LOGINAl día siguiente de la llegada del marqués de Greystone, Aurelia había salido de su habitación sin hacer ruido, aprovechando que él se había marchado al pueblo a pasar el día. Necesitaba aire, claridad en medio de su tormento. Permanecer encerrada entre aquellas cuatro paredes, rodeada de recuerdos que ya no podía ignorar, se había vuelto insoportable.
Las horas de vigilia la habían mantenido prisionera de sus pensamientos. La culpa y la desesperación la acompañaban en cada paso, sin permitirle descanso. Caminó por los terrenos de la mansión sin rumbo fijo, procurando mantenerse alejada de las ventanas desde las que algún sirviente pudiera verla. No quería preguntas ni explicaciones. Todavía no sabía cómo enfrentarse a Isolda, mucho menos cómo hacerlo con el resto del mundo. Entonces lo vio. El duque de Westford cabalgaba un corcel negro que parecía absorber la luz del sol. Su sola presencia imponía respeto: alto, atlético, de porte elegante y mirada penetrante, era un hombre al que resultaba difícil ignorar. Cuando lo había visto dos días atrás, su aspecto y sus modales le habían causado una impresión difícil de definir. Ahora, sin embargo, no tuvo tiempo de detenerse en ello. La mano de Adrien se cerró con fuerza alrededor de su brazo y la obligó a enfrentarse a él. Su expresión, endurecida por la furia, no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. Aurelia apenas alcanzó a comprender lo que sucedía antes de escuchar su voz grave y amenazante: —Le hablo de esa fiesta en la cual el duque de Blackmoor le hizo daño a mi hermana. Aurelia sintió que el mundo se cerraba a su alrededor. El miedo le nubló los sentidos; el aire parecía no entrar en sus pulmones. ¿Cómo podía él saberlo? Nadie lo sabía. Nadie, salvo ella misma, que había estado allí, muda y petrificada, cuando todo ocurrió. Su mente giraba en espiral entre el pánico y la incredulidad. Las palabras de Westford eran un golpe, pero lo insoportable era la certeza de que él había descubierto lo imposible: lo que había visto, lo que había callado, lo que juraba jamás confesar. Sus labios se abrieron, pero ninguna palabra salió. La sangre le abandonó el rostro. Lo miró, paralizada, con un terror que no alcanzaba a disimular. La mano del duque seguía cerrada alrededor de su brazo, impidiéndole apartarse. Aurelia bajó la mirada, incapaz de sostener aquellos ojos cargados de furia, mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para responder. —Yo… yo no sé de qué habla —susurró, tratando de apartarse, mientras sus ojos buscaban alguna rendija por donde escapar. El duque no la soltaba. Cada palabra que pronunciaba parecía tallada con filo, y su voz grave y firme resonaba en los oídos de Aurelia, acentuando la sensación de impotencia que la embargaba. —No me mienta. La advertencia estuvo acompañada de una presión más firme sobre su brazo. Aurelia intentó soltarse, sorprendida por la brusquedad del gesto. —No estoy mintiendo —replicó, aunque su voz carecía de la firmeza necesaria para sostener la afirmación. —Entonces, míreme y dígame que nunca estuvo presente en aquella fiesta. Aurelia levantó los ojos hacia él. Por un instante, estuvo a punto de responder que sí, que había asistido a muchas de aquellas fiestas, que conocía demasiado bien los secretos que se ocultaban tras las puertas cerradas de Blackmoor House. Pero admitirlo significaba abrir una puerta que llevaba años intentando mantener cerrada. —No comprendo qué pretende de mí, milord —dijo finalmente—. Si tiene alguna acusación contra el duque, debería hablar con él. La mandíbula de Adrien se tensó. —¿Con él? ¿Cree que no lo haré? Su tono hizo que Aurelia retrocediera medio paso, pero la mano que la sujetaba impidió que se alejara más. —Entonces no entiendo por qué me interroga a mí. —Porque su nombre aparece en el diario de mi hermana, vinculado al de Blackmoor. Y porque, cuando le he mencionado aquella fiesta, su reacción me ha demostrado que sabe más de lo que está dispuesta a admitir. Aurelia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No sabía qué había escrito Clarissa, pero aquellas palabras bastaban para confirmar que su pasado ya no estaba tan a salvo como había creído. Aun así, se obligó a sostenerle la mirada. —No puede responsabilizarme de todo cuanto hiciera el duque solo porque mi nombre aparezca en un diario. —No he dicho que sea responsable de todo. Le he preguntado por una noche concreta. —Y yo le he dicho que no sé de qué me habla. La respuesta pareció agotar la poca paciencia que le quedaba a Adrien. