MasukElena lo perdió todo en una sola noche: el modesto departamento que le tomó cinco años levantar se convirtió en cenizas, dejándola en la calle junto a su pequeña hija de cuatro años. Sin dinero y al borde de perder la custodia de la menor, la única salida llega en la forma más retorcida posible: una llamada del abogado de la adinerada familia Campbell. Harold Campbell, el patriarca con el que supuestamente Elena cometió la traición que arruinó su vida años atrás, ha muerto y le ha dejado una tabla de salvación en su testamento. Al regresar a la mansión, se reencuentra con William, el hombre que amó con pasión pero que la expulsó sin piedad convencido de que ella fue la amante de su propio padre. Para sorpresa de ambos, el testamento exige una cláusula innegociable para liberar la herencia: Elena y William deben casarse de inmediato y concebir un hijo en el plazo de un año. Acorralada por la necesidad de proteger a su hija y encendida por un profundo despecho, Elena firma el contrato dispuesta a soportar el odio de la familia Campbell y la crueldad de William. Él le advierte que la boda es un trámite frío y que entre ellos solo queda asco; sin embargo, bajo el mismo techo, la mentira de que su atracción es simple lujuria empieza a desmoronarse, atrapándolos en una espiral de secretos, venganza y una chispa que ninguno de los dos puede sofocar.
Lihat lebih banyakEl olor a humo no se quitaba con nada. Se le había metido en los poros, en la piel, en las hebras del cabello y en la tela raída de la chaqueta con la que cubría a la pequeña Sofía.
Sentada en la última banca de la parroquia de San Jorge, Elena mantenía los ojos fijos en las baldosas desgastadas del piso. A su alrededor, el silencio del templo solo se rompía con el murmullo lejano del tráfico y el tenue sonido de la lluvia golpeando los ventanales. El párroco les había ofrecido un espacio en el salón trasero, dos mantas limpias y un plato de sopa que Elena apenas había podido tocar.
Tenía la garganta cerrada por la rabia.
Solo habían pasado unas horas desde que su vida, modesta y silenciosa, construida con esfuerzo desde cero, se redujo a cenizas en apenas veinte minutos. Un cortocircuito en el viejo edificio de departamentos destruyó todo lo que tenía. Sus muebles de segunda mano, la ropa de la niña, sus documentos y los pocos ahorros guardados en una caja de lata, todo fue consumido por un fuego voraz que la dejó en la calle, con lo puesto y con su hija de cuatro años temblando entre sus brazos.
Pero el fuego no era lo que más le quemaba por dentro. Era la amarga sensación de que el destino disfrutaba de acorralarla.
Cinco años atrás, Elena creyó haber tocado el fondo más absoluto. Aquella noche terrible en la mansión Campbell, cuando William la arrastró fuera de la propiedad bajo la lluvia, gritándole obscenidades, acusándola de haber destruido a su familia y de haberse vendido a la cama de su propio padre, Harold Campbell.
Elena nunca pudo defenderse. William no la escuchó. Cegado por el dolor de ver a su padre en una situación ambigua con Elena, una trampa cuidadosamente planeada que ella nunca pudo explicar, él eligió creer lo peor. Para William, ella solo era una oportunista sin escrúpulos que usó su juventud para manipular a un hombre mayor y rico. La echó a la calle con la ropa que llevaba puesta y le advirtió que la destruiría si volvía a acercarse a su familia.
Durante esos cinco años, Elena tragó veneno en silencio. Trabajó en turnos dobles, limpió casas, atendió mostradores y crió a Sofía sola, masticando el orgullo de no haberle pedido jamás un solo centavo al hombre que juró amarla antes de convertirla en un monstruo a los ojos del mundo. Había jurado que preferiría morirse de hambre antes que volver a cruzarse con un Campbell.
Y ahora, el destino se le reía en la cara.
—Señorita Elena...
La voz rompió el trance. Elena levantó la cabeza despacio, sintiendo un sudor frío recorriéndole la nuca.
