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Chapter 4

Author: Chris Muna
last update publish date: 2026-04-22 22:16:05

La ciudad estaba tranquila aquella noche. No en silencio, no… sino con ese tipo de calma que hacía que los faros parecieran demasiado brillantes y que incluso los pasos más suaves resonaran un poco más de lo normal. Las calles estaban casi vacías, bañadas por el tenue resplandor anaranjado de las farolas que parpadeaban como si estuvieran cansadas. Era pasada la medianoche, y el mundo descansaba.

Katherine acababa de cerrar la pequeña cafetería donde trabajaba a tiempo parcial. Se ajustó el abrigo alrededor de los hombros mientras el viento fresco tiraba de su cabello. Sus botas resonaban suavemente sobre el pavimento mientras caminaba por el mismo camino de siempre. No había nada inusual en la noche… hasta que vio algo al borde de la carretera.

Alguien.

Redució la velocidad, entrecerrando los ojos mientras se acercaba con cautela. Había un hombre tirado allí, medio sobre la acera, medio sobre el césped. Su chaqueta cara estaba arrugada y manchada de licor derramado. Uno de sus zapatos se había salido. Tenía la cabeza ligeramente girada hacia un lado, y aun desde la distancia, Katherine pudo notar que estaba borracho. No mareado. No desorientado. Borracho hasta el punto de estar casi inconsciente.

Dudó, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

—Oye… —lo llamó suavemente, sin saber si podía oírla—. Oye, ¿estás bien?

No hubo respuesta.

Se agachó con cuidado, apartando un mechón de cabello de su rostro mientras lo observaba más de cerca. Sus ojos estaban entreabiertos, vidriosos, desenfocados… pero por un breve instante, se fijaron en ella. Su mirada se enganchó a la suya, y algo titiló.

—¿…Beth? —susurró él.

Katherine parpadeó.

—¿Qué?

Su voz se quebró.

—Beth… estás aquí. Sabía que volverías…

Ella tragó saliva, desconcertada.

—No soy… no soy Beth. Me llamo Katherine.

Pero él ya se estaba apagando, con los párpados pesados. Murmuró algo más que ella no pudo entender y luego perdió el conocimiento por completo.

Por un momento, Katherine se quedó allí inmóvil, atrapada entre la confusión y la preocupación. No sabía quién era ese hombre, pero había algo roto en la forma en que la había mirado. Algo que la golpeó más profundo de lo que esperaba. No estaba solo borracho.

Estaba perdido.

Rápidamente detuvo un taxi, y el conductor la ayudó a subir a Kingsley al coche antes de llevarlos al hospital.

La sala de emergencias era fría, clínica, con un leve olor a antiséptico. Katherine se sentó en la sala de espera, con el abrigo sobre el regazo y las manos aferradas a un vaso de café tibio que no había probado. Su mente no dejaba de repetir los últimos momentos: su voz arrastrada, la confusión en sus ojos y el nombre que había susurrado.

Beth.

No sabía quién era Beth. Pero quien fuera, ese nombre significaba algo para él.

La enfermera le preguntó si era su familiar. Katherine negó con la cabeza.

—No, lo encontré en la carretera.

Y luego, tras una pausa, añadió:

—Pero… no quería dejarlo allí.

La enfermera le dedicó una mirada comprensiva y asintió.

—Le avisaremos cuando despierte.

Eran casi las dos de la mañana cuando alguien se acercó a ella. Un joven con uniforme médico.

—¿Señorita… Katherine?

Se puso de pie de inmediato.

—¿Sí?

—Está estable. Tenía un nivel de alcohol en sangre peligrosamente alto, pero ya lo hemos bajado. Está consciente —cansado, desorientado— pero despierto. Está pidiendo agua.

Siguió a la enfermera por un pasillo silencioso, sus botas sonando suavemente sobre el suelo de baldosas. Habitación 208. La puerta estaba entreabierta. Entró despacio.

Él estaba incorporado en la cama, con un suero en el brazo y un pequeño corte sobre la ceja. Su cabello estaba desordenado, y sus ojos —profundos, pesados— se giraron lentamente hacia ella cuando entró. Parpadeó una vez. Luego otra.

—Tú… —Su voz era más áspera ahora. Más clara.

Katherine dio unos pasos cautelosos hacia adelante.

—Soy quien te encontró.

Él la miró durante un largo momento. Entrecerró ligeramente los ojos.

—Tú… no eres Beth.

Ella negó con la cabeza.

—No. Ya te lo dije.

Él apartó la mirada, tensando la mandíbula, con un dolor que no tenía nada que ver con el suero ni con el corte.

—Claro que no lo eres.

Katherine dudó.

—¿Quién es Beth?

Él no respondió de inmediato. En su lugar, intentó alcanzar el vaso de agua en la mesita con una mano temblorosa. Ella se acercó instintivamente y lo ayudó a llevarlo a los labios.

—Gracias —murmuró, sin mirarla del todo.

Ella lo observó con atención.

—Me asustaste, ¿sabes? Pensé que podrías… —su voz se quebró un poco—. No deberías beber así.

Él soltó una risa baja, sin humor.

—Sí… bueno. No estaba exactamente planeando despertar.

El silencio cayó entre ellos. Denso. Pesado.

—Lo siento —añadió en voz baja.

—Ni siquiera me conoces —dijo ella.

—No —respondió él, con la voz más grave—. Pero aun así me ayudaste. Eso dice algo.

Katherine se sentó en la silla junto a la cama.

—Ni siquiera sé tu nombre.

Él giró la cabeza lentamente hacia ella.

—Kingsley.

Ella parpadeó.

—Suena… caro.

Eso le arrancó una leve sonrisa.

—Lo es.

Katherine se relajó un poco. Había algo en su voz… algo agudo y suave al mismo tiempo. Como un hombre que había visto demasiado y trataba de no mostrarlo.

Se recostó en la silla, mirándolo.

—Bueno, Kingsley… me debes una.

Su mirada se suavizó por un instante.

—Tal vez sí.

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