FAZER LOGINGavrel Mikhailov.
Con una hermana más fuerte y una esposa que no conocía el miedo, Mikhail salió del territorio de las pandillas con más de lo que había llevado. Se hizo de posesiones por sí solo. Se posicionó como mercader, aunque esa palabra apenas alcanzaba para describirlo. A él acudían por asuntos que nadie debía mencionar en voz alta. El dinero era el único idioma que respetaba. Vendía y fabricaba armas. Enseñaba a disparar. Conseguía lo que nadie más podía conseguir. Con el tiempo empezaron a llamarlo Mikhail, el Bárbaro. Cuando nos preguntaban por nuestros antepasados, siempre era él quien me venía a la mente. Resulta fascinante lo que puede surgir de alguien que estuvo a un paso de morir y decidió que nunca volvería a estarlo. Se enfrentó a su familia. Liberó por completo a su hermana. Y se convirtió en un hombre envidiado, no solo por su riqueza, sino por la mujer que tenía a su lado: una esposa que lo defendía con la misma ferocidad con la que él atacaba. El hombre que lo había encarcelado apareció decapitado. Sus padres terminaron sirviéndole. Nadie supo nunca quién había movido los hilos para que aquello ocurriera, aunque todos lo sospechaban. Dos años después nació su primer y único hijo: Iván Mikhailov. El apellido empezó a pesar desde entonces. El niño creció bajo la mirada de tres adultos que lo cuidaban como si fuera una reliquia y lo entrenaban como si fuera un arma. Amor y disciplina en partes iguales. Le enseñaron a no temerle al mundo.A no dejarse pisotear. Y a entender que, si quería superar a su padre, primero debía sobrevivir a todo lo que su padre ya había enfrentado. Mikhail formó un grupo armado. Luego otro. Después una red. Las peleas en cloacas, los ajustes de cuentas y las alianzas terminaron convirtiéndose en algo más grande: una organización que empezó a extenderse por Rusia, absorbiendo mafias que ya existían o aplastándolas cuando se negaban. El enemigo rara vez quedaba de pie cuando Mikhail estaba involucrado. Maia se casó con quien quiso, con alguien capaz de sostener el estatus que su hermano ya le había dado. Nunca se separaron. La unidad, decía él, siempre es la forma más rápida de ganar. Y mientras el imperio crecía, Mikhail cuidaba de su hijo, de su esposa y de su familia… sin descuidar nunca la organización. A los veinticuatro años, Mikhail entregó lo que había construido a su hijo. Iván quedó al frente de todo; Mikhail conservó solo lo necesario para sí mismo. Desde ese momento, el peso recayó sobre Iván: proteger a los hijos de su tía Maia, mantener la unión de una familia que ya era más grande y sostener lo que empezaba a conocerse como el legado Mikhailov. Iván no era hombre de quedarse quieto. Igual que su padre, quería más: más poder, más conocimiento, más entrenamiento. Así nació el primer korol, y su padre no podía estar más orgulloso. De esa ambición surgió la idea de crear un lugar al que llamó Inferno. Un sitio donde primero se entrenó a sí mismo y luego a los suyos, sometiéndolos a las pruebas más brutales y extremas que podían concebirse en aquellos tiempos. Continuó entrenando en las cloacas hasta que la piel se le abrió y debía recuperarse. No pensaba en nada más, exponiéndose a sí mismo a la misma muerte, para que nadie se llevara merito. En una de esas incursiones, una serpiente lo mordió. El veneno fue extraído por una gitana, Taisia. Aunque, según el relato, Mikhail no le temió a la gyurza; al contrario, interpretó que, si no lo había matado, era porque entre bestias se reconocen los colmillos. La idea era discutible, pero para él fue suficiente. Adoptó como símbolo a aquella criatura hermosa y letal. La gitana que lo ayudó a curarse de la mordedura