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Capítulo 4

Penulis: Mora Quintera
Dos días después, las heridas de Patricia casi habían sanado y su voz también había vuelto a la normalidad.

Durante ese tiempo, Bruno no fue a verla ni una sola vez.

En cambio, recibió un paquete que Mercedes le había enviado desde Lagoazul.

Dentro estaban los documentos de Julieta.

De pie frente a la ventana de la habitación, Patricia miró los carros que pasaban abajo.

En la comisura de sus labios asomó una curva apenas perceptible, entre burla y resignación.

En ese momento, la puerta se abrió.

Arturo entró.

Ese día no llevaba bata. Vestía una camisa gris oscuro, con los puños remangados hasta los antebrazos.

Estaba menos distante de lo habitual, más cercano.

Le entregó unos documentos.

—Los trámites ya están listos. Puedes irte.

Patricia los tomó, bajó la mirada para revisarlos y dijo en voz baja:

—Gracias.

Arturo no respondió.

Solo se quedó de pie ahí, con la mirada fija en su rostro, como si estuviera pensando qué decir.

Patricia preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Hay algo más?

—¿Hoy regresas a Lagoazul?

Patricia asintió.

Arturo sonrió ampliamente, algo muy raro en él.

—¡Qué bueno!

Patricia se quedó un poco confundida, sin entender por qué Arturo estaba tan emocionado.

Solo iba a volver a Lagoazul. ¿Por qué eso era tan bueno?

Al notar la duda en los ojos de Patricia, Arturo dobló un dedo y se lo llevó al puente de la nariz, soltando una tos ligera.

—Entonces ve a recoger tus cosas. No vayas a perder el vuelo.

—Gracias.

Después de que Arturo se fue, Patricia empezó a empacar.

En realidad, no había mucho que recoger.

Abrió el cajón del buró.

Dentro solo estaba aquella pequeña caja de terciopelo.

Levantó la tapa.

En el interior había un anillo de hombre, de aro plateado y diseño sencillo.

En el interior estaban grabadas las letras: “B P”

Patricia cerró la caja y, sin expresión alguna, la tiró al bote de basura junto a la cama.

***

Cuando Patricia regresó al departamento, el cielo ya estaba completamente despejado.

La luz del sol entraba por la ventana y caía sobre el piso de la sala, iluminando el polvo fino que flotaba en el aire.

Se quedó de pie en la entrada, mirando aquel lugar donde había vivido dos años.

Sobre la mesa de la sala estaba el café que Bruno había dejado a la mitad.

A un lado de la taza estaba el encendedor que había tirado sin cuidado.

En el mueble de la televisión había una foto de los dos.

En la imagen, ella estaba recargada en su hombro, sonriendo con los ojos curvados.

En aquel entonces, Patricia todavía no podía oír, pero sentía que era la persona más feliz del mundo.

Apartó la mirada, entró a la recámara y sacó una maleta del clóset.

Tenía pocas cosas.

Unas cuantas prendas, su pasaporte, el cargador y la foto que guardaba en el buró, donde aparecía con Mercedes.

Cerró la maleta y la arrastró fuera de la recámara.

Al pasar por la sala, se detuvo un momento.

No muy lejos, sobre la vitrina, estaba el boleto de avión de Lagoazul a Vistaluna, cuidadosamente enmarcado.

Dos años atrás, ella había dejado todo en Lagoazul para seguir a Bruno hasta Vistaluna.

Bruno le había dicho que no permitiría que se arrepintiera.

Ella también pensó que nunca se arrepentiría.

Aunque era una estudiante destacada de música, nacida con oído absoluto, y por culpa de él terminó perdiendo la audición, tampoco se había arrepentido.

Solo le dolía.

Le dolía no poder volver a escuchar el sonido del piano.

Le dolía no poder volver a tocar las melodías que ella misma componía.

Le dolía que aquella versión de sí misma, que antes brillaba sobre el escenario, hubiera terminado convertida en una discapacitada que necesitaba que otros la cuidaran.

Pero ahora...

Patricia apartó la mirada, tomó su maleta y se marchó.

La puerta se cerró detrás de ella.

No volteó.

***

Al mismo tiempo, en el camino al hospital, Bruno llevaba el ceño profundamente fruncido.

Durante esos dos días, Camila lo había mantenido completamente ocupado, sin darle oportunidad de soltarse.

No fue sino hasta hacía un momento, cuando intentó mandarle un mensaje a Patricia, que descubrió que ella lo había bloqueado.

Eso lo tenía inquieto.

Pensó que Patricia iría a buscarlo, como en todas las ocasiones anteriores.

