Vanessa regresó al lado de la cama, tomó de nuevo la mano de Roberto y la acarició contra su mejilla, con los ojos enrojecidos.—Abuelo, despierta, por favor... Tengo mucho miedo. Te lo suplico, despierta. Lo que quieras que estudie, lo estudio. Con tal de que abras los ojos, voy a hacerte caso en todo, ¿sí? Abuelo, en serio me equivoqué. No debí dejarme llevar por mi terquedad, no debí tener ojos solo para el amor, y mucho menos vivir tan degradada por ese supuesto amor.Las lágrimas surcaban su cara mientras un arrepentimiento voraz comenzaba a consumirla por dentro.—Abuelo, perdóname, te hice daño, todo es mi culpa.Vanessa apretó la mano de Roberto contra su frente, sollozando sin poder contenerse. El corazón se le retorcía y no lograba dejar de llorar. La luz caía sobre ella y la envolvía en una tristeza densa.Cuando terminó de desahogarse, ya era muy tarde. Solo entonces Vanessa bajó las escaleras para irse.Al salir del edificio del hospital, vio a un hombre alto y corpulento
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