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. —Usted sabe muy bien de qué hablo. —Por favor, milord… —¡No me mienta! —dijo él, y de inmediato su mano se apretó con más fuerza sobre el brazo de Aurelia, un recordatorio doloroso de que no había posibilidad de retirada. —¡Por favor, suelte mi brazo! —jadeó ella, el dolor recorriéndole el hombro—. ¡Me está haciendo daño! Por un instante, la furia que había llevado a Adrien hasta ese punto cedió al verla intentar liberar el brazo. Comprendió, con una claridad incómoda, que estaba utilizando su fuerza para intimidarla y causarle dolor. La ira y el resentimiento no justificaban su conducta, ni conseguiría que ella confesara nada por medio del miedo. La soltó de inmediato y retrocedió un paso. Aurelia no esperó a que dijera nada más. Se volvió y corrió hacia la mansión, sin mirar atrás. Sus pasos la llevaron por el sendero hasta la entrada, donde las paredes conocidas le ofrecieron el primer refugio que había encontrado desde que saliera de su habitación. Adrien permaneció inmóvil, observándola desaparecer. La vergüenza comenzó a abrirse paso entre su ira. Había perdido el control y permitido que el dolor por su hermana dictara sus actos. No era así como había imaginado aquel encuentro, ni había conseguido las respuestas que buscaba. Sin embargo, la reacción de Aurelia no dejaba de inquietarlo. Podía negar su participación y refugiarse en la protección de la duquesa de Blackmoor, pero algo en su comportamiento le decía que conocía la verdad sobre aquella noche. Adrien apretó la mandíbula y volvió la mirada hacia la mansión. Todavía ignoraba cuál había sido el papel de Aurelia en lo sucedido con Clarissa, pero estaba decidido a descubrirlo.Antes de que el duque de Westford se retirara del estudio, Isolda y Aurelia se apresuraron a entrar en un salón contiguo, cerrando la puerta con mucho cuidado para que nadie notara que habían estado espiando. Una vez allí, Isolda apremió a Aurelia: —Vamos al salón privado, es mejor que nos resguardemos. Ya en la estancia, mientras Aurelia cerraba la puerta tras de sí, Isolda, con admiración evidente, comentó: —Mis respetos para el duque de Westford. Yo no conservé tanta calma cuando encaré a mi esposo. Aurelia, sumida en sus propios pensamientos, alzó la mirada, atónita: —¿Cuándo lo encaraste? Isolda se acomodó en el sillón, como si nada, y respondió con indiferencia: —Cuando me enteré de que te acostabas con él. Impactada, Aurelia se acercó a su hermana y, con voz insegura, preguntó: —¿Cuándo… cómo te enteraste? ¿Te lo dijo él? —No —replicó Isolda, mirando a su hermana con
Adrien permaneció inmóvil, con la mirada fija en el duque de Blackmoor. La sala estaba cargada de un silencio espeso, roto únicamente por la respiración contenida del duque y los leves movimientos del marqués de Greystone, visiblemente incómodo. Cada segundo que pasaba parecía alargar el aire, como si la estancia misma contuviera la respiración. Con la misma calma que había mantenido durante toda la reunión, Adrien habló, señalando sutilmente a Blackmoor: —Ella menciona que fue usted quien la incitó a tener relaciones, escudándose en un juego absurdo y aprovechando su malestar. Blackmoor palideció, tensando los puños sobre el escritorio. Su mandíbula se apretó hasta que los nudillos se blanquearon. —Eso es absurdo… yo jamás le pondría una mano encima a la esposa de mi amigo. Adrien no apartó la mirada ni un instante. Su voz siguió serena, medida: —Y aun así lo hizo. El tiempo pareció detenerse. La habitación quedó
