LOGINMichael se quedó sin palabras.
Luego, Max agregó solemnemente:
—Ya que sabes que esa mujer es especial para Mia, Michael, ¿por qué no enviaste a alguien a investigar sus antecedentes?
Tenía el presentimiento de que aquella mujer de aspecto ordinario podría ser la clave para curar la afasia de Mia.
Michael se golpeó el muslo en cuanto escuchó las palabras de su hermano.
—¡Maldita sea! ¿Cómo pude olvidar algo tan importante? Lo haré de inmediato.
Mientras tanto, en un dormitorio del segundo piso, Tomas Brook afilaba lápices de colores para Mia.
Aunque, como nieto mayor de la familia Brook, estaba colocado en un pedestal frente a los extraños, en realidad era el hermano más sobreprotector que podía existir.
Mia tomó uno de los lápices de Tomas y comenzó a dibujar en una hoja de papel. Su dibujo mostraba a una mujer delgada, con un puente nasal chato, labios gruesos y una cara salpicada de pecas. Por extraño que parezca, Mia sonreía mientras trabajaba en su dibujo.
Incluso agregó líneas amarillas alrededor de la mujer, representando luz. Finalmente, garabateó una palabra encima de la cabeza de la figura: Mami.
—¿Mami? —preguntó Tomas, confuso.
Su hermana le devolvió una sonrisa mientras asentía.
—¿Estás dibujando a la mujer de la que nos habló papá? —preguntó con escepticismo, ya que el dibujo no se parecía en nada a su madre.
Aunque a los gemelos les desagradaba Maia, no podían negar que era una mujer hermosa, con una piel impecable.
Sin embargo, al oír el nombre de Maia, la sonrisa de Mia desapareció de inmediato. Negó con la cabeza frenéticamente, dejando claro que Maia no tenía nada que ver con la mujer de su dibujo.
¿Cómo podría compararse Maia con la mamá que dibujé?
—Si no es ella, ¿quién más puede ser? —insistió Tomas.
Mia quería contarle a su hermano cómo se había sentido al conocer a mamá, pero, al intentar hablar, descubrió que nuevamente no podía pronunciar palabra alguna.
Frustrada por su incapacidad para comunicarse, se sintió desanimada. Aun así, enrolló su dibujo y lo abrazó con fuerza, como si fuera su mayor tesoro.
Tomas observaba a su hermana con creciente curiosidad. ¿Qué clase de encanto especial tenía aquella mujer pecosa para obsesionar tanto a Mia?
Al mismo tiempo, Olivia soltó un fuerte estornudo mientras se quitaba la máscara hiperrealista de su rostro.
—Alguien debe estar pensando en mí otra vez —murmuró.
En ese momento, Noa, quien escribía códigos frente a su computadora, levantó la vista tras leer un correo electrónico.
—Definitivamente alguien te está buscando, mami. Está ofreciendo cien millones para que lo ayudes.
En los últimos tres años, una doctora genio había ganado fama mundial por usar conocimientos médicos tradicionales transmitidos durante cinco mil años en SatHill para curar a innumerables personas con enfermedades complicadas e incurables.
En un principio, muchos creyeron que podrían descubrir su identidad observando su apariencia. Sin embargo, para su sorpresa, cada vez que practicaba la medicina, llevaba una cara diferente. Por esta razón, innumerables intentos por descubrir quién era resultaron infructuosos. Incluso las personas más influyentes se veían obligadas a enviarle un correo electrónico y esperar pacientemente una cita, sin garantía de que fuera aceptada.
En última instancia, el destino de cada paciente dependía de si la doctora genio estaba dispuesta a salvarlos o no. Esta misteriosa figura no era otra que Olivia, quien siempre utilizaba una máscara hiperrealista.
—Cariño, cien millones es mucho dinero. ¿Quién necesita mi ayuda? ¿Qué enfermedad incurable debo tratar? —preguntó Olivia con curiosidad.
—Mami, la persona que solicitó tu ayuda es Julián Todd, el presidente de Prime Real Estate —respondió Noa, sin apartar la vista de la computadora—. Hace tres meses sufrió una hemorragia cerebral repentina. Desde entonces, la parte inferior de su cuerpo está paralizada y también tiene dificultad para hablar debido al daño en su sistema nervioso.
