Gina venía al frente; detrás de ella venían varios vecinos.Soltó un grito y clavó la mirada, con la cara desencajada, en la mano de Luis aferrada a la mía.—¡Martín! ¿Qué estás haciendo?Los demás también se quedaron viéndonos raro, murmurando entre ellos.—¿Y estos dos qué?—Ni disimulan, Luis apenas se murió y ya están juntos.—Qué asco…Luis volteó y, al verlos, se le descompuso la cara.Me soltó al instante y se fue hacia Gina, rápido, como si la escena le quemara la piel.—Amor, no es lo que parece, Mayra es la que me está provocando.Me señaló con rabia, fingiendo indignación.—¡Me confunde con Luis! ¡Quiere que yo también me case con ella! Dice que no sabe vivir sin un hombre.Se me hundió el corazón.Esa expresión suya, ese tono, esa forma de culparme era igual a mi vida pasada: él, con asco en la cara, pegado a Gina como si yo fuera la peste.Gina se desfiguró de furia, me miró como si quisiera arrancarme la piel, la voz afilada:—¡Perra! ¿Te atreves a coquetear con mi esposo
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