El aire se tensó aún más. El marqués de Greystone se removió incómodo en la butaca, mientras el duque de Blackmoor lo observaba con la fría mirada de quien se sabe retado, pero aún mantiene la ventaja de la posición y el entorno. El duque de Blackmoor permaneció en silencio durante largos segundos, evaluando con frialdad el rostro imperturbable de Adrien. Finalmente, soltó un suspiro y dijo: —Muy bien… entonces, ¿qué quiere saber? Adrien, complacido por aquel primer avance, relajó levemente su postura y, con tono sereno, preguntó: —Greystone me comentó que, en la última semana de la temporada social, él y mi hermana asistieron a una fiesta celebrada en su residencia de Londres, Blackmoor House. ¿Es correcto? El duque se movió en su asiento, intentando mostrar naturalidad, aunque la rigidez de su mandíbula lo traicionaba. —No era una fiesta —replicó—. Sólo una simple reunión de amigos, nad
El carruaje se detuvo frente a la imponente fachada de Blackmoor Hall. Varios mozos acudieron de inmediato para sujetar los caballos y abrir la portezuela. Adrien descendió con serenidad. Vestía una levita oscura sobre un chaleco de seda gris, y sus botas altas, impecablemente lustradas, completaban su elegante atuendo. Con el sombrero de copa en una mano enguantada, se dirigió hacia la entrada, donde el mayordomo lo aguardaba. Tras una breve reverencia, el hombre abrió la puerta y lo condujo al interior. —Vengo a hablar con el duque de Blackmoor —anunció Adrien con voz fría y mesurada, mientras le entregaba el sombrero. El mayordomo asintió y se alejó por el corredor para anunciar su llegada. Adrien aguardó en el recibidor, repasando mentalmente las preguntas que pensaba formular. Debía mantener la calma y medir cada palabra. No podía permitir que la rabia interfiriera en su propósito. Al cabo de unos m
El regreso a Manor fue silencioso, apenas roto por el crujir de los cascos sobre la hierba húmeda. Adrien permanecía inmóvil en la silla de montar, con la mirada fija en el camino frente a él, aunque su mente corría a mil por hora. Cada palabra de Aurelia reverberaba en su cabeza, recordándole con dolor y furia lo ocurrido. Al llegar a la mansión, desmontó y dejó a su caballo al cuidado de un mozo de cuadras en la caballería. Caminó hacia su habitación con paso firme, la respiración controlada, aunque el peso de la rabia y el dolor apretaba su pecho. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en un sillón, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. El suave roce de la tela del sillón le recordó lo frágil que era su mundo; debía mantener la compostura. No podía permitirse perder la calma. La muerte de su hermana y la crueldad del duque de Blackmoor exigían que su mente permaneciera fría. Cualquier emoción desbordada, cualqui
Aurelia permaneció inmóvil, la mirada fija en los ojos grises de Adrien, esperando a que él procesara todo lo que le había contado hasta ese momento. El silencio entre ambos parecía pesar más que cualquier palabra, solo roto por el leve murmullo del viento sobre el lago y el chapoteo del agua. Finalmente, habló, con voz serena y firme, aunque cargada de tristeza: —Su hermana estaba drogada, la bebida que les dan a las mujeres en esas fiestas es una mezcla de líquidos que las hacen dóciles, aumentan su libido y las vuelven susceptibles. En este caso, el duque de Blackmoor le dijo a su hermana que un ser querido necesitaba su ayuda, y que la única forma de llegar ante esa persona era cabalgando. De esa forma él logró que su hermana se entregara a él. Ella, en todo momento, pensó que estaba montando a caballo para salvar a un ser querido… para salvarlo a usted. Adrien se quedó atónito ante la revelación. Los ojos se le agrandaron y su respiración se aceleró mientras la realidad del