Olivia resopló al escuchar el nombre de Julián.
—No lo voy a ayudar.
—Mami, ¿cómo puedes responder sin dudar, especialmente cuando te ofreció cien millones? —preguntó Noa, incrédulo.
—¿Quiere comprar mi conciencia con solo cien millones? ¡Y, sin embargo, él ha vendido la suya por dinero durante años! ¡Un bastardo como él es el que más teme a la muerte! —Un destello de desprecio brilló en los ojos de Olivia mientras arrojaba la máscara hiperrealista sobre la mesa.
—Mami, ¿es esa la razón por la que decidiste volver y actuar como forense en lugar de seguir siendo la doctora genio? —preguntó Noa, intrigado.
—Los humanos siempre son codiciosos. Aunque los médicos no son omnipotentes, algunas personas creen que pueden exigirles lo imposible solo porque tienen dinero. Prefiero hablar por los muertos que curar a esa clase de gente.
Olivia no lo negó, y sus palabras dejaron a Noa impresionado.
—¡Mami, me encanta tu sentido de la justicia! —exclamó él, su rostro lleno de admiración.
Al escucharlo, Olivia sonrió y respondió:
—Por supuesto. ¿A quién no le gusto?
Mientras miraba a Olivia sin la máscara, Noa no pudo evitar recordar a la niña pegajosa que conocieron en el aeropuerto.
—Mami, la niña que se aferró a ti hoy… Se parece un poco a ti.
El tiempo había pasado como un suspiro. Los días de caos, secretos, traiciones y redención eran ya parte de un capítulo antiguo, un pasado que ahora se leía en susurros entre los recuerdos, como un libro cuyas páginas desgastadas solo confirmaban lo lejos que habían llegado.La casa de campo donde vivía la familia Brook-Blake estaba rodeada de naturaleza y tranquilidad. Amplios jardines, una biblioteca con paredes repletas de libros, y una cocina siempre llena de vida. Pero ese día, algo especial flotaba en el aire.—¿Mamá, has visto mi chaqueta blanca? ¡La de laboratorio! —preguntó Mia, entrando con el cabello recogido en una coleta, un estetoscopio colgando de su cuello.—Está en la silla del comedor, justo donde la dejaste —respondió Olivia, con una sonrisa divertida mientras preparaba café.Mia tenía ahora 15 años, pero su madurez y tenacidad la hacían parecer mayor. Había decidido seguir los pasos de su madre, Olivia, quien después de todo lo vivido, había retomado su pasión por
…El cielo estaba despejado y una brisa cálida acariciaba el campo florido a las afueras de la ciudad. Max había insistido en llevar a Olivia y a los niños a pasar el día en aquel lugar tranquilo, rodeado de naturaleza, donde las risas de los pequeños podían escucharse con libertad.Olivia se recostó en una manta extendida sobre la hierba mientras observaba a Mia y Noa correr tras unas mariposas. Tomas jugaba con unas piedritas organizándolas como si fueran soldados, mientras Clayton se acercaba a ella con una flor entre sus dedos.—Para ti, mamá —le dijo con una sonrisa luminosa.—Gracias, amor —respondió Olivia, acariciándole el cabello. Fue entonces cuando notó que llevaba algo más escondido en la otra mano—. ¿Qué tienes ahí?—Nada... todavía —dijo misterioso, corriendo hacia Max, que lo esperaba cerca de un árbol grande.Fue entonces cuando todo cambió.La música comenzó a sonar suavemente desde un altavoz escondido entre las ramas. Olivia alzó la vista, confundida. Max, con una s
