FAZER LOGINAunque sabía que mi esposo, Luis Ramírez, había fingido su muerte y estaba suplantando la identidad de su hermano gemelo menor, Martín Ramírez, no lo desenmascaré. En vez de eso, fui directamente ante la máxima autoridad militar de la región, Sergio Montoya, y le dije que Luis estaba muerto. Le pedí que lo dieran de baja del ejército y que le retiraran el grado. En mi vida pasada, Martín murió en un accidente. Y Luis, sin dudarlo, fingió su propia muerte y abandonó su puesto en el ejército para hacerse pasar por Martín, todo para que Gina Espíndola no quedara viuda. Yo lo reconocí al instante. Sabía que era Luis. Lo enfrenté y le exigí que me dijera por qué se estaba haciendo pasar por Martín. Pero lo negó hasta el final. Me hizo a un lado con frialdad: —Mayra, sé que estás hecha pedazos por la muerte de Luis, pero eso no te da derecho a venir a decir que yo soy él. Sostuvo a Gina, débil y frágil como si fuera de cristal, y a mí me empujó al río helado. Me lo dejó claro: que ni se me ocurriera hacerme ilusiones. Mi hija, Perla Ramírez, con apenas cinco años, lloraba y preguntaba: —¿Por qué papá ya no me quiere? Y por eso la encerraron en un cuarto oscuro "para que aprendiera". Tres días y tres noches sin probar bocado. La madre de Luis, Almeida Vargas, me colmó de insultos, diciendo que yo era una matamaridos, un mal augurio. Nos echó a Perla y a mí con lo puesto, sin un centavo. Y Luis todavía se encargó de esparcir el rumor por todas partes: que yo estaba loca, que Luis apenas acababa de morir y yo ya andaba obsesionada con Martín. Todos me despreciaron. Me señalaron. Me miraban con asco. Al final, abracé a Perla y morimos congeladas en la peor helada del invierno. *** Cuando abrí los ojos de nuevo, había vuelto al día en que Luis empezó a hacerse pasar por Martín.
Ver maisEl superior mandó llamar a Gina y a Almeida. Las separaron y las interrogaron a cada una por su lado.Luis se creía ganador. Se me acercó a provocarme, con esa mirada de superioridad.—Mayra, ya vi cómo eres. En cuanto recupere mi identidad, te voy a pedir el divorcio.Yo ni le respondí; solo me quedé ahí, sin moverme, esperando a que terminaran los interrogatorios.Unos minutos después, Gina salió primero. En cuanto vio a Luis, se le pegó y le habló con voz melosa:—Amor…Luis la apartó de golpe.—¿A quién le dices amor? Yo soy Luis, no soy tu esposo.Gina hizo una mueca, como si le diera igual.—¿Y tú qué crees? ¡Si me maté para que el superior se creyera que somos pareja!Luis se quedó helado.No alcanzó a reaccionar cuando Almeida también salió, de prisa, y se acercó a él como si fuera a compartir un secreto.—Tranquilo. Los engañé a todos. No van a sospechar que te estás haciendo pasar por Martín.Yo sonreí para mis adentros, con frialdad. Luis creyó que, porque ellas sabían la ve
Si hubiera sido antes, si Luis me confesaba su identidad así, de frente, yo sí habría perdido la cabeza y habría vuelto con él.Pero ahora, después de verlo con Gina, pegados, cómplices, como si yo no existiera, lo único que sentí fue una amarga ironía.Me zafé de su mano y lo miré con total desdén.—Luis ya está muerto. ¿Y ahora sales con que tú eres Luis? ¿Crees que así me vas a engañar?Luis extendió la mano, desesperado.—Soy yo de verdad, mira la cicatriz.Lo interrumpí sin dudar.—Las cicatrices también se pueden falsificar. No voy a creerte.Se le notaba cada vez más desesperado. Al final ni siquiera habló: me agarró e intentó arrastrarme. Yo forcejeé con todas mis fuerzas. Y cuando se distrajo un segundo, lo empujé y salí corriendo.Él me alcanzó, furioso, y justo cuando me agarró… una luz blanca estalló en la oscuridad.Varias personas se abalanzaron sobre él. Movimientos limpios, precisos. En segundos lo tiraron al suelo y lo inmovilizaron sin darle oportunidad ni de resistir
Yo no quería ni mirarlo. Tomé a Renato del brazo para irme, pero Luis me alcanzó en dos zancadas y me agarró la mano.—¿Me escuchaste o no?Me di la vuelta, harta, y le solté la mano. Tenía el rostro impasible; la voz plana:—¿Y tú con qué derecho vienes a interrogarme?Luis miró de reojo a Gina, casi por instinto.—Fuiste la esposa de Luis. Él apenas acaba de morir y tú ya estás con otro hombre; claro que puedo reprochártelo.No tenía ganas de escuchar sus excusas ridículas. Quise irme, pero Luis se plantó frente a Renato y lo miró por encima del hombro, con esa soberbia asquerosa.—¿Tú sabes que Mayra ya estuvo casada, no? La niña es la hija que tuvo con su esposo. ¿De verdad vas a querer a una mujer de segunda mano, con una hija? Y te lo digo de frente: yo soy Martín. Me parezco a Luis y ella me quiso usar como reemplazo. Tú…No terminó la frase.Renato lo interrumpió con una voz fría.—Ella fue la esposa de Luis. ¿Y así hablas de ella? Ni un poco de respeto. Yo estudié con Mayra en
Era Sergio.Entró a paso firme. Apenas vio el caos, se le endureció el gesto.—La indemnización se entrega según el reglamento. Es para Mayra y su hija. Nadie más tiene derecho a arrebatársela.Detrás de él entraron más de diez guardias. Al verlos, todos se quedaron callados, intimidados.Apenas Luis vio a Sergio, se le dibujó una sonrisa falsa. Se acercó con actitud servil.—¿Qué lo trae por aquí en persona? Usted no sabe cómo es Mayra; lo tienen engañado. Ella me coqueteaba a escondidas. Solo porque me parezco a mi hermano Luis, quiere casarse conmigo. ¡Es una descarada!Al oír que era Sergio, Almeida se tiró al suelo a llorar.—¡Dígame usted si esto es justo! Luis jamás la trató mal. Que todavía no nos haya dado un hijo varón, bueno, se lo aguantamos; ¡pero ahora quiere quedarse con la indemnización! ¡Nos tomó el pelo a todos!Gina miró a Sergio de reojo, se tapó la cara y empezó a sollozar como si fuera la víctima perfecta.—Mayra no solo quiere quitarme a mi esposo, también quiso






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