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Capítulo 2

Penulis: Mora Quintera
En el rostro de Camila aparecieron de inmediato las marcas de los dedos.

Abrió los ojos de par en par, incrédula.

Se llevó la mano a la mejilla ardiente y tardó un buen rato en reaccionar.

—¡Cómo te atreves a pegarme!

Levantó la mano para devolverle la cachetada, pero Patricia fue más rápida y le sujetó la muñeca.

Al segundo siguiente, otra bofetada cayó sobre su rostro.

Camila giró la cabeza por el golpe.

Su cabello, cuidadosamente arreglado, se desordenó y quedó pegado a su mejilla.

Abrió los ojos, como si todavía no pudiera creer que acababa de recibir dos cachetadas seguidas.

El salón estaba en completo silencio.

Todas las miradas estaban clavadas en ellas dos.

Bruno fue el primero en reaccionar, pero se quedó paralizado en su lugar.

Sus pupilas se contrajeron de golpe.

“¿Ella ya podía oír?”

A Bruno se le detuvo el corazón por un instante.

Desvió la mirada y justo entonces sus ojos cayeron sobre el mueble de licores que estaba enfrente.

Las puertas oscuras y brillantes del gabinete reflejaban la luz cálida de las lámparas de pared, entre sombras y destellos.

Era el reflejo.

Bruno soltó en silencio un suspiro de alivio.

No tuvo tiempo de pensar en aquella sutil sensación de que algo no cuadraba cuando escuchó a Camila gritar fuera de sí:

—¡Maldita perra! ¡Te voy a destrozar!

Entonces se lanzó de golpe contra Patricia, con las uñas directo hacia su rostro.

Las manos de ambas se enredaron en el aire, forcejeando.

Patricia reaccionó rápido y le jaló el cabello a Camila con fuerza, haciéndola gritar de dolor.

—¡Ya basta!

Bruno soltó un grito furioso, avanzó a grandes pasos y separó a las dos.

Se interpuso entre ellas y sujetó con fuerza la muñeca de Patricia.

—Dejen de pelear.

Pero Camila aprovechó el momento para levantar la mano.

El corazón de Patricia se tensó. Quiso soltarse del agarre de Bruno.

Sin embargo, él le sujetaba la muñeca con demasiada fuerza, y por un momento no pudo liberarse.

Abrió la boca para pedirle que la soltara, pero de su garganta solo salió un sonido ronco y sin voz.

La fiebre alta del día anterior le había devuelto la audición, pero le había dejado la garganta completamente afónica.

No podía emitir sonido alguno.

En ese instante estaba desesperada, pero no podía decir nada.

Bruno la miró forcejear y sus movimientos se detuvieron por un momento.

Y justo en ese instante, la mano de Camila ya venía hacia ella.

Patricia esquivó por instinto.

Aunque logró apartarse a tiempo, las uñas filosas de Camila alcanzaron a rozarle la mejilla, dejándole un ardor intenso.

Cuando vio que una línea de sangre se abría en el rostro de Patricia, Bruno se quedó aturdido por un segundo.

Luego empujó con fuerza a Camila y le reclamó furioso:

—¿Qué estás haciendo?

Camila no se lo esperaba. Salió despedida hacia atrás, tropezó varios pasos y su hombro se estrelló con fuerza contra el mueble de licores que tenía detrás.

Se oyó un estruendo.

El mueble se sacudió con violencia.

Las costosas botellas colocadas encima se inclinaron y empezaron a resbalar.

El licor salpicó en el aire, y las pesadas botellas cayeron una tras otra sobre ellas.

—¡Cuidado!

Bruno se lanzó de inmediato hacia Camila y la cubrió por completo con su cuerpo.

Las botellas golpearon su espalda con sonidos sordos.

Los fragmentos de vidrio saltaron por todas partes.

Patricia, que estaba a un lado, apenas alcanzó a levantar los brazos para protegerse la cabeza y el rostro, cuando una botella le golpeó con brutalidad el omóplato.

El dolor explotó al instante, seguido por más botellas que cayeron sobre su cuerpo.

Un gemido ahogado escapó de su garganta.

La fuerza del impacto la derribó al suelo.

Los pedazos de vidrio y el licor helado le cubrieron todo el cuerpo.

La sangre empezó a brotar de su sien, mezclándose con el alcohol y escurriendo en líneas irregulares.

Patricia quedó encogida en el piso.

Sentía como si medio cuerpo hubiera perdido la sensibilidad.

Un dolor sordo y violento se extendía desde su hombro, su espalda y la parte posterior de la cabeza.

En sus oídos solo había un zumbido intenso mezclado con los gritos de la gente.

Las lágrimas de Camila brotaron de inmediato.

—Bruno, me duele mucho el pie.

Bruno se incorporó rápidamente sobre ella, sin preocuparse por el dolor en su propia espalda.

