Al ver la expresión de extrema sinceridad de Jimena, fruncí el ceño, casi riendo de la exasperación.Esta mujer de verdad no reaccionaba hasta verse contra las cuerdas, era pura labia y astucia.—¿Ah, sí?—Entonces, ¿debería llamarte Lía, o Jimena?Al escuchar esto, la expresión sincera y lastimera de Jimena se congeló al instante. Con voz vacilante, dijo: —Tú... ¿cómo sabes mi nombre real?—¿Y si no? ¿Sigues diciendo que no me engañaste?—E... eso también fue un accidente. Solo era para protegerme. ¿Podrías desatarme primero? ¡De verdad me duele, te lo juro!Jimena retorció ligeramente su cuerpo, mostrando la piel enrojecida por las cuerdas.—¿De verdad te duele?—¡De verdad! ¡Mira hasta he llorado! Guapo, por favor, desátame.Tras varias frases, al ver que Marcos seguía sin inmutarse, Jimena apretó los dientes y recurrió a su arma definitiva: la coquetería.La mayoría de los hombres no podían resistirse a eso, especialmente los buenos hombres de corazón blando.Ella, en su interior,
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