—¿Qué pasó…? Me siento… raro.—Te envenenaron, Max. Estuviste a punto de morir, pero conseguimos el antídoto. Lo logramos —le acarició el rostro con delicadeza, con miedo a lastimarlo—. Estás vivo. Gracias a ti, a tu fuerza.Max intentó moverse, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. Aun así, su mano temblorosa buscó la de ella.—¿Tú…? ¿Tú me salvaste?—Sí. Y lo haría mil veces más —Olivia le sonrió entre lágrimas—. No podía dejarte. No después de todo.Max la miró en silencio, con los ojos húmedos y el corazón enredado en emociones que aún no entendía del todo.—Te vi… en un sueño —murmuró—. Estabas llorando y besándome… pensé que me estaba muriendo.—No era un sueño —susurró ella—. Era real. Estaba aquí… y lo haría otra vez si fuera necesario.Max tragó saliva, con esfuerzo. Su mirada se tornó más nítida, más firme.—¿Me amas, Olivia?Ella lo miró fijamente, sin temblores, sin miedo.—Sí. Te amo, Max Brook. A pesar de todo. Incluso cuando no debí… incluso cuando creí que no lo m
—Cuidado con los sensores térmicos —advirtió Nueve, revisando el mapa térmico en su dispositivo—. Adrik es paranoico. Esto podría estar lleno de trampas.Olivia asintió y se colocó los lentes infrarrojos. Caminó agachada entre las plantas secas, hasta llegar al punto exacto que Rey había descrito. Allí, una vieja estructura metálica estaba oculta bajo una manta rota y tierra.—Aquí —susurró Olivia, quitando la tapa con esfuerzo.Debajo, una trampilla metálica oxidada. Tecleó el código: 4512.Un sonido sordo y chirriante confirmó que la compuerta cedía.—Vamos —ordenó Nueve, bajando primero.El pasillo subterráneo olía a químicos y humedad. Estaba tenuemente iluminado por luces de emergencia rojas. Olivia apretó su arma contra el pecho, sus pasos firmes, pero su respiración agitada.—Dos sensores en las paredes —indicó uno de los hombres de Nueve—. Hay cámaras.—Apaguen la señal —ordenó Olivia.En segundos, uno del equipo cortó la energía con un inhibidor. Continuaron avanzando.De pro
Golpeó con fuerza las cadenas de la silla, como si el recuerdo todavía lo enloqueciera.—Por eso juré vengarme. No solo de ella… sino de su maldita sangre. De ustedes.Las palabras retumbaron como disparos en el aire. Olivia sintió un escalofrío recorrerle la espalda… pero no se apartó. No esta vez. Porque ahora entendía muchas cosas.Los ataques. Las amenazas. El veneno.Y Maia.Su hermana gemela. Muerta. Asesinada por uno de los hombres de Rey.Su garganta se cerró. Un dolor viejo volvió a su pecho como una herida abierta.—La mataste —susurró—. Mataste a Maia… utilizaste el odio que tenía por mí, para que ella misma se consumiera.Rey no respondió de inmediato. Solo la miró. Y luego sonrió, pero ya no era una sonrisa cruel… sino vacía.—No me importa. Solo quería que doliera.Olivia se contuvo para no llorar. No por él. No por ella. Por todo lo que esa venganza absurda había destruido. Pero no podía quebrarse. Tenía que mantener la cabeza fría.—¿Ni siquiera si fuera tu verdadera h
—Max… —susurró, su voz quebrada—. Estoy aquí.Se inclinó y lo besó. Un beso suave, desesperado, lleno de todo lo que quería decirle y no podía. Pero él no respondió. Su cuerpo permanecía inmóvil, su alma atrapada entre este mundo y el siguiente.—Está inconsciente —explicó Luna desde la puerta, con la voz suave pero firme—. Lo mantenemos así… para que no sufra.Olivia asintió sin girarse, las lágrimas cayendo por su rostro sin control. Se obligó a respirar hondo, aunque sentía que el dolor le oprimía el pecho.—Lo traje aquí porque en la casa Blake no podríamos ocultárselo a los niños —continuó Luna con delicadeza—. Mia, Tomas, Clayton, Noa y Lily se habrían dado cuenta… y no dejarían de preguntar por él. Aquí está seguro.Olivia asintió otra vez, esta vez en silencio.Luna dio un paso atrás y cerró la puerta con suavidad, dejándolos solos.Olivia se acurrucó junto a Max, rodeándolo con sus brazos, como si con eso pudiera protegerlo de todo. Le susurró palabras dulces al oído, palabra







