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Capítulo 3

Autor: Zafira
Se me apretó el pecho de golpe.

Hasta Perla sabía que ese hombre era Luis, y aun así él jamás lo admitía. Incluso con su propia hija podía ser cruel.

La apreté con fuerza contra mi pecho, tragándome las lágrimas.

—Ese no es tu papá. Tu papá ya no está.

Ese mismo día tomé el acta de defunción y fui a la zona militar a ver a Sergio. Le pedí que lo dieran de baja del ejército y que le retiraran el grado.

Sergio suspiró, con el rostro serio.

—Ya me enteré de lo de Luis. Lo lamento mucho. Si necesitas algo, dímelo. Haré todo lo posible por ayudarte.

No dudé. Era una idea que llevaba tiempo dándole vueltas.

—Quiero un trabajo aquí, dentro de la zona militar. Con que me alcance para mantener a mi hija, me basta.

Sergio se sorprendió.

—Aquí se trabaja duro, y tendrías que dejar la ciudad en la que vivías. ¿Estás segura?

Ese era precisamente mi objetivo. Asentí con firmeza.

El trámite salió rápido. No solo lo dieron de baja, sino que también me entregaron una indemnización.

Cuando regresé, Almeida estaba sentada en la sala. Apenas me vio entrar, soltó con veneno:

—Luis se murió y tú ahí, paseándote como si nada. Sí que fue un desgraciado por casarse contigo.

Perla estaba sentada en el suelo, llorando bajito mientras pelaba papas. Sus manitas estaban llenas de ampollas, varias ya reventadas, rojas e hinchadas.

La rabia me volvió a arder por dentro; la cargué de inmediato.

—¡Perla solo tiene cinco años! ¿No ves que tiene las manos destrozadas?

Almeida se plantó en jarras y escupió al suelo con desprecio.

—Maldita, siempre trayendo mala suerte. Ni siquiera un hijo varón le pudiste dar a Luis y todavía quieres quedarte aquí. ¿O qué? ¿Vas a vivir aquí sin mover un dedo?

Solté una risa fría.

—Pues si para ustedes mi esposo ya está muerto, entonces me voy. No les debo nada.

Me di la vuelta para salir, pero Almeida se alteró y corrió a cortarme el paso.

—Si te vas, ¿quién va a cuidar a Gina? ¡Llevas años viviendo aquí sin pagar nada! ¡No te vas a largar así nada más!

Gina estaba junto a la ventana, acariciándose la panza, mirándome con esa satisfacción que daba asco.

—¿Y yo qué culpa tengo de que tú no hayas podido darle un varón? En mi vientre está el único nieto de la familia, así que a mí me cuidan como se debe.

Luis la sostenía por la cintura, como si fuera de cristal, y me habló en tono autoritario:

—Mi madre ya está mayor. Gina necesita que la cuiden. No hagas una escena.

Me dieron ganas de reírme en su cara. Cuando yo di a luz a Perla, ¿cuándo dijo él que yo necesitaba cuidados? Se me rompió la fuente y fui sola al hospital. En esa casa nadie me preguntó ni una vez cómo estaba.

Almeida me despreciaba por no haber tenido un hijo. A mí me trataba como si no existiera. Y Luis ni aparecía. Nunca se ocupó de nada. ¿Y ahora pretendían que yo los cuidara?

Apreté los dientes. Me llevé a Perla a la habitación y le puse pomada con todo el cuidado del mundo.

Cuando salí, alcancé a escuchar la voz de Gina y la de Luis del otro lado de la puerta.

—Mira a Mayra… Si no fuera porque tú te hiciste pasar por Martín para quedarte conmigo, esa mujer me habría arruinado la vida.

La voz de Luis sonó suave, tierna.

—Tranquila. Por ti y por nuestro hijo, te voy a proteger toda la vida. Y mi madre está de tu lado; si no, ¿cómo crees que habría aceptado que yo me hiciera pasar por Martín?

Me clavé las uñas en la palma, me mordí el labio hasta que me supo a sangre.

Así que el bebé de Gina era de Luis. Y desde el principio ambos sabían que Luis se hacía pasar por Martín.

Se habían metido juntos en esto desde mucho antes de lo que yo imaginaba y la única que no sabía nada era yo. La única que vivía engañada.

Miré a Perla dormida y me obligué a respirar. Por ella… pronto íbamos a salir de ahí.

Y, efectivamente, dos días después me llegó el mensaje de Sergio: "Ya te asigné un puesto. Puedes presentarte cuando quieras."

No lo dudé. Empecé a empacar en ese mismo instante.

Pero en cuanto crucé la puerta, me topé con Luis. Tenía el rostro sombrío, tenso, a punto de estallar.

Su mirada se clavó en el boleto que tenía en la mano. Su voz salió helada:

—¿A dónde vas?
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