Una vez de vuelta en el piso 30, respiré hondo y dejé que mi sonrisa más despreocupada volviera a florecer.Al llegar, vi la puerta abierta.Claro, desde que me fui, esa puerta nunca se cerró con llave.Ellos siempre estuvieron esperando mi regreso.En la sala, la familia, jóvenes y viejos, me esperaba con sonrisas. Habían preparado una mesa llena de comida y mi mate favorito.Todos me tomaron de la mano y nos sentamos juntos en un ambiente alegre.—Tus dos amigos subieron. Ya les dimos sus tarjetas de visita.—Ahora, en este último día, seamos una familia de verdad.El día fue feliz, pero pasó demasiado rápido.Tras la cena, Graciela alzó la mano al cielo. Al instante, una lluvia de estrellas fugaces hendió la noche para perderse, brillantes, en el fondo de mis pupilas.Me quedé sin palabras por la sorpresa, sin notar que la atención del conde no estaba en las estrellas, sino clavada completamente en mí, sin pestañear siquiera.De repente, se acercó y dejó un beso en mi frente.Su ros
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