no fue solo una curandera de paso. Años después, se convertiría en su esposa. En cada generación solo conocieron una dirección: hacia arriba. La superioridad dejó de ser una meta y pasó a ser la línea base. Cuando nacieron Pavel, Lenin, Alexandra y Nikolay, mi abuelo, la organización ya no solo crecía: empezaba a atraer. Hombres de otros territorios buscaban a Iván, no para evitar su arma, sino para luchar a su lado cuando llegara el momento. Trece clanes cayeron bajo su mando, clanes que antes solo se identificaban por el nombre de la tierra de la que provenían. Para evitar confusión, de ellos nació un nombre nuevo, uno que no describía no solo el origen de un poder, sino propósito: los voiny ada, los guerreros del infierno. Cada sucesor superaba al anterior. Era casi una norma no escrita. Los cuatro eran capaces de infundir respeto por solo presentarse. Y cuando llegó el turno de Pavel, el mando no solo se sostuvo, se expandió. Como korol de la mafia rusa, junto a sus hermanos llevó la organización a otro nivel. El nombre Mikhailov dejó de ser un rumor europeo y empezó a pesar también en Asia y en América. Había lugares donde bastaba pronunciarlo para que el ambiente cambiara. La ’Ndrangheta quiso un lugar equivalente. Pero no querían compartir ni negociar; querían imponerse. Eligieron el camino más directo: acribillaron al Korol y a su hermano Lenin, para debilitar el orden. Conozco esa emboscada, a detalle. Me sirve de lección y como inspiración para que no ocurra nuevamente. Murieron como leyendas, y eso selló el destino de quienes lo hicieron. Un Meyer. Iván, Alexandra y Nikolay no fueron por justicia ni por equilibrio. Fueron por cabezas. Y las consiguieron. Los responsables desaparecieron de la faz de la tierra, sin rastro, sin historia, sin tumba. Un recordatorio claro de lo que significaba derramar sangre Mikhailov. La dinastía había perdido dos miembros, pero el mensaje quedó intacto: el precio siempre sería desproporcionado. Alexandra, la hermana mayor de Nikolay, en otro tiempo, quizá habría reinado. Pero no era ese tiempo. La era de mi abuelo llegó sin que él la buscara. Era su deber, no su deseo. Aun así, no dejó a su hermana de lado. La protegió ofreciéndole un lugar, pero ella no lo aceptó. Y se apartó del centro del tablero. Decidido a que nunca volviera a repetirse lo que ya habían sufrido, él aceptó su retiro. Hasta hoy, Alexandra —mi tía abuela— es quien ha tenido la vida más tranquila de todos. Ella y su familia permanecieron lejos de las mafias, lejos de las guerras internas, lejos del peso del apellido… al menos del peso más visible. O eso se quiso creer. Porque el olor de la sangre no siempre parece agradar. Cuando mis abuelos se casaron entendieron que no bastaba con conservar lo que existía; había que dejar algo nuevo, algo que marcara cada transición para que la historia nunca se diluyera. Así nació la Zhena korolya. Fue ella quien introdujo el conocimiento médico como un nivel adicional para los voiny ada, creando a los spasatel. El nivel más alto entre los guerreros de la mafia rusa. Nadie estaba exento de aspirar a ello, pero ascender significaba atravesar pruebas donde no solo se quebraba el cuerpo… también la mente. Y yo lo superé en tiempo récord. Porque, el nombre de mi padre debía seguir siendo admirado. Menos que eso no da unos de sus descendientes. Mi paso por ese lugar fue lo más desafiante que hice a los veinte años. Waleska, Maya y yo terminamos lo que habíamos empezado: entrenarnos hasta convertirnos en un círculo de protección imposible de romper. Nos transformamos en una línea de sangre que, si se cuenta desde el origen sin omitir nada, puede aterrar… o maravillar. —Es para