เข้าสู่ระบบAntonia se enteró de la noticia por Renato, quien decidió contarle lo ocurrido después de recibir información sobre el estado de Élodie. La mujer escuchó en silencio mientras su exmarido le explicaba que Marco se casó con la joven para cumplir una promesa relacionada con su enfermedad. Según le contó, Élodie deseaba una boda junto al mar y su hijo decidió concederle ese último sueño, aun cuando su corazón seguía perteneciendo a Adelaide. Antonia dejó la copa sobre la mesa y frunció los labios, procesando la información con una mezcla de sorpresa y desinterés que no se molestó en disimular. —Qué lástima. Pensé que mi hijo podría tener esposa para rato —comentó con ligereza, como si estuviera hablando de un negocio que no salió según lo previsto. Renato la contempló con incredulidad. Durante años conoció su ambición, sus manipulaciones y aquella facilidad para anteponer sus propios intereses a los sentimientos de los demás, pero escucharla hablar de la enfermedad de una mujer tan jove
El médico que atendió a Élodie salió de la habitación con una expresión que ninguno de los presentes quiso interpretar. Llevaba la historia clínica en una mano y caminaba con seriedad, pero fue la tristeza reflejada en su rostro lo que hizo que la familia Laurent se levantara de inmediato. Julien se acercó primero, seguido por Philippe y Catherine, mientras Marco se ponía de pie con el corazón acelerado. Todos esperaban una respuesta, una explicación, cualquier noticia que les permitiera aferrarse a la esperanza de que Élodie todavía podía recuperarse. El médico respiró hondo antes de hablar. —Lamento tener que darles esta noticia, pero me temo que Élodie está entrando en la etapa más difícil de su enfermedad. Su organismo se encuentra muy debilitado y las opciones de tratamiento son limitadas. En este momento, ya no podemos hacer mucho para cambiar el curso de la enfermedad. Lo mejor es que comiencen a prepararse para lo peor —informó con delicadeza—. Podemos administrarle medicame
La noche cayó sobre los viñedos y las luces de la residencia iluminaron el jardín, donde los invitados continuaban celebrando la boda. Después de tantas emociones, Élodie comenzó a sentirse mal. Un mareo la obligó a detenerse y apoyó una mano sobre el borde de una mesa para recuperar el equilibrio. Su rostro perdió el color y un sudor frío le perló la frente, pero se negó a pedir ayuda. No quería arruinar su propia fiesta ni preocupar a su familia en una noche que tanto significaba para ella. Se limitó a respirar despacio, esperando que aquella sensación desapareciera, aunque la debilidad que recorría sus piernas le advertía que algo no marchaba bien. Buscó a Marco entre los invitados y caminó hacia él con pasos lentos. Su esposo conversaba con uno de los familiares, pero al verla acercarse notó enseguida la palidez de su rostro. Élodie se aferró a su brazo y apoyó parte de su peso contra él, intentando disimular cuánto le costaba mantenerse en pie. —Marco, ayúdame; no me estoy sint
El sonido del mar quedó relegado por los aplausos de los invitados, que celebraban la unión de Marco y Élodie bajo el cielo abierto. Las flores blancas se mecían con la brisa y el juez les dedicó unas últimas palabras antes de dar por concluida la ceremonia. Élodie tenía los ojos brillantes y una sonrisa que parecía iluminarle el rostro entero. Su sueño se había cumplido: se casó junto al mar, rodeada de las personas que amaba, y el hombre al que llevaba tantos años queriendo permanecía a su lado. Marco, por su parte, cumplió la promesa que le hizo, decidido a regalarle lo mejor de los días o los meses que le quedaran. Sin embargo, detrás de su expresión serena, el peso de aquella decisión seguía oprimiéndole el pecho. Mientras Élodie recibía las felicitaciones con una felicidad desbordante, él no podía dejar de pensar en Adelaide y en todo lo que acababa de hacer. Los invitados comenzaron a acercarse a los recién casados. Marco estrechó algunas manos y agradeció los buenos deseos s
Julien tomó a Adelaide del brazo con delicadeza y la apartó del lugar para intentar explicarle lo ocurrido. Necesitaba contarle la verdad sobre la promesa que Marco le hizo a Élodie, una promesa nacida de su enfermedad y del deseo de cumplir el sueño que su hermana tanto anhelaba. Sin embargo, Adelaide no estaba preparada para escuchar ninguna explicación. El dolor que le oprimía el pecho era demasiado intenso y la imagen de Marco a punto de casarse con otra mujer no le permitía pensar con claridad. —No hace falta, Julien. Está bien, no lo sabías —murmuró Adelaide, intentando mantener la compostura a pesar de que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. —Pero, Adelaide, necesito que me escuches un solo momento. Por favor —insistió él, preocupado por verla en aquel estado. Ella negó con la cabeza y se apartó de su lado. No quería conocer las razones de Marco, ni escuchar una explicación que pudiera darle sentido a una traición que le dolía más que los mil silencios. —Hablamo
Finalmente, Élodie decidió que no podía seguir esperando. Aunque la ausencia de Julien le dolía, no quería permitir que aquel contratiempo arruinara el momento que tanto había soñado. Respiró profundamente, apretó la mano de Marco y le indicó al juez que podían comenzar. Los invitados ocuparon sus asientos y los novios se colocaron frente al hombre que oficiaría la ceremonia, bajo un arco decorado con flores blancas y frente al mar. La brisa acariciaba el vestido de Élodie, mientras sus ojos brillaban con una emoción que apenas conseguía contener. Una lágrima amenazó con escapar de sus ojos al comprender que aquel sueño, que durante tantos años imaginó como algo lejano, finalmente se estaba cumpliendo. Marco lo notó y la contempló con dulzura antes de secarle la mejilla con la yema de los dedos. —No llores, quiero que disfrutes este día y lo guardes en tu memoria para siempre —susurró, dedicándole una sonrisa suave. Élodie asintió, conmovida por sus palabras, y apretó sus dedos entr







