로그인Para asegurar la paz entre cárteles en guerra, debe enviarse una ofrenda de paz a Luis Montero, el temido líder de El Cartel Negro que gobierna desde La Fortaleza. Elena Flores fue secuestrada y traficada por un cartel rival. La envían a Luis como ofrenda de paz para poner fin a una guerra en curso. No es voluntaria. No está dispuesta. Es víctima en dos ocasiones. Creía que moriría en manos del cartel rival. Pero cuando se lo dijeron, ella sería entregado a un rey de la Mafia, sentía esperanza. Quizá podría sobrevivir. Quizá podría escapar. Entonces vio su rostro. Hace cinco años, una chica de diecisiete años se escondió en una caja en un almacén abandonado. Vio a un hombre ejecutar a un jefe rival del cártel. Vio su rostro. Lo vio todo. Corrió. Nunca lo dijo. Esa chica era Elena Flores. Y el hombre al que vio matar en el oscuro era Luis Montero. Su esperanza se desmoronó en cenizas. Pero cuando Luis la mira, algo le detiene. No suplica. No se inmuta. Ella le mira como si fuera un hombre, no un monstruo. Ninguna mujer le ha mirado jamás así. Le tiemblan las manos. Nunca ha querido a nadie así. No sabe que ella es la testigo. Solo sabe que no puede dejarla ir.
더 보기Punto de vista de Elena
El primer puñetazo me rompió la nariz, y el segundo me hizo olvidar dónde estaba, pero el tercero no llegó porque el hombre de manos gruesas decidió que ya había terminado de sangrar en sus zapatos.
Me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás, y vi su Cara Por primera vez. Tenía los ojos pequeños y una gran cicatriz en la mejilla, y sonreía como si yo fuera una broma que ya había oído.
"El jefe quiere a este vivo", dijo a alguien detrás de él. "Deja de romperla."
No vi al otro hombre, pero le oí reír. "Sigue respirando. Eso ya es lo suficientemente vivo."
Tenía las manos atadas a la espalda con bridas de plástico, la cara mojada de sangre y la cabeza me dolía tanto que no sabía si estaba de pie, arrodillada o flotando. Creo que estaba en el suelo, y creo que llevaba un buen rato en el suelo.
Alguien me agarró del brazo y me levantó. Mis piernas no querían trabajar, pero me arrastraron igualmente y mis pies rasparon contra el suelo de hormigón de donde me hubieran llevado. No sabía dónde estaba, ni cuánto tiempo llevaba aquí, y no sabía si alguien me estaba buscando.
En realidad, nadie me estaba buscando. Ya lo sabía.
Me lanzaron contra la parte trasera de un camión, y el frío del suelo metálico me golpeó la mejilla. Oí cómo se atascaban las puertas, y luego cayó la oscuridad.
Mi nariz estaba seguía sangrando, podía saborear la sangre en la boca y la cabeza me daba vueltas como si hubiera estado bebiendo, pero no había bebido. Me habían dado algo con una aguja. ¡Sí! Recordé que había una aguja.
El camión empezó a moverse, pero no sabía a dónde íbamos y estaba demasiado cansado para preocuparme. Cerré los ojos y dejé que la oscuridad me envolviera.
No sé cuánto tiempo estuve dormido. Podrían haber sido horas, o quizá, días. El camión seguía en movimiento cuando abrí los ojos, y la cabeza seguía doliendo, la nariz había dejado de sangrar pero la cara estaba rígida por la sangre seca. Tenía la boca seca y el estómago vacío, porque hacía mucho que no comía.
El camión frenó, y escuché voces fuera de hombres gritando en español, y yo Me pegé a la pared metálica porque no sabía lo que estaba pasando y tenía demasiado miedo de averiguarlo.
Pero entonces escuché una palabra que me detuvo el corazón.
"Montero."
Conocía ese nombre. Todo el mundo en Valle Humano conocía ese nombre. Luis Montero fue el rey del Cartel Negro, y gobernaba desde un lugar llamado La Fortaleza, en el norte helado. Hombres quien se enfrentó a él no murió rápido. Morían despacio, gritaban y a veces nunca se les encontraba.
¿Por qué decían su nombre? ¿Por qué estaba aquí?
El camión se detuvo, las puertas se abrieron y el aire frío entró de golpe. Hacía tanto frío que atravesó mi camisa fina y me hizo castañetear los dientes, y supe que no estábamos en Valle Ya no soy humano. Valle Humano era cálido, incluso en invierno, pero ese aire estaba helado, y olía a nieve, metal y algo más que no sabía nombrar.
