La ventisca rugía con el eco de un millar de almas en pena, pero en el claro del desfiladero, el tiempo pareció congelarse. El cuerpo de Lysander, envuelto en esa negrura espesa que devoraba la poca luz del amanecer, se cernía sobre nosotros como la sombra de la muerte misma. Las marcas violáceas de su