conseguiría enfrentarse a Blackmoor ni qué consecuencias tendría su decisión. Pero, por primera vez, la posibilidad de seguir viviendo bajo su dominio le resultaba más insoportable que el peligro de desafiarlo.Antes de que el duque de Westford se retirara del estudio, Isolda y Aurelia se apresuraron a entrar en un salón contiguo, cerrando la puerta con mucho cuidado para que nadie notara que habían estado espiando. Una vez allí, Isolda apremió a Aurelia: —Vamos al salón privado, es mejor que nos resguardemos. Ya en la estancia, mientras Aurelia cerraba la puerta tras de sí, Isolda, con admiración evidente, comentó: —Mis respetos para el duque de Westford. Yo no conservé tanta calma cuando encaré a mi esposo. Aurelia, sumida en sus propios pensamientos, alzó la mirada, atónita: —¿Cuándo lo encaraste? Isolda se acomodó en el sillón, como si nada, y respondió con indiferencia: —Cuando me enteré de que te acostabas con él. Impactada, Aurelia se acercó a su hermana y, con voz insegura, preguntó: —¿Cuándo… cómo te enteraste? ¿Te lo dijo él? —No —replicó Isolda, mirando a su hermana con
Adrien permaneció inmóvil, con la mirada fija en el duque de Blackmoor. La sala estaba cargada de un silencio espeso, roto únicamente por la respiración contenida del duque y los leves movimientos del marqués de Greystone, visiblemente incómodo. Cada segundo que pasaba parecía alargar el aire, como si la estancia misma contuviera la respiración. Con la misma calma que había mantenido durante toda la reunión, Adrien habló, señalando sutilmente a Blackmoor: —Ella menciona que fue usted quien la incitó a tener relaciones, escudándose en un juego absurdo y aprovechando su malestar. Blackmoor palideció, tensando los puños sobre el escritorio. Su mandíbula se apretó hasta que los nudillos se blanquearon. —Eso es absurdo… yo jamás le pondría una mano encima a la esposa de mi amigo. Adrien no apartó la mirada ni un instante. Su voz siguió serena, medida: —Y aun así lo hizo. El tiempo pareció detenerse. La habitación quedó
El aire se tensó aún más. El marqués de Greystone se removió incómodo en la butaca, mientras el duque de Blackmoor lo observaba con la fría mirada de quien se sabe retado, pero aún mantiene la ventaja de la posición y el entorno. El duque de Blackmoor permaneció en silencio durante largos segundos, evaluando con frialdad el rostro imperturbable de Adrien. Finalmente, soltó un suspiro y dijo: —Muy bien… entonces, ¿qué quiere saber? Adrien, complacido por aquel primer avance, relajó levemente su postura y, con tono sereno, preguntó: —Greystone me comentó que, en la última semana de la temporada social, él y mi hermana asistieron a una fiesta celebrada en su residencia de Londres, Blackmoor House. ¿Es correcto? El duque se movió en su asiento, intentando mostrar naturalidad, aunque la rigidez de su mandíbula lo traicionaba. —No era una fiesta —replicó—. Sólo una simple reunión de amigos, nad
El carruaje se detuvo frente a la imponente fachada de Blackmoor Hall. Varios mozos acudieron de inmediato para sujetar los caballos y abrir la portezuela. Adrien descendió con serenidad. Vestía una levita oscura sobre un chaleco de seda gris, y sus botas altas, impecablemente lustradas, completaban su elegante atuendo. Con el sombrero de copa en una mano enguantada, se dirigió hacia la entrada, donde el mayordomo lo aguardaba. Tras una breve reverencia, el hombre abrió la puerta y lo condujo al interior. —Vengo a hablar con el duque de Blackmoor —anunció Adrien con voz fría y mesurada, mientras le entregaba el sombrero. El mayordomo asintió y se alejó por el corredor para anunciar su llegada. Adrien aguardó en el recibidor, repasando mentalmente las preguntas que pensaba formular. Debía mantener la calma y medir cada palabra. No podía permitir que la rabia interfiriera en su propósito. Al cabo de unos m
El regreso a Manor fue silencioso, apenas roto por el crujir de los cascos sobre la hierba húmeda. Adrien permanecía inmóvil en la silla de montar, con la mirada fija en el camino frente a él, aunque su mente corría a mil por hora. Cada palabra de Aurelia reverberaba en su cabeza, recordándole con dolor y furia lo ocurrido. Al llegar a la mansión, desmontó y dejó a su caballo al cuidado de un mozo de cuadras en la caballería. Caminó hacia su habitación con paso firme, la respiración controlada, aunque el peso de la rabia y el dolor apretaba su pecho. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en un sillón, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. El suave roce de la tela del sillón le recordó lo frágil que era su mundo; debía mantener la compostura. No podía permitirse perder la calma. La muerte de su hermana y la crueldad del duque de Blackmoor exigían que su mente permaneciera fría. Cualquier emoción desbordada, cualqui
Aurelia permaneció inmóvil, la mirada fija en los ojos grises de Adrien, esperando a que él procesara todo lo que le había contado hasta ese momento. El silencio entre ambos parecía pesar más que cualquier palabra, solo roto por el leve murmullo del viento sobre el lago y el chapoteo del agua. Finalmente, habló, con voz serena y firme, aunque cargada de tristeza: —Su hermana estaba drogada, la bebida que les dan a las mujeres en esas fiestas es una mezcla de líquidos que las hacen dóciles, aumentan su libido y las vuelven susceptibles. En este caso, el duque de Blackmoor le dijo a su hermana que un ser querido necesitaba su ayuda, y que la única forma de llegar ante esa persona era cabalgando. De esa forma él logró que su hermana se entregara a él. Ella, en todo momento, pensó que estaba montando a caballo para salvar a un ser querido… para salvarlo a usted. Adrien se quedó atónito ante la revelación. Los ojos se le agrandaron y su respiración se aceleró mientras la realidad del