Unas manos me agarraron del brazo y me sacaron del camión. Intenté ponerme en pie, pero mis piernas no me sujetaban, y caí de rodillas sobre algo duro y frío que parecía Stone. Pero al intentar equilibrarme, me convencí de que había caído sobre piedra.
"El rey te verá pronto", dijo una voz. "Quédate quieto."
El rey.
Me estaban enviando al rey.
Los hombres en el camión habían dicho algo sobre una ofrenda de paz. Les había oído hablar cuando pensaban que yo estaba dormido. Dijeron que el Cartel del Sur me enviaba a El Cartel Negro para acabar con la guerra. No fui voluntario, ni me dieron la opción de estar dispuesto. Yo era solo una chica que iba caminando a casa del trabajo cuando una furgoneta se detuvo a su lado.
Pero quizá esto no era el final. Quizá podría sobrevivir a esto, y quizá escapar.
Me aferré a ese pensamiento como si fuera una cuerda y me estuviera ahogando.
La bolsa se me arrancó de la cabeza y la luz me golpeó los ojos como una bofetada. Parpadeé y entrecerré los ojos, y vi que estaba en un patio hecho de piedra negra. Las antorchas ardían a lo largo de las paredes, y la nieve caía del cielo en gruesos copos blancos que se derretían sobre mi piel y corrían por mi rostro como lágrimas.
Y a mi alrededor, docenas de ellos, quizá cientos, eran hombres y mujeres en ropa cara. Tenían ojos fríos y sonrisas afiladas, y me miraban como si fuera algo que hubieran encontrado en la suela de sus zapatos.
"La nueva prostituta del rey", dijo una mujer, y su voz era alegre y cruel, y la risa siguió.
Alguien me ha tirado un trozo de pan a la cara. Es rebotó en mi mejilla y cayó en la nieve. Alguien más escupió a mis pies. Un hombre me llamó humana, y siguieron más risas.
No levanté la vista. Mantuve la vista en el suelo, en la piedra negra con sus venas rojas, en la nieve que se derretía en cuanto tocaba el suelo. Aprendí hace tiempo que mirar hacia arriba era un reto, y desafiar a quienes tenían poder sobre ti solo hacía que golpearan más fuerte.
La multitud se abrió, como una ola rompiendo contra una roca, porque alguien caminaba hacia mí. Podía sentirlo antes de verlo. Su presencia era pesada, oscura y fría, como una tormenta que llega desde el mar.
No levanté la vista.
Sus botas se detuvieron delante de mí. Estaban hechos de cuero negro y brillaban a la luz de las antorchas.
"Mírame", dijo. Su voz era baja, áspera y fría, como la de un hombre al que nunca le habían dicho que no en toda su vida.
Levanté la cabeza, le miré y mi corazón se detuvo.
Era alto, con hombros que apenas cabían por las puertas y manos que se habían roto huesos más veces de las que podía contar. Su pelo era oscuro y despeinado, como si se lo hubiera pasado los dedos por las manos durante horas. Sus ojos eran negros, no marrón oscuro sino negros, vacío y frío.
Una fina cicatriz iba desde su ceja izquierda hasta la sien. Sus nudillos estaban marcados por cicatrices. Tenía la mandíbula afilada. Llevaba un traje negro que costaba más de lo que gané en un año, pero se movía como un soldado, no como un hombre de negocios.
Era hermoso como una hoja: hermoso, afilado, peligroso y listo para cortar.
Pero eso no era lo peor.
Lo peor era que le conocía.
Ya había visto su cara antes. Hace cinco años, cuando tenía diecisiete años, me escondí en una caja en un almacén abandonado en Valle Humano.
Vi a través de una grieta en la madera cómo un hombre con traje oscuro disparaba a otro hombre en la cabeza. Le vi ponerse de pie sobre el cuerpo y limpiarse la sangre de las manos con un pañuelo. Le vi alejarse como si no hubiera pasado nada.
Ese mismo hombre estaba delante de mí.
Luis Montero.
El rey, el asesino y el monstruo.
Me miraba con ojos negros y fríos, pero no sabía quién era yo. No sabía que le había visto matar, ni que me había estado escondiendo de él durante cinco años.
Pero le conocía, porque nunca podría olvidar el rostro del hombre que mató sin pestañear.
Y en ese momento me di cuenta de que iba a morir.
La esperanza que sentía en el camión se había ido. Es se desmoronó en cenizas en mi pecho en el momento en que vi su rostro. Porque con este hombre, no había escapatoria ni supervivencia.