—¿Dónde te golpeó? ¡Déjame ver!

Camila lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—El tobillo... me duele mucho.

Los vidrios rotos le habían cortado el tobillo, dejando varias marcas de sangre.

No parecía algo grave, pero ella lloraba de manera desgarradora.

Mientras tanto, Patricia se apoyaba en el suelo, sintiendo que la vista se le oscurecía por momentos.

Intentó mover el brazo izquierdo.

Sus dedos temblorosos se estiraron hacia Bruno.

Sus labios se movieron ligeramente, pero no logró emitir ningún sonido.

Bruno ya había levantado a Camila en brazos y se disponía a salir.

—Bruno, creo que Patricia también está herida —dijo alguien, incapaz de contenerse, señalando a Patricia, que seguía encogida en el suelo.

Bruno se detuvo un instante y volteó a verla de prisa.

Pero Camila, entre sollozos, enterró el rostro en su cuello.

—Me duele muchísimo... ¿Y si me lastimé el hueso?

Bruno apartó la mirada y frunció el ceño.

—Ayúdenme a cuidar a Patricia. Si no tiene nada grave, llévenla a su casa por mí. Yo primero voy a llevar a Camila al hospital para que la revisen. Ella no aguanta el dolor.

La persona se quedó atónita. Abrió la boca, pero al final solo respondió:

—Está bien.

Bruno no se detuvo más.

Con Camila en brazos, salió a grandes pasos del salón.

Varios de sus amigos se miraron entre sí.

Al ver que Patricia seguía sentada en el piso, algunos quisieron acercarse, pero dudaron.

—Patricia, ¿cómo estás? ¿Puedes levantarte?

—¿Estás tonto? Es sorda, no te oye. ¿Tú sabes lenguaje de señas?

—Demonios, ¿cómo voy a saber?

Para entonces, la vista de Patricia ya estaba borrosa, y las voces a su alrededor parecían llegarle a través de una gruesa capa de hielo.

Miraba las bocas de las personas frente a ella abrirse y cerrarse, pero ya no alcanzaba a distinguir qué decían.

La sangre de su frente corría cada vez más, se le metía en los ojos y teñía su visión de un rojo oscuro.

Quiso negar con la cabeza, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso.

Solo sentía frío.

Un frío que parecía filtrarse desde los huesos.

Todo a su alrededor empezó a girar y deformarse.

Las siluetas se multiplicaban ante sus ojos.

De pronto, alguien exclamó:

—¡Le está sangrando la cabeza! ¡Está sangrando muchísimo!

Patricia sintió que las voces a su alrededor se acercaban y se alejaban.

Las sombras fueron cayendo sobre ella, capa tras capa, densas como tinta imposible de disolver.

Sus párpados se volvieron cada vez más pesados.

—¡Llamen a una ambulancia!

—¿Por qué Bruno no contesta el celular?

***

Patricia despertó por el dolor.

Al abrir los ojos, lo primero que vio fue un blanco deslumbrante.

El olor a desinfectante le invadió la nariz.

Movió un poco los dedos, pero el movimiento le jaló el hombro y una punzada sorda la recorrió.

Tenía la frente vendada, el brazo izquierdo inmovilizado, y la parte posterior de la cabeza le palpitaba con dolor.

La habitación estaba muy silenciosa. Solo se escuchaba el pitido regular de los monitores.

Giró la cabeza y miró por la ventana.

El cielo estaba gris.

No se distinguía si era de madrugada o si estaba atardeciendo.

La puerta se abrió.

Un hombre joven vestido de médico entró en la habitación.

Era delgado, de porte frío y distante, con unos lentes de armazón dorado sobre el puente de la nariz.

Se acercó a la cama, tomó el expediente que estaba al pie y lo revisó.

Luego miró los datos del monitor.

—¿Cómo te sientes?

Arturo Bernal...

Era evidente que Patricia no esperaba haber sido llevada al hospital donde trabajaba Arturo.

Durante el último medio año, él había estado a cargo de su rehabilitación auditiva.

Y también gracias a él, por fin había recuperado la audición.

Patricia abrió la boca, pero de su garganta apenas salió un sonido ronco y débil.

Arturo levantó una mano.

—No hables. Tus cuerdas vocales no tienen ningún problema grave. Es una laringitis aguda causada por la fiebre alta. Con unos días de reposo se te va a quitar.

Sacó una pluma y una libretita del bolsillo, y se las entregó.

Patricia las tomó y bajó la mirada para escribir una frase: “Gracias por curarme los oídos.”

Arturo la leyó, sonrió apenas y, al devolverle la libreta, dijo con un tono cargado de doble sentido:

—No me des las gracias. A mí también me lo encargaron. Si no te curaba, no me dejaban volver a Lagoazul.

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