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¡Contrólate! ¡Nos acabamos de casar!
¡Contrólate! ¡Nos acabamos de casar!
Penulis: Mora Quintera

Capítulo 1

Penulis: Mora Quintera
—Bruno, ¿de verdad trajiste de regreso al país a esa hermana adoptiva tuya? ¿No te da miedo que Patricia se enoje?

Después de un año sin poder oír, Patricia, quien por fin había recuperado la audición, estaba de pie frente a la puerta del salón privado del club.

La sonrisa se le congeló en el rostro y todo su cuerpo quedó rígido.

¿Camila Téllez había regresado al país?

—Mientras ustedes no digan nada, ella no va a enterarse —dijo Bruno Téllez con una voz fría, incapaz de revelar la menor emoción—. Además, ya pasó más de un año. Camila también extrañaba su casa.

—Yo creo que no extrañaba su casa. Más bien te extrañaba a ti, ¿no?

Dentro del salón estalló de inmediato una carcajada cargada de doble sentido.

—¿Qué estupideces están diciendo? Yo solo la veo como una hermana.

—Pues yo vi hace rato que Camila te besó. ¡Más bien parecía tu amante!

Bruno frunció ligeramente el ceño.

—Fue ella quien se acercó de repente mientras yo estaba distraído. No alcancé a esquivarla. Es inmadura. Tampoco podía ponerme a discutir con ella por eso.

Entonces, como si acabara de recordar algo, advirtió:

—Todos guárdense esto. En cuanto llegue Patricia, nadie lo mencione. ¡Ni se les ocurra soltarlo por accidente!

En ese momento, alguien soltó una tos ligera y dijo:

—Bruno, ¿de verdad ya no vas a reclamarle a Camila lo de aquel año, cuando mandó a alguien a atropellar a Patricia? Ella casi se muere, y hasta ahora todavía no puede oír.

La voz de Bruno sonó indiferente.

—Camila apenas tenía diecinueve años en ese entonces. Fue solo un arrebato. Ya sufrió bastante un año en el extranjero y ahora es mucho más sensata. ¿Para qué seguir aferrándose a eso?

¿Solo un arrebato?

Patricia sintió como si algo le hubiera estallado dentro de la cabeza.

Una absurda sensación de irrealidad la golpeó de lleno, envolviéndola casi hasta asfixiarla.

Un año atrás, Camila, la hermana adoptiva de Bruno, lo perseguía de manera enfermiza sin obtener respuesta.

Enloquecida, contrató a alguien para atropellar a Patricia, y por su culpa ella perdió la audición.

Bruno se puso furioso.

Casi mata a golpes a Camila, y al final, gracias a la intervención de Esteban Téllez y Valentina, la enviaron de urgencia al extranjero.

Durante todo ese año, para curarle los oídos a Patricia, Bruno gastó fortunas buscando especialistas dentro y fuera del país.

Incluso dejó de lado todo su trabajo solo para acompañarla en su rehabilitación.

El proceso fue largo y agotador.

Cada vez que ella se derrumbaba, Bruno siempre era el primero en abrazarla con los ojos enrojecidos, diciendo que deseaba poder matar a Camila.

Ella también la había odiado.

Pero al ver a Bruno moverse por todos lados buscando médicos para ella, cuidándola día y noche sin descanso, en el fondo no podía evitar pensar que, al menos, había encontrado a un hombre que la amaba hasta los huesos.

Sin darse cuenta, Patricia rozó con los dedos la pequeña caja de terciopelo que llevaba en el bolsillo.

Dentro estaba el anillo de hombre que había mandado a hacer en secreto.

Por aquel accidente, su boda se había pospuesto una y otra vez.

Ahora que había recuperado la audición, ella pensó que por fin podría casarse con Bruno como siempre había deseado.

Pero jamás imaginó que...

Bruno no solo había permitido que Camila regresara al país, sino que además la había perdonado en nombre de Patricia con una ligereza absurda.

Qué ridículo.

Mientras Patricia sentía cómo se le enfriaba el corazón, el celular en su bolsillo vibró de pronto.

Tardó un buen rato en reaccionar. Luego bajó la mirada y echó un vistazo.

Era un mensaje de su madre, Mercedes.

El mensaje era larguísimo, pero en resumen volvía a suplicarle que regresara a Lagoazul y se casara con César en lugar de su hermanastra.

Apenas una hora antes, Mercedes acababa de hablar con ella por celular.

Los Mireles y los Pérez tenían pactado un matrimonio, pero su hermanastra, Julieta Mireles, quién sabe cómo, había escapado de la boda.

La familia Pérez tenía un enorme poder en Lagoazul.

Sobre todo César, el hombre con quien debían emparentar.

Se decía que era despiadado, cruel y de métodos implacables.

Si él se enteraba de que los Mireles se atrevían a cancelar la boda y jugar con él, la familia Mireles quedaría reducida a cenizas en un instante.

Mercedes, sin otra salida, llamó a Patricia para pedirle ayuda.

—Patricia, Adrián y yo de verdad ya no sabemos qué hacer. Te lo suplico, vuelve y ayúdanos, ¿sí?

Era la primera vez que Mercedes le suplicaba desde que se había vuelto a casar y la había llevado con ella a la familia Mireles.

Durante todos esos años, aunque su padrastro, Adrián Mireles, había tratado bien a madre e hija, Patricia sabía lo mucho que le había costado a Mercedes conservar aquella estabilidad.

Casi toda su energía la había puesto en Adrián y en Julieta.

Por eso, Patricia siempre había sido obediente y sensata. Jamás le causaba problemas.

Las pocas veces que se había rebelado habían sido por Bruno.

Una vez, cuando dejó Lagoazul sola por él.

Y otra, hace apenas un momento, se negó a casarse en lugar de Julieta.