quien quiera oírlo —decía mi abuelo. Yo siempre quería oírlo. Damien, mi hermano mayor, mellizo de la mujer que más fastidia con sus apodos horribles, Zarya —nuestra hermana y mi catadora oficial—, escuchaban igual de atentos cada relato del abuelo. Mi padre, aunque fingía indiferencia, tampoco se perdía esas historias, sobre todo cuando llegaban a su propia parte… la que el tío Andrey siempre distorsionaba solo para hacerlo enfurecer. No somos una familia común. Pero tampoco somos distantes. Si algo se nos inculcó fue la unión. Cada uno sabe qué quiere hacer con su vida y nadie interfiere. Waleska, por ejemplo, vive por los animales. Sus gatos son prueba suficiente. Estudia para cuidarlos, y aunque no entiendo qué provecho práctico le ve… es lo que ama, usando esos conocimientos a su propio beneficio. Y en esta familia, eso basta. Mi padre, aunque tampoco lo comprenda del todo, nunca falta a nada importante para ella. Siempre nos reúne para celebrar cada logro. Soy quien más la visita, y por eso me gano… Corto el pensamiento antes de terminarlo. No vale la pena. La tormenta no se calma y parece que seguirá toda la noche. La mujer a mi lado duerme profundamente. No tiene idea de que, quién está a unos centímetros de ella, se ha cargado la existencia de quien fue una molestia. Casi al nivel de ella. Y que algo dentro, rasga pidiendo repetir el proceso...de una manera inusual. Pero igual de placentera.Arleth Ambrosetti. Despierto a la mañana siguiente con una brisa fresca golpeándome el rostro y la voz de Isabel llegando desde algún punto cercano, dando instrucciones para el desayuno. Tardo varios segundos en recordar dónde estoy y otros tantos en comprender por qué siento un brazo pesado alrededor de mi cintura.Remuevo a Gavrel con cuidado y él abre los ojos casi de inmediato. Lo veo sin querer dejar de hacerlo y por un segundo que también quiere lo mismo.—Creí que había tenido una pesadilla —menciona con voz adormecida aún, borrando mi sonrisa y la ilusión pendeja que había creado. El golpe en el hombro ni lo mueve, pero atrapa mi brazo y me regresa a sus labios. —Deja de ser tan salvaje, Arleth —vuelve a besarme contra mi voluntad y orgullo que pelea para no rendirse ante sus caricias.Sin éxito, porque al final soy quien busca más de él, queriendo que no se termine este momento, porque es demasiado nuestro y lo quiero ilimitado. —Buenos días —susurra Isabel desde el jardín
Arleth Ambrosetti. — ¿Tú qué crees? —responde con descaro. Mi boca se abre ligeramente para decir el no que mi cerebro reitera. Isabel, en cambio, parece encantada con su propia teoría. —Creo que mi intuición nunca me ha fallado —sentencia mientras vuelve a colocarse los guantes para levantar la maceta—. Además, hoy hice más galletas de mantequilla. La coloca con cuidado sobre la mesa y revisa una de las hojas como si leyera algo entre las venas amarillentas. —Ya que tus hermanos no están, tendremos que comerlas nosotros —suelta la hoja. Gavrel deja escapar una respiración que se parece demasiado a una risa. —No creo que eso vaya a ser un problema —señala mi cara que no esconde las ganas de probarlas. —Claro que no —responde ella ignorando la razón por la que su nieto lo menciona—. Entre menos monos haya en el árbol, más ramas tenemos para brincar. Me quedo mirándola, sin saber exactamente qué acaba de decir. Pero me agrada. Muchísimo. Tanto que por un instante c