Frente a ella, impecable en un traje a medida de tres piezas que desentonaba con la humildad del templo, estaba el abogado Harrison. Era el representante legal de la familia Campbell. El mismo hombre que cinco años antes firmó la orden de desalojo que la separó de la vida de William.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Elena. Su voz sonó rasposa, cargada de hostilidad que no intentó disimular.
—Vine—Vine a buscarla —respondió el abogado, ajustándose las gafas con una calma profesional que a Elena le resultó exasperante—. Lamento las circunstancias en las que la encuentro. Me enteré del incendio a través de los informes policiales. Necesito la lástima de los Campbell —escupió Elena, abrazando con más fuerza a Sofía, que dormía profundamente en su regazo—. Si vino a ver cómo me hundo, ya puede regresar por donde vino.
El abogado suspiró, manteniendo una distancia prudente.
—No vengo a burlarme, Elena. Vengo porque no hay tiempo. Harold Campbell falleció hace tres días.
El nombre golpeó a Elena como un peso en el pecho. Se quedó inmóvil, sintiendo el corazón oprimido por una mezcla de sorpresa y rencor. Harold era el hombre que arruinó su vida, cuya cercanía malinterpretada destruyó el amor que tenía con William.
—¿Murió? —musitó, tratando de procesarlo.
—Así es. El infarto lo tomó por sorpresa la noche del martes —dijo Harrison—. Y en su testamento, dejó instrucciones muy específicas que involucran directamente a usted y a su hija.
—A mí no me dejó nada porque yo no soy nada para esa familia —dijo Elena, apretando los dientes mientras la rabia le quemaba la garganta—. No quiero nada que venga de ese hombre. Ni de él ni de su hijo.
—Elena, por favor, sea razonable —dijo el abogado, bajando el tono y señalando con la mirada el salón parroquial y la manta chamuscada que cubría a la pequeña—. Su departamento es una pila de escombros. No tiene cuenta bancaria activa; no tiene ropa para la niña y los servicios sociales ya intervienen para evaluar si este lugar es apto para la permanencia de la menor. Si se queda aquí, mañana por la mañana le quitarán la custodia de Sofía por falta de vivienda digna.
Cada palabra del abogado fue una estocada helada. Elena sintió que el aire se le escapaba del pecho. Miró el rostro pálido y cansado de su hija, las mejillas manchadas de hollín, la respiración agitada de la pequeña. La idea de que le quitaran a Sofía le provocó un terror visceral, infinitamente superior al odio que sentía hacia los Campbell.
—Harold dejó una cláusula que debe ser leída en presencia de toda la familia en la mansión principal —continuó el abogado—. Si viene conmigo hoy, la niña tendrá una habitación cálida, comida y médicos para revisarla. Mañana escuchará el testamento y podrá tomar una decisión. Pero hoy no tiene otra opción.
Elena cerró los ojos con fuerza. Sentía el pecho a punto de estallar de frustración, rabia y despecho.
Volver a la mansión Campbell era entregarse al enemigo. Era regresar al lugar donde la humillaron, la acusaron de ser una mujer fácil y donde William la miró con ese desprecio que aún le dolía recordar. También significaba ver de nuevo al hombre que la dejó sola sin darle la oportunidad de explicarse.
Pero al abrir los ojos y mirar a su hija, la impotencia se transformó en una decisión amarga.
—Voy a ir —dijo Elena, poniéndose de pie con la niña en brazos y mirando al abogado con los ojos llenos de odio—. Voy a ir, voy a tomar lo que me corresponde por el daño que ese hombre me hizo y me iré de esa casa para siempre. Y dígale a William Campbell que si intenta tocarme o decirme algo, esta vez no me quedaré callada.
