La tormenta de arena desgarraba el horizonte como una herida abierta. El cielo, teñido de un rojo antinatural, parecía girar sobre sí mismo, y entre los relámpagos las sombras de Sanathiel y Noah se deformaban, alargadas, monstruosas, enfrentadas en el centro del cataclismo.El medallón lunar ardía en el pecho de Sanathiel. No era solo calor: era un pulso ajeno, insistente, como si otro corazón latiera dentro del suyo.—¿Crees que tu desobediencia quedará impune? —rugió, alzando la voz por encima del viento—. Cada ojo que viste hoy será una daga esperando tu espalda.Noah escupió arena y sangre. Su risa sonó rota, como un cascabel ahogado.—No me hables como a tu perro, Sanathiel de Ruanda —respondió con furia—. Si quieres jugar al amo, recuerda algo: hasta el collar más fuerte se oxida… y los perros rabiosos siempre muerden a sus dueños.Un relámpago partió el cielo y reveló la cicatriz en forma de tridente que cruzaba el esternón de Sanathiel, brillando al compás de su ira contenida.
Zuletzt aktualisiert : 2024-11-27 Mehr lesen