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Cena importante - Parte 1

last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-05 08:14:47

Analu

A las cinco de la mañana suena mi bendito despertador. Casi lo tiro contra la pared. Puedo dormir doce horas seguidas y aún sigo con sueño, aunque tengo el hábito de despertarme temprano.

Me ducho y lavo mi cabello rojizo natural. Soy blanca como la leche, de esas pelirrojas que tienen pecas por todo el cuerpo. Antes me preocupaba ponerme maquillaje para tapar las que cubren mis mejillas, pero hoy en día ya no me importa.

Y otro detalle sobre mí: solo he tenido un novio en mi vida. Fue mi primer beso, mi primera y única relación sexual. Terminamos porque después de tres años de noviazgo él quería casarse, y yo le dije que no abandonaría a mi abuela ni mis estudios. Esas son mis prioridades y, como no eran las mismas que las suyas, decidimos que era mejor así. Hace dos meses que ocurrió. ¿Sufrí? Creo que no. Me he llevado bien desde pequeña con la ausencia de mis padres, así que no es cualquier cosa lo que me afecta. Pero no estoy interesada en otras relaciones. Tengo objetivos y en eso estoy enfocada.

En cuanto llego al trabajo voy al baño a cambiarme. Paso por la sala, giro en el primer pasillo a la derecha y la escena que veo hace que se me caiga el celular al suelo.

— ¿Qué haces aquí? —vociferó.

Con la voz temblorosa y el ánimo alterado respondo:

— Yo... yo... solo iba a cambiarme.

Él no dice nada, solo sale con la misma cara amargada de ayer, dándome acceso al baño. Cuando entro, el olor de su jabón y su colonia están impregnados allí. Es un olor masculino, de hombre, que combina exactamente con él.

Ya uniformada paso como un cohete por el pasillo, borrando la escena que presencié de mi mente. Debo haber llegado a la cocina como un tren bala, porque en cuanto entro Verinha pregunta:

— ¿Qué pasó, niña? ¿Estás bien?

Miro a un lado y al otro y luego susurro:

— No sabes lo que acabo de ver.

— ¡Dime ya, muchacha!

— Llegué y fui al baño a cambiarme de ropa, a ponerme el uniforme en realidad, y me topé con el jefe en el pasillo solo con una toalla gris enrollada en la cintura.

— ¿Nuestro jefe? ¿Y qué? ¿Qué hizo?

— ¿Él? ¡Nada! Solo me preguntó qué hacía allí, respondí y salió con su cara agria de siempre. Y hablando de eso, se me cayó el celular al suelo y me quedé tan aturdida que no lo recogí.

— Niña, ten cuidado con tus pasos, por favor. Sé más prudente con tus actitudes.

— Esta vez no hice ni dije nada. El hombre de las cavernas que... —antes de terminar la frase él entra y, gracias a Dios, a tiempo de no escuchar lo que iba a decir.

— ¡Tu celular! Y espero que cuando dijiste “hombre de las cavernas” no te estuvieras refiriendo a mí —trago saliva.

«¡Mierda! ¡Escuchó!»

«¡Ahora sí me van a despedir!»

— No, claro que no. Era de un exnovio, ¿verdad, Verinha?

— Sí, así es —confirma Vera.

— Deseo que la intimidad con la que se tratan sea usada estrictamente solo entre ustedes. Ana Lucía, tráeme una taza de café a mi oficina.

En cuanto sale le pregunto a Verinha:

— ¿Cómo le gusta el café?

— Fuerte y con dos terrones de azúcar.

— ¡Ok! —respondo y voy directo a prepararlo.

— Abre bien los ojos, niña. Te está poniendo a prueba. Y créeme que mientras no esté satisfecho con tus servicios, no dejará de solicitarte. Siempre hace eso con las nuevas.

Pongo los ojos en blanco pensando:

«Es todo un idiota.»

Tomo la taza de café y voy hasta su oficina. Llego cerca de la puerta cerrada y lo escucho decir que viajará mañana, jueves, y regresará el sábado por la mañana.

Todavía está al teléfono. Dudo si debo o no entrar mientras habla, pero si tardo el café se enfría y entonces se enojará. Así que doy dos golpes en la puerta.