Una sonrisa amarga apareció en los labios de Patricia.

¿En qué estaba pensando entonces?

Ahora había recuperado la audición.

Bruno la amaba tanto. Muy pronto se casarían.

Ella creía que Bruno sin duda la ayudaría a resolver el problema de la familia Mireles.

Tenía que confiar en él.

Patricia cerró los ojos.

Un dolor agudo le atravesó el pecho.

Apretó con fuerza la cajita del anillo dentro del bolsillo y solo así logró contener aquel temblor que casi le subía hasta la garganta.

Resultaba que aquel amor profundo e inquebrantable en el que ella creía, ese amor del que había hecho el soporte de todo su mundo, no era más que una ilusión construida sobre arena, incapaz de resistir el menor golpe.

De toda esa ternura, de toda esa protección, ¿cuánto había sido real, cuánto culpa y cuánto simple actuación frente a ella?

Respiró hondo, sacó el celular y escribió lentamente: “Mamá, acepto casarme con César en lugar de mi hermana.”

Cuando vio que el mensaje se había enviado, empujó de golpe la puerta del salón privado.

En un instante, todas las risas y conversaciones se detuvieron.

Dentro del salón, las luces eran tenues y confusas. En el aire flotaba una mezcla intensa de humo, alcohol y perfume.

Siete u ocho hombres y mujeres vestidos con ropa elegante estaban sentados o de pie, y todas las miradas se concentraron al mismo tiempo en la entrada.

Patricia estaba de pie en el límite entre la luz y la sombra.

Su vestido largo delineaba su figura esbelta y hacía resaltar aún más su piel blanca y sus rasgos delicados, tan finos como si hubieran sido tallados con cuidado por un artesano.

Solo que esos ojos almendrados, antes claros y llenos de vida, ahora parecían cubiertos por una capa de neblina, como un estanque profundo cuyo fondo era imposible de ver.

Bruno estaba sentado en el sofá principal, justo frente a la puerta, con medio cigarro entre los dedos.

El humo ascendía lentamente y desdibujaba su perfil marcado.

Fue el primero en reaccionar.

Un destello de pánico cruzó fugazmente por sus ojos, pero al ver que Patricia no llevaba los aparatos auditivos, se tranquilizó.

Entonces se levantó y caminó hacia ella a grandes pasos, usando lenguaje de señas.

“¿Por qué llegaste tan tarde? Todos te estaban esperando.”

A Patricia se le revolvió el estómago.

Pero antes de que pudiera decir algo, una voz sonó a sus espaldas.

—Vaya, qué animado está esto.

Era una voz dulce y coqueta, con un tono alargado a propósito.

Cada sílaba parecía cubierta de miel, pegajosa hasta resultar desagradable.

Todos voltearon por instinto.

Camila estaba de pie bajo la luz amarillenta del pasillo.

Llevaba un vestido rojo de tirantes, ajustado al cuerpo, con una abertura que llegaba casi hasta la raíz del muslo.

Su cabello largo, ligeramente ondulado, caía sobre sus hombros.

Iba perfectamente maquillada, con los labios rojos como fuego.

Estaba recargada de lado en el marco de la puerta.

Su mirada perezosa recorrió a todos los presentes en el salón y al final se detuvo en Bruno.

En la comisura de sus labios apareció una sonrisa cargada de intención.

El rostro de Bruno cambió apenas.

Al ver que Patricia no volteaba, confirmó todavía más que no podía oír.

Su corazón se aflojó un poco, y enseguida le dijo a Camila en voz baja:

—¿Qué haces aquí? ¿No te dije que te quedaras tranquila en el salón de al lado?

Patricia escuchó con absoluta claridad la tensión en su voz.

Camila, en cambio, se rio.

—Es que te extrañé. Solo voy a quedarme un ratito en la puerta. Con que ella no me vea, ¿qué importa? Total, tampoco oye nada. ¿De qué tienes miedo?

Esa frase fue como una piedra arrojada al agua, provocando ondas de inmediato.

Alguien murmuró:

—Casi se me olvida que no oye. ¡Qué susto me dio!

—Sí. Hace rato pensé que todo se iba a arruinar.

Ninguno tenía la menor intención de cuidarse. Incluso había burla en sus voces.

Los dedos de Patricia se encogieron a un costado de su cuerpo.

Sus uñas volvieron a clavarse profundamente en la palma, y un dolor punzante le subió desde la mano.

Cada palabra se le clavaba en los oídos como una aguja.

Ella podía oír.

Podía oír cada palabra con absoluta claridad.

Camila sonrió con más dulzura y de inmediato alzó la voz.

—Patricia, no puedes oírme, ¿verdad? Pobrecita. Aquel accidente no te quitó la vida, pero sí te dejó como una discapacitada.

—¡Basta! —Bruno la interrumpió con severidad, bajando la voz.

Nervioso, miró a Patricia con el rabillo del ojo, como si temiera que ella notara algo.

Pero a Camila no le importó en absoluto su enojo. Al contrario, se rio con más ganas.

Simplemente empujó la puerta del salón y entró. Se quedó justo detrás de Patricia.

Sus ojos estaban fijos en Bruno, pero su voz fue lo bastante alta para que todos en el salón la escucharan.

—Bruno, ¿no te preocupaba que ella se enterara de que regresé al país? Tranquilo, no oye nada. Aunque ahora mismo le grite perra, ella tampoco...

El claro sonido de una bofetada interrumpió las palabras que Camila no pudo terminar.

Patricia se giró de pronto y le dio a Camila una cachetada con todas sus fuerzas.

Todo el salón quedó sumido en un silencio absoluto.

Todos se quedaron paralizados.

¿Qué estaba pasando?

¿Patricia no era sorda?

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