Arleth Ambrosetti. Entramos por una zona que comunica directamente con la alberca. El aire cambia desde que cruzamos el umbral; huele a tierra húmeda, a flores recién regadas y a ese aroma limpio que tienen las casas donde alguien realmente vive y no solo las utiliza para dormir. —Isabel —el nombre que sale de sus labios tensa algo de mi interior de inmediato.No sé por qué una sola palabra consigue hacerme prestar tanta atención, pero cuando él vuelve a tomar mi mano y comienza a conducirme hacia el interior de la casa, decido seguirlo antes de que mi imaginación convierta a una mujer llamada Isabel en una amenaza para mi sistema nervioso.Escucho movimiento y me pongo más nerviosa.—Te dije que volvería.La tensión de mis hombros aumenta sin que pueda evitarlo. No alcanzo a preguntarle quién es porque escucho pasos acercándose desde el otro extremo y él señala hacia allí con una tranquilidad que me resulta hasta incómoda en él.Una mujer de cabello corto aparece cargando una macet
Arleth Ambrosetti. El auto se detiene y tardo unos segundos en reconocer la pista vuelve a extenderse frente a nosotros, iluminada por las luces del aeropuerto, y el jet que dejamos antes continúa esperándonos como si Gavrel hubiera decidido que dos horas eran demasiado tiempo para desperdiciarlas. Él baja primero, rodea el vehículo y, cuando abre mi puerta, extiende la mano hacia mí.—Vamos a Nueva York —dice, entrelazando sus dedos con los míos para caminar conmigo—, pero a un lugar que quiero que conozcas.Ni siquiera me pregunta si quiero ir. Tampoco necesita hacerlo. Después de todo lo que ha ocurrido durante las últimas horas, debería cuestionarlo, exigir explicaciones o al menos preguntarle qué demonios está tramando, pero la verdad es que estoy demasiado cansada para desconfiar de alguien que acaba de convertirse en el único lugar donde mi cabeza consiguió guardar silencio.Camino a su lado hacia el jet, observando a los mismos hombres que parecen haber salido de algún escuad
Arleth. —Esa campaña es la que busca el agente de Lisa —me recuerda Tim por lo bajo cuando todos proponen brindar, como si nada estuviera ocurriendo. Lo miro sin poder anclar palabras. —Si no recuerdo mal, envió varias solicitudes para conseguirla —me cuenta mirando al grupo de empresarios. —Tú la obtienes y ni siquiera puedes decir que sí sin pensarlo.—Esto es demasiado— mi almacenamiento interno está saturado. —Esto es lo que te mereces, mi cielo.Su sonrisa tiene algo diferente.Orgullo.Un orgullo tan grande como el que vi en mi padre en aquella ocasión. Y no sé por qué los ojos me comienzan a arder con ese detalle, cuando él acuna mi cara. —Lo disfrutas o lo dejas pasar, pero tendrás que responder —su sonrisa no se apaga. —Si no lo haces, sacaré mi modo mamá o papá…al que mayor miedo le tengas —me hace reír— y decidiré por ti, reina mía.—¿Lisa la quiere? —pregunto inmediatamente.—Sí. Pero sabes lo exclusiva que es esta marca y se dice que la expulsaron por problemas con o
Arleth. Ambos nos enderezamos cuando el señor Herbert regresa junto a su asistente, quien coloca varios dispositivos sobre el escritorio mientras el abogado vuelve a acercarse al dueño de Industrias Merritt. La tensión que había comenzado a aflojarse regresa a mis hombros, aunque esta vez no tiene el mismo peso. Hay algo extraño en la forma en que se miran entre ellos, como si estuvieran comprobando algo que ninguno parece dispuesto a explicarnos todavía.Tim toma mi mano por debajo de la mesa y permite que apoye la cabeza sobre su hombro. Cierro los ojos un segundo, buscando inconscientemente el perfume que debería estar ahí y que no pertenece a él. El pensamiento aparece antes de que pueda detenerlo, y cuando lo reconozco, abro los ojos de inmediato como si alguien pudiera leerme la mente.Y que alguien más lo sepa sí que sería vergonzoso. «Estás loca, Arleth.»No quiero pensar en Gavrel. Definitivamente no quiero hacerlo ahora, no después de lo ocurrido en el avión y mucho menos







