¡Señor Guillén, te juro que no eres su padre!

¡Señor Guillén, te juro que no eres su padre!

By:  Renka MéndezUpdated just now
Language: Spanish
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El exesposo de Marta nunca supo lo que era amar… o al menos, nunca supo cómo amarla a ella. Durante el día, Marta se escondía tras la perfección: eficiente, impecable, invisible como secretaria. Por las noches, intentaba convertirse en la esposa ideal… dulce, paciente, suficiente. Pero en los dos años que duró aquel matrimonio, jamás recibió una caricia sincera. Y un día, todo terminó. El mismo día en que ella regresó. La mujer que siempre había tenido un lugar en su corazón. La que creció a su lado. No hubo gritos. No hubo lágrimas frente a él. Solo firmas. Frías. Rápidas. Definitivas. Como si su matrimonio no hubiera sido más que otro trámite sin importancia. Pero el destino… nunca pide permiso. Seis meses después, Marta descubrió que estaba embarazada. Y aun así, no dudó. Se fue. Lejos de los recuerdos, lejos de él. Decidió criar a su hijo sola, construir una vida donde no tuviera que mendigar amor. ¿Que él ahora presumía su relación con aquella mujer? A Marta no le importaba. ¿Que incluso le había propuesto matrimonio? Marta sonrió… y les deseó felicidad. Porque ella ya había aprendido a soltarse. Hasta que el pasado volvió a buscarla… en el momento más inesperado. El mismo día en que su hijo nació. Con el dolor aún latiendo en su cuerpo y el alma hecha un torbellino, lo vio. De pie frente a la sala de partos. Imponente. Intenso. Irrompible. Como siempre. —Quiero que volvamos a empezar —dijo él, con una voz que parecía no admitir rechazo. Pero Marta ya no era la misma. Negó. —Señor Guillén… este niño no es suyo. —No importa… —murmuró, firme, decidido—. Aunque no lo sea… también quiero amarlo.

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Chapter 1

Capítulo 1

A esas horas imposibles de la madrugada, cuando el mundo parece suspirar en silencio, Marta Vásquez subió una foto de un bebé recién nacido. La acompañó con una frase simple: “Ya soy mamá… mi primer hijo”.

No pasó ni una hora cuando su exesposo llamó a su puerta.

Literalmente.

Su exesposo, el hombre del que se había separado hacía seis meses, estaba ahí.

Cuando abrió, la expresión oscura de Sergio Guillén hizo que el pequeño departamento de dos habitaciones se sintiera helado, como si el invierno se hubiera colado sin permiso.

Marta apretó el picaporte con fuerza, conteniendo todo lo que se removía dentro de ella.

—¿Qué haces aquí?

Él no respondió. Como siempre.

Entró sin pedir permiso, con ese porte impecable que no encajaba en absoluto con el viejo edificio y sus baldosas desgastadas. Sus zapatos brillaban demasiado para ese lugar… demasiado para su vida.

No era la primera vez que cruzaba esa puerta. Caminó directo hacia su habitación, como si todavía tuviera derecho.

Detrás de él, Darío Talavera, su asistente, sostenía unos documentos. Se los entregó con una sonrisa medida.

—Señorita Vásquez, cuánto tiempo. El abogado del señor Guillén preparó esto durante la noche. Es un acuerdo de custodia.

Marta lo tomó. Hojeó el documento.

Entre tantas palabras frías y legales, una frase resaltó como una herida abierta: El primogénito de la familia Guillén debe crecer con la familia Guillén.

Así que era eso.

Sergio quería la custodia.

Qué considerado… le permitiría criarlo hasta los tres años. Siempre y cuando ella aceptara. Si no… se lo llevaría de inmediato.

El dolor le atravesó el pecho, extendiéndose como una grieta imposible de cerrar.

Mientras ella seguía en shock, Sergio salió del cuarto, como si nada.

—¿Dónde está el niño?

Así era él.

Desde el principio, Marta supo que era un hombre de pocas palabras, frío hasta los huesos. Aun así, cuando se acostó con ella sin querer, él hizo lo “correcto”: le propuso matrimonio.

Y ella aceptó… porque llevaba seis años amándolo en silencio.

Pero en un momento así… ¿ni una sola emoción? ¿Ni una palabra más?

Darío, percibiendo la tensión, se retiró con discreción, dejándolos solos. El silencio llenó cada rincón.

Marta soltó una risa baja, casi amarga.

—¿Qué niño?

Sergio permanecía erguido en medio de la sala, envuelto por la luz tenue que suavizaba sus facciones, haciéndolo ver tan distante como siempre.