— ¡Pasa!

Entro, coloco la taza en su enorme mesa de madera oscura. Su oficina parece de esas películas de terror, da hasta miedo. Le doy la espalda para salir rápido de allí, porque mi mente solo sabe recordar a él con la toalla.

«¡Qué desgracia! ¿Por qué no es un viejito cascarrabias? Me facilitaría mucho más la vida.»

— Ana Lucía, siéntate aquí. Necesito hablar contigo.

Con las manos sudando frío me siento frente a él, que da un sorbo a su café.

— Está demasiado fuerte. La próxima vez usa menos café.

Mi ganas son de decirle: “No me digas eso, idiota, no fui yo quien lo hizo”. Pero para no meter a Verinha en problemas me callo.

— Entendido —respondo seca.

— Por si no te has dado cuenta, la señora Morgana está ausente y se quedará toda la semana. Tuvo un problema familiar y tuvo que ausentarse urgentemente hasta la próxima semana. El sábado recibiré unos invitados aquí en casa. Serán seis hombres. Te pido que duermas aquí y ayudes a Vera con los cócteles. Te pagaré extra por eso, pero necesito que te esmeres. Será una cena de negocios.

«Con pago extra, claro que acepto.»

— Ok. Estaré a disposición.

— En ese caso no necesitarás venir a trabajar ni el jueves ni el viernes, ya que no habrá nadie aquí —dice seco.

— Está bien.

Estoy encantada con eso: días libres, descansar y pasar más tiempo con mi abuela.

— Avísale todo esto a Vera.

— Sí...

— Ahora puedes irte —dice inspeccionándome de arriba abajo.

Me levanto y salgo. Entro al baño para hacer pis y allí está la toalla gris colgada. Termino rápido y voy a la cocina. Necesito limpiar mi mente. Estos dos días sin verlo me ayudarán con eso. Eso espero.

El resto del día fue tranquilo, sin más quejas. Hoy estaba educado y logramos mantenerlo así hasta el final de la jornada.

Voy a casa feliz de la vida por saber que tendré dos días libres...

— ¡Bendición, abuelita! —entro diciendo sin verla todavía.

— Dios te bendiga, hija —por el eco sé que está en el baño.

Entro a mi cuarto a esperar a que mi abuela salga del baño para poder ducharme.

— ¿Abuelita? ¿Vamos a tomar un helado? —pregunto en cuanto salgo de la ducha.

— ¿Y la cena, hija?

— No te preocupes, comemos algo en la calle.

Y así fuimos a la nueva heladería que abrió a dos cuadras de casa.

— ¿Cómo te fue el día hoy? —pregunta.

— Un poco inusual... —digo recordando la escena del señor idiota con la toalla.

— ¿En serio? ¿Qué quieres decir con inusual?

— Nada muy importante —miento.

Jamás le diré a mi abuelita que vi a mi jefe solo con una toalla.

Tomamos nuestro helado, nos reímos mucho. Me preguntó por Júnior y le dije que debe estar bien, que ya no siento nada por él y que ya pasó. Miento otra vez. Pero no me duele. Hasta recuerdo de él, pero son solo recuerdos. Un hombre que no acepta a mi abuela no merece tenerme.

Ya en casa me acuesto al lado de mi abuela.

— Tendré que dormir en el trabajo el sábado, pero ganaré un extra por eso —digo.

— ¿Ah sí? ¿Y por qué?

— Según el jefe tendrá una cena de negocios importante y la gobernanta está ausente por problemas personales. Así que me tocó a mí.

— ¿Pero dormirás sola con él? —pregunta asustada.

— No, abue. Doña Verinha también estará...

— Ve con la camisola espanta novios, ¿eh? —dice riendo y su cuerpo se sacude con la risa.

Le doy una risa cómplice, pero jamás iría con esa camisola. No es que tenga intención de aparecer ante alguien, pero por el amor de Dios, es para usar en casa y nada más. Aunque con lo gruñón y seco que es ese hombre, creo que da igual una camisola de seda que una de monja; para él será lo mismo. Pero eso me importa poco. Estoy allí para trabajar y no para quedarme observando a ese iceberg con forma de hombre. Él allá y yo acá. Y punto final.

[...]

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