—Soy tu esposo —siseó él, inclinándose hacia ella—. Y por si lo olvidaste, estoy pagando tu vida y la de tu hija.—¡Eres mi comprador, no mi dueño! —Le gritó Elena a la cara, señalándolo con un dedo tembloroso de furia—. ¡Y no me vengas a hablar de moralidad! ¿Sabes por qué estaba bebiendo anoche en ese jardín? ¿Sabes por qué me puse a hablar con esos hombres?William frunció el ceño, pero no dijo nada.—Porque te escuché —soltó Elena, dejando que cada palabra saliera cargada de todo el veneno que llevaba atragantado desde la noche anterior—. Estaba parada del otro lado del seto, William. Cerca del estanque. Escuché perfectamente a tus amiguitos, a Julián Vega y al otro imbécil de bienes raíces.El rostro de William cambió levemente. Su postura, antes rígida, también se relajó un poco.—Sé exactamente lo que dijeron —continuó Elena, inclinándose hacia él, con la cara a centímetros de la suya, escupiéndole los detalles—: Dijeron que yo era la *mujerzuela de la mansión*. Dijeron que, an
La frase quedó flotando en la sombra del dormitorio, como un dardo envenenado. William mantuvo la mano apretada en su mandíbula un segundo más. Sintió las lágrimas calientes de Elena resbalar entre sus dedos. La mezcla de su risa amarga y su llanto áspero llenaba el aire quieto de la habitación y rompía la atmósfera pesada de la noche.De pronto, como si la piel de Elena quemara, William se apartó de golpe. Se alejó de ella con un movimiento brusco y se echó hacia atrás en el colchón. La luz plateada de la luna, que entraba por el ventanal, iluminó su torso desnudo y sudoroso. La luz marcó las líneas rígidas de su espalda mientras se sentaba en el borde de la cama y le daba la espalda.Elena reaccionó de inmediato. Con las manos temblorosas y la respiración cortada por los sollozos, tiró de la sábana blanca y se cubrió hasta el cuello. Se acurrucó contra la cabecera de caoba, abrazó sus rodillas e intentó tapar cada parte de su piel marcada. Se sentía sucia, expuesta y cansada hasta l
El resto de la tarde fue tranquilo en la habitación de la niña. Elena estuvo todo el tiempo junto a Sofía. La bañó con agua tibia, le secó el cabello con cuidado y la mimó: jugaron con muñecas en la alfombra, dibujaron soles en el cuaderno y le leyó sus cuentos favoritos hasta que Sofía se quedó dormida, por fin aliviada después del susto de la mañana.Pero cuando la noche cayó sobre la mansión Campbell, la realidad volvió a pesar sobre Elena. Sabía que no podía dormir en el cuarto de su hija sin levantar sospechas ni recibir reproches de Beatriz y William. Con pasos lentos y el corazón apretado por la angustia, caminó por el pasillo oscuro y volvió al dormitorio principal.William no estaba allí. La habitación seguía en sombras, apenas iluminada por la luz de la luna que entraba por los ventanales. Cansada física y emocionalmente, Elena se metió bajo las sábanas frías y se quedó dormida casi de inmediato.Al quedarse dormida, la realidad empezó a cambiar poco a poco. Las sombras de l
La niña no se resistió. Sintió el calor que emanaba de la tela y el olor a cuero y madera que llevaba el hombre.—Ven aquí —dijo William, levantándola en brazos con una facilidad pasmosa.La acomodó contra su pecho y la protegió con su cuerpo mientras se levantaba. Sofía, agotada por el cansancio y el frío, apoyó la cabeza en el hombro de William y le rodeó el cuello con sus delgados bracitos. Se aferró a él como si fuera una torre imposible de vencer.William caminó hacia Satán. El caballo esperó con paciencia. Bufó suavemente al ver a la niña.—No tengas miedo del caballo —le murmuró William al oído mientras la acomodaba frente a él sobre la montura de cuero—. Se llama Satán, pero es muy bueno. Nos va a llevar rápido a tu mamá.William saltó ágilmente detrás de ella y le pasó los brazos por los costados. La sostuvo con fuerza contra su pecho. Se aseguró de que la capa la cubriera por completo para que no le cayera ni una sola gota de lluvia.—Aparécete bien, Sofía —ordenó suavemente












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