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Penulis: Lucia Nocturna
last update Tanggal publikasi: 2026-09-16 01:23:06

Federico Grey Volkov

Me quedé.

Había pensado dejarla y regresar al despacho, pero la forma en que me miró después de aquellas palabras hizo que me resultara imposible. Seguía emocionada, todavía frágil de una manera que intentaba ocultar, y por una vez no sentí la necesidad de llenar el silencio con control o planes.

Se sentó en el borde de la cama durante un momento, con los dedos entrelazados suavemente sobre el regazo.

Yo permanecí de pie, observándola, esperando ver si se apartaría ahora qu
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  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   62

    Frederico Grey Volkov—Grey, ¿no podemos quedarnos unos días más aquí? —gruñó Liliana.Sonreí y la atraje hacia mí en un abrazo, acomodándola contra mi pecho mientras la luz de la mañana llenaba la villa por última vez. Su voz tenía esa suavidad obstinada que solo usaba cuando ya sabía la respuesta y aun así la odiaba.—Velvet, lo siento —dije contra su cabello—. El trabajo me llama y ya llevamos dos semanas enteras aquí.—Pero todavía se siente como si hubiéramos llegado ayer.Levantó el rostro hacia mí, frunciendo el ceño, con los brazos todavía rodeando mi cintura como si pudiera impedir que Mónaco terminara si se aferraba con suficiente fuerza. Pasé el pulgar por su mejilla.—Lo sé.—Entonces quedémonos.—No puedo.—Sí puedes. Eres Grey. Haces lo que quieres.Eso hizo que una sonrisa apareciera en mis labios.—Si eso fuera completamente cierto, jamás saldría de una cama en la que estuvieras tú.No estaba lo bastante divertida como para dejar que el cumplido ganara.—Lo digo en ser

  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   61

    El último capítulo se publicó por error. Por favor, ignórenlo por ahora, ya que todavía está en revisión y puede tardar un poco en ser aprobado.Lamento mucho el error y cualquier confusión que haya podido causar. Gracias por su paciencia y comprensión. ❤️--Frederico Grey VolkovNo la creía del todo.Liliana era una mentirosa capaz cuando el miedo la empujaba a hacerlo, pero no era perfecta. La explicación que me había dado en la cocina había sido lo bastante ordenada en la superficie —nervios por la boda, miedo por ser su primera vez, el peso de una vida que avanzaba demasiado rápido—. Bajo presión, la mayoría de las personas se aferraban a una verdad que estaba cerca de la real. Eso era lo que hacía peligrosa su respuesta. No estaba vacía. Estaba incompleta.No dejaba de ver los detalles que no podía ocultar.La forma en que se había estremecido cuando finalmente me notó. El retraso antes de darse cuenta siquiera de que yo estaba en la habitación. La tensión en sus hombros mientra

  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   57

    RheaLa casa siempre olía a paredes húmedas y grasa vieja.Incluso cuando nadie estaba cocinando, incluso cuando las ventanas estaban abiertas, ese olor permanecía atrapado en la pintura, en la alfombra y en las baldosas agrietadas de la cocina. Era el olor de un lugar que había dejado de intentar mejorar.Había vivido allí durante tanto tiempo que la mayoría de los días había dejado de notarlo, hasta que algo pequeño volvía a hacérmelo recordar: un montón de sobres sin pagar sobre la encimera, la tapa de una jeringa debajo del sofá, uno de mis hermanos maldiciendo al televisor porque la señal no dejaba de cortarse.Éramos cinco.Tres chicos. Dos chicas.Eso era todo lo que éramos, y de alguna manera seguíamos siendo demasiadas personas para una casa que nunca tenía suficiente de nada. Ni dinero. Ni silencio. Ni espacio limpio. Ni padres que permanecieran sobrios el tiempo suficiente para comportarse como padres.Mamá estaba dormida, drogada o hablando demasiado fuerte con alguien que

  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   59

    RheaNo dormí después de la pelea en la sala de estar.La casa finalmente quedó en silencio de esa manera falsa en la que siempre lo hacía; no era paz, solo agotamiento. Las puertas se cerraron. Las voces bajaron. Alguien encendió un televisor a bajo volumen en otra habitación y lo dejó allí.Me senté en el borde de mi cama con el teléfono entre las manos y el nuevo rostro de Mara guardado en demasiadas fotografías.Liliana Miller.Incluso el nombre sonaba demasiado limpio.Esperé hasta después de medianoche antes de llamar. No porque tuviera dudas. Sino porque quería que mi voz sonara firme. Quería que escuchara a una mujer, no a una herida.El teléfono sonó varias veces antes de que contestara.—¿Hola?Esa voz suave y cuidadosa fue suficiente para que apretara con más fuerza el teléfono.—Hola, Mara.Silencio.Solo fue un segundo, quizá menos, pero escuché el quiebre. La diminuta pausa de alguien cuyo cuerpo entero se había quedado inmóvil.—Tienes el número equivocado —dijo rápidam

  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   58

    Capítulo 58RheaNo esperé a que llegara el momento perfecto.En una casa como la nuestra, los momentos perfectos nunca llegaban. Si querías que todos estuvieran en un mismo lugar, tenías que obligarlos. Levantabas la voz. Te plantabas en medio del caos hasta que todos dejaban de moverse el tiempo suficiente para escucharte.Esa tarde los llamé a todos a la sala.Mamá estaba en el sillón reclinable con un camisón ligero, el cabello aplastado de un lado por haber dormido. Los chicos entraron uno tras otro, oliendo a humo y al aire de la calle. El menor todavía tenía el teléfono en la mano. El del medio se apoyó contra la pared como si solo estuviera medio interesado. El mayor se dejó caer sobre el brazo del sofá y me miró como si lo que tuviera que decir más valiera la pena que interrumpir su día.Levanté el teléfono con la foto ya abierta.—Miren esto.El menor lo tomó primero. Frunció el ceño, amplió la imagen y luego soltó una breve carcajada.—No puede ser.—¿Qué? —preguntó mamá, d

  • ¿Puedo Montarte, Sr. Frederico?   57

    RheaLa casa siempre olía a paredes húmedas y grasa vieja.Incluso cuando nadie cocinaba, incluso cuando las ventanas estaban abiertas, ese olor permanecía atrapado en la pintura, la alfombra y las baldosas agrietadas de la cocina. Era el olor de un lugar que había renunciado a la idea de mejorar.Había vivido allí el tiempo suficiente como para dejar de notarlo la mayoría de los días, hasta que algo pequeño volvía a hacerme consciente de él: una pila de sobres sin pagar sobre la encimera, la tapa de una jeringa debajo del sofá, uno de mis hermanos maldiciendo al televisor porque la señal no dejaba de cortarse.Éramos cinco.Tres chicos. Dos chicas.Eso éramos todos, y de alguna manera seguíamos pareciendo demasiadas personas para una casa que nunca tenía suficiente de nada. Ni dinero. Ni tranquilidad. Ni espacio limpio. Ni padres que permanecieran sobrios el tiempo suficiente como para comportarse como padres.Mamá estaba dormida, drogada o hablando demasiado alto con alguien que no

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