Ella se giró hacia él. Su rostro pálido, sus ojos claros… parecían sinceros. Como si realmente no entendiera de qué hablaba.

—Si hago cuentas… ya estabas embarazada cuando nos divorciamos —dijo él, sin emoción alguna—. Entonces, ¿por qué lo hiciste?

No era reproche. Ni dolor. Solo curiosidad.

Y eso dolía más.

Marta lo entendió demasiado tarde: él nunca se casó por amor. Solo por responsabilidad… o quizás porque ella podía satisfacer sus necesidades sexuales. Un acuerdo frío para cubrir necesidades, nada más.

En esos dos años, ella aprendió exactamente cuál era su lugar en su vida.

Ninguno.

Creció en el orfanato, sin amor ni afecto, y ese matrimonio no llenó ese vacío. No le dio calor… salvo en esas noches en las que él la miraba como si fuera la única, aunque fuera solo por un instante.

Por eso, fue ella quien decidió terminar todo.

Ese día, él solo dijo:

—Mientras no te arrepientas.

Esa misma tarde, Marta pidió traslado y se fue a otra sucursal, lejos… demasiado lejos de él.

Seis meses sin verse. Y ahora, todo esto.

—Solo estoy despejando el camino para la señorita Cadenas —dijo Marta, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Si te llevas al niño… ¿ella estará de acuerdo? Escuché que planean casarse. ¿Y si se molesta y te deja?

Virginia Cadenas.

La única mujer que, según todos, Sergio había amado de verdad.

Crecieron juntos… hasta que ella se fue al extranjero. Y él, durante años, no miró a nadie más.

Hasta que regresó.

Y ese fue el final para Marta.

—Eso no te incumbe —respondió él, igual de frío—. Eres inteligente. Un niño no debería crecer aquí. Con mi familia tendrá un mejor futuro.

Marta apretó los labios. Era inteligente, pero aun así, con las emociones, tampoco podía mantener su juicio.

—Ni siquiera un perro abandona a los suyos por pobreza… y tú quieres decidir por mi hijo.

Ella siempre había sido así: firme, inquebrantable.

Sergio lo sabía. Ya la había visto enfrentarlo antes, incluso arriesgando su trabajo. Solo había logrado dominarla en la cama… nunca en lo demás.

Pero ahora… esto no era negociable.

—Marta, ¿de verdad crees que puedes contra mí?

No era una pregunta. Era una advertencia.

Y ella lo sintió. Como si algo invisible le apretara la garganta.

Aun así, sonrió.

—Señor Guillén… entendió mal.

—El bebé es de Sandra. Fui a verla al hospital y acabo de llegar.

Él la observó con desconfianza.

La analizó. Su cuerpo, su postura… nada indicaba que hubiera estado embarazada.

—¿Recuerdas a Sandra Becerra? Te hablé de ella…

Pero él ya no escuchaba.

Encendió un cigarro y se acercó a la ventana, fumando en silencio, como si necesitara ordenar algo dentro de sí.

En menos de una hora, creyó convertirse en padre… y luego perderlo.

Marta ya no era la misma. Algo en ella había cambiado. Ya no era la mujer dócil que recordaba… ahora había fuego en su mirada.

Como una gata salvaje que aprendió a sobrevivir sola.

¿Se atrevió a gastarle esta broma?

Ella abrió la ventana. El aire frío entró, llevándose el humo.

—Dígame algo —murmuró—. Si ese niño existiera… y tuviera que elegir entre la señorita Cadenas y él… ¿a quién escogería?

Ella nunca fue una opción para él, y era consciente de ello.

—No existen esos “si” —respondió, apagando el cigarro.

Buscó dónde tirarlo, no encontró nada… y simplemente se fue.

Sin mirar atrás.

Sin quedarse.

Marta lo observó irse, sabiendo que, si no hubiera sido por esa publicación, probablemente nunca más se habrían cruzado.

A menos que el destino jugara sucio… como aquella vez, hace un mes, cuando coincidieron en un hotel, él estaba borracho… y terminaron en la cama otra vez.

Ella se fue antes de que despertara.

Pensó que ese error moriría ahí.

Pero no.

Ahora crecía dentro de ella.

Seis semanas. Y un bebé sano.

Afuera, la nieve caía con fuerza, cubriendo todo de blanco. Él, vestido de negro, resaltaba entre el paisaje.

Marta apoyó la frente contra el vidrio frío mientras lo veía subir a su Bugatti y desaparecer en la noche.

Tan fuera de lugar en ese barrio…

Como él en su vida.
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