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Capítulo 2

مؤلف: Gemma Zavala
Apenas podía procesar lo que estaba viendo.

Esa misma tarde, Jaime me había sujetado la mano y prometido que esa noche me llevaría a comer a nuestro restaurante favorito. Sin embargo, bastó una llamada de Natalia, quien aseguró que la estaban acosando en la empresa, para que su expresión cambiara. Me pidió que lo esperara en casa y salió a toda prisa.

La visión compartida seguía activa.

***

Jaime rodeó a Natalia con los brazos. El gesto le salió natural e íntimo.

Apoyada contra su pecho, ella habló con voz entrecortada por el llanto:

—Todos dicen que conseguí el puesto por mis contactos, pero de verdad me he esforzado mucho.

—¿Quién se atrevió a decirte eso?

La voz de Jaime se volvió fría y autoritaria, como de costumbre.

—Mañana mismo los despido.

Cerré los ojos. Por primera vez quise cortar aquella maldita visión compartida, pero era imposible desactivar aquella capacidad: mientras Jaime estuviera despierto, yo tenía que contemplar todo lo que veían sus ojos.

Lo había acompañado desde la etapa más dolorosa de su vida. Él también había jurado que solo me amaría a mí, que yo era su vida. Ahora, en cambio, entregaba a otra mujer, como si fuera lo más natural del mundo, toda la ternura que antes había reservado para mí.

Recordé el día en que llegué a ese mundo. Jaime estaba en la azotea de un edificio, con la mirada vacía, dispuesto a saltar.

—Mis padres murieron. ¿Para qué voy a seguir viviendo?

Según la novela, las desgracias de su familia y la traición de sus amigos lo convertirían en un hombre posesivo y desquiciado. Al final se destruiría a sí mismo y también arruinaría la vida de quienes lo rodeaban.

Mi misión era impedir que aquel protagonista trágico llegara al desenlace destructivo que la novela había escrito para él.

Corrí hacia él y lo abracé.

—Me quedaré contigo. Nunca voy a abandonarte.

Cuando bajó la guardia, lo empujé lejos del borde. La policía aprovechó la oportunidad para acercarse y ponerlo a salvo.

Así fue como nuestras vidas se cruzaron.

El destino podía ser extraño. Tal vez me conmovía demasiado lo que había sufrido y no quería que acabara como en la novela. Tal vez aparecí justo cuando más necesitaba a alguien a su lado, o quizá él estaba demasiado solo. Fuera cual fuera la razón, terminamos juntos, tal como esperaba el sistema.

Para darme una buena vida, Jaime se entregó por completo a los negocios y soportó incontables reuniones, cenas y compromisos de trabajo. Con el tiempo se convirtió en el director general de una empresa que cotizaba en bolsa, y la prensa llegó a presentarlo como el empresario exitoso y enamorado que cualquier mujer envidiaría.

Él me amaba, dependía de mí y no podía vivir sin mí.

No le gustaba que hablara con otros hombres, así que poco a poco me fui alejando de mis amigos. Consideraba peligroso el mundo exterior, por lo que yo pasaba casi todo el tiempo en casa esperando su regreso. Temía que me ocurriera algo y necesitaba saber dónde estaba a cada momento; después de resistirme varias veces, acepté compartir mi ubicación con él en tiempo real.

Creí que todos mis sacrificios bastarían para asegurar su amor eterno. Ahora comprendía que no habían servido de nada.

—Jaime, ¿no se molestará Fiona porque llevas tanto tiempo aquí?

Natalia habló con cautela.

Él volvió la cabeza hacia la ventana. Por aquel gesto brusco, noté su impaciencia.

—No te preocupes por ella. Esperará.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que quise admitir.

Me puse de pie de golpe, con el estómago revuelto, y corrí al baño. Me incliné sobre el inodoro y tuve varias arcadas, pero no salió nada.

En el espejo vi a una mujer agotada, al borde de derrumbarse.

Durante los últimos diez años había vivido atrapada en la visión de Jaime, contemplando el mundo a través de sus ojos mientras perdía poco a poco mi propia identidad.

Ahora había otra mujer dentro de aquella jaula.

***

Jaime no volvió hasta pasada la medianoche. Olía a alcohol y al perfume de gardenias que Natalia usaba siempre.

El aroma me resultó penetrante y nauseabundo.

—¿Dónde estabas? —pregunté con la voz áspera.

Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el sofá.

—¿Por qué sigues despierta?

Su tono era indiferente, sin el menor rastro de culpa.

No lo miré. Me limité a observar el techo.

—Te divertiste mucho con Natalia.

No era una pregunta, sino una afirmación.

Sus pasos se detuvieron un instante. Después se sentó en el borde de la cama y extendió los brazos para abrazarme.

—¿Quién te llenó la cabeza de ideas? No inventes cosas. Natalia es solo una secretaria. Hoy la trataron mal y me limité a consolarla.

Giré la cabeza para esquivar su mano. En mi mente volvió a aparecer la imagen de él abrazándola.

—Lo vi.

Hablé en voz baja, pero con una calma que nunca antes había sentido.

—Te vi abrazarla, consolarla y decirle que no se preocupara por mí.

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