Pero esta vez no lo hizo.

Patricia estaba tan callada que parecía no existir, y esa sensación lo irritaba sin motivo.

—Bruno, ¿Patricia de verdad te bloqueó? —preguntó Gustavo mientras manejaba, levantando la mirada hacia el retrovisor.

El rostro de Bruno se ensombreció.

Gustavo dijo:

—No puede ser, ¿no? Ustedes han tenido un montón de pleitos antes. ¿Cuándo no ha sido ella la primera en agachar la cabeza y pedir perdón?

Bruno pareció no escucharlo.

Seguía manipulando el celular con la cabeza baja, aunque su expresión se volvió cada vez más desagradable.

Al notar que el ambiente no estaba bien, Gustavo soltó una risita.

—Yo digo que Patricia no va a aguantar mucho. Seguro en estos días se le pasa sola y vuelve. Ella no puede estar sin ti.

—¡Cállate y maneja!

El semáforo cambió a rojo.

Gustavo pisó el freno y el carro se detuvo lentamente.

Bruno giró el rostro hacia la ventana.

Su expresión no dejaba ver si estaba enojado o no, pero la línea de su mandíbula estaba tensa.

El interior del carro quedó en silencio.

Solo se escuchaba el leve sonido del aire acondicionado.

Justo entonces, el celular de Bruno, que estaba a un lado, empezó a vibrar.

La pantalla se iluminó.

Gustavo, de vista rápida, alzó de inmediato las cejas y dijo con tono seguro:

—¿Ves? Yo sabía que Patricia no iba a aguantar tanto. ¿Ya te contestó?

El corazón de Bruno se aflojó.

Por instinto, extendió la mano para tomar el celular.

Patricia también se había enojado con él antes, pero nunca por más de un día.

Siempre era ella quien lo buscaba primero.

Esta vez también debía ser igual.

Bruno bajó la mirada hacia la pantalla.

“Señor Bruno, necesitamos que usted decida quién ocupará la dirección general de Estrella Mar Producciones. Anteriormente, la señorita Patricia y la señorita Camila recomendaron cada una a una persona. ¿Cuál considera más adecuada?”

No era un mensaje de Patricia.

Bruno frunció ligeramente el ceño.

Al ver su expresión, Gustavo soltó una risa seca, algo avergonzada.

—¿No era mensaje de Patricia? Vaya, esta vez sí que está aguantando.

Bruno no respondió. Solo miró aquel mensaje durante varios segundos.

En el fondo de sus ojos se acumuló una frialdad sombría.

Para empezar, Patricia había sido quien golpeó primero a Camila. Ella había tenido la culpa.

Por eso, en los últimos días sus padres no habían dejado de regañarlo.

Él había hecho todo lo posible por hablar bien de Patricia frente a ellos.

Pero Patricia no solo no lo valoraba, sino que ahora se atrevía a hacerle berrinche.

Los dedos de Bruno se cerraron alrededor del celular, y sus nudillos se marcaron con un tono pálido azulado.

En ese momento, el semáforo cambió a verde.

Gustavo estaba a punto de avanzar cuando escuchó la voz baja de Bruno:

—Da vuelta en el próximo cruce. Regresemos a la empresa.

Gustavo se quedó sorprendido.

—¿Ya no vas a ir al hospital a ver a Patricia?

—Se está creyendo mucho, hasta se atreve a bloquearme... —Bruno soltó una risa fría y arrojó el celular a un lado—. Ya es hora de darle una lección para que aprenda.

Gustavo apretó los labios y dio media vuelta con el carro.

Para entonces, Bruno ya había marcado el número de su asistente.

—Confirma a Javier como director general de Estrella Mar Producciones. Que Recursos Humanos le mande la oferta.

Al otro lado de la línea, la persona se quedó atónita un momento.

—Señor Bruno, Pablo Quiroz, el candidato recomendado por la señorita Patricia, obtuvo mejores resultados en todas las evaluaciones.

La voz de Bruno se enfrió.

—¿Necesito explicarte cómo hago las cosas? Hazlo y ya.

Colgó la llamada.

Luego bajó la mirada hacia el paisaje urbano que retrocedía a toda velocidad fuera de la ventana, y una sonrisa fría apareció en la comisura de sus labios.

Él sabía que Pablo era más adecuado.

Pero precisamente quería ver si, cuando Patricia se enterara de que Pablo había sido reemplazado, lo buscaría por iniciativa propia.

¿Pues no que Patricia era muy firme?

¿No que se había atrevido a bloquearlo?

No creía que, al enterarse de que él estaba enojado, ella pudiera seguir tan tranquila.

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