Solo hubo este momento, de rodillas, en la nieve, mirando al hombre que hacía temblar a la gente solo con la mención de su nombre.
Le reconocí, y supe en ese momento que iba a morir.
Punto de vista de ElenaCuando le pregunté, tan ligeramente como pude, si había visto al rey, se quedó muy quieta, y así fue como lo supe."¿Por dos días?" pregunté."Tiene el consejo. Los comerciantes del río. El grano." Dejó la bandeja, con cuidado. "Duerme en su escritorio, dicen. Ricardo le lleva las comidas.""No envió una nota," señalé, y mi voz se adelgazó. Las palabras sonaron pequeñas en la habitación, y odié cómo sonaban."Está ocupado," repitió Leticia."Leticia." Crucé la habitación y atrapé su muñeca. "Mírame."No lo hizo. Mantuvo sus ojos en el plato de pan y pollo frío, y un músculo se movió en su mejilla. Miró el pan de la manera en que una mujer mira algo que ha decidido no comer."Mírame," supliqué."No puedo," susurró."¿Por qué no?" rogué."Porque lo verás." Su voz se quebró. Inhaló un largo aliento y jaló su muñeca gentilmente fuera de mi agarre, y levantó sus ojos a los míos por fin. Estaban rojos y brillantes y llenos de algo que había visto una vez antes, en la
Punto de vista de ElenaMe desperté con la luz del sol, y por los primeros segundos, fui feliz.Yacía sobre la colcha en una cálida barra amarilla, y la pequeña planta en el alféizar brillaba verde en ella, y el aire olía a humo de leña y frío. Mi cuerpo se sentía suelto y pesado, como si hubiera dormido durante una semana. Me estiré, y mi bota, que nunca me había quitado, golpeó contra el poste de la cama."Buenos días," le dije a la menta, y me reí de mí misma. La risa salió ligera y fácil, y se sintió extraña en mi pecho, como un músculo que no había usado en mucho tiempo. "¿Ves? No pasó nada."Las hojas brillaron en la luz."La nota está en la raíz. El Sur la encontrará." Lo conté con los dedos mientras me incorporaba. "Tomás tiene tres noches más. Diego se ha quedado callado. Luis fue gentil." Mi voz se suavizó. "Luis fue gentil, y me preguntó si necesitaba algo, y besó mi frente." El calor de ello todavía estaba allí, tenue, como una mano retirada pero no olvidada.'No lo sabe.
Punto de vista de ElenaLa planta me miró desde la ventana, pequeña y verde y terca. No parpadeó, y no apartó la mirada, y no me ofreció ningún consuelo en absoluto.'Tres noches. Después de eso, responderán por mí. Responderán con Tomás.'"Juré que no escribiría más papeles," le dije a la planta, y mi voz se quebró en la última palabra. Se lo había prometido a mí misma, y se lo había prometido a ella, y la promesa había durado tres días.La pequeña hoja tembló en la luz."No tengo otra opción," susurré.Llevé la nota a la chimenea y la alimenté a las brasas, viendo los bordes enrollarse y ennegrecerse. Entonces arrastré mi silla hacia la mesa, y tomé una hoja limpia del cajón, y me senté con la pluma en mi puño por un largo tiempo.Luis vino al anochecer.Golpeó una vez y esperó, como había aprendido a hacer, y le dije que entrara en una voz que esperaba que fuera firme. Estaba de pie en la puerta con su abrigo negro y nieve derritiéndose en sus hombros, y su cara estaba lisa y cansa
Punto de vista de ElenaLos tres días de Diego terminaron a medianoche, y no pasó nada.Las horas pasaron de la manera en que las horas pasan cuando estás esperando que se abra una puerta, lentas y luego de golpe, y entonces era de mañana y la puerta nunca se había abierto en absoluto.Estuve despierta la mayor parte de ello, en la cama que todavía olía a Luis, con mis ojos fijos en la puerta. Oí el cambio de guardia dos veces, y oí al chico guardia toser en las escaleras, y a una contraventana golpear en algún lugar del ala norte, y a mi propio corazón latir las horas.La casa crujía a mi alrededor, y ninguno de los crujidos pertenecía a un hombre subiendo una escalera.Cuando la ventana finalmente se volvió gris, nadie había venido."No golpeó," susurré a la planta, incorporándome y arrastrando la colcha alrededor de mis hombros. "No envió una nota. Ni siquiera pasó junto a la puerta." Esperé a que la menta respondiera, y la menta hizo lo que siempre hacía, que era nada."Eso es peo












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