Al cruzarse las miradas, a Martina se le quedó la mente en blanco un instante.Últimamente su enfermedad se había ido sabiendo en círculos cercanos; por eso, aunque verla a él la sorprendía, ya podía enfrentarlo en calma.Salvador no dijo nada, pero habían sido esposos: Martina intuyó que él lo sabía.—¿Ya te enteraste? —preguntó, directa.Con el abrigo entreabierto, el pijama del hospital se le veía sin disimulo. Y si él había llegado hasta ahí, no venía a escuchar excusas.Salvador apretó la boca, asintió y dio dos pasos hasta quedar muy cerca. La recorrió con la mirada fruncida.—Ja… —sonrió ella, llevándose los dedos a la cara—. ¿Qué tanto miras? No se nota nada por fuera. El tumor está en el cerebro; a simple vista me veo como cualquiera.Por ahora, al menos.No llevaba maquillaje; la piel, limpia, tenía luz. Gracias a los cuidados de Luciana, había recuperado un poco de mejillas. Visto así, nadie diría que estaba gravemente enferma.Salvador la siguió mirando, con un nudo en la g
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