Cuando Vanessa entró, vio a Ricardo de pie junto a la cama, dándole un reporte de trabajo. Escuchó a Rafael, con voz aterciopelada:—Bien, hazlo así. Resuélvelo cuanto antes.Ricardo asintió.—Entendido, señor.Luego se hizo a un lado, saludó a Vanessa con respeto y, una vez hecho eso, salió. Rafael no le quitaba la mirada de encima; sonreía apenas, con un brillo ardiente, casi inquisitivo, en sus ojos oscuros.—Llegas tarde. Ya pensaba que te habías olvidado de mí.La ventana estaba abierta y dejaba entrar la brisa de la noche. El frescor que se colaba poco a poco le daba algo de frío a Vanessa; en cambio, la forma en que Rafael la miraba parecía quemar como el fuego.—Tengo cosas que hacer. No me la paso ociosa todo el día sin nada que hacer, cuidándote a toda hora.Vanessa bajó la mirada y dijo esa frase que tantas veces había escrito para el patán de turno en sus guiones.Y, en efecto, funcionó. Rafael se entristeció un poco.—Entonces, parece que me convertí en una carga para ti.
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