Las palabras de Ricardo, su negativa a tomar las riendas de la compañía, resonaban en Michael. No podía juzgarlo. Comprendía el peso de los fantasmas que habitaban esa ciudad. Pero la idea de ver destruido el patrimonio de su esposa, el legado que ella había amado, era inaceptable. En el auto de regreso a la mansión, Michael observó la ciudad desfilar tras la ventana, cuando se dirige hacia su asistente. —Manda hombres a vigilar a Ricardo —dijo, sin apartar la vista del paisaje urbano, su voz clara y sin inflexión—. Y a Matías. Supervisión discreta. Nada puede pasarles. —Entendido, señor —asintió su asistente, tomando nota en su tablet. Minutos después, el auto se detuvo frente a la imponente fachada de la mansión Drucker. Michael bajó con su porte habitual, una serenidad impenetrable. Dentro, el comedor estaba lleno de vida. Risas y el tintineo de cubiertos. Carmen, Noel, Sofía y la pequeña Liseth, en su sillita alta, compartían una cena tardía. —Hola, familia —anunció Michael,
آخر تحديث : 2026-02-10 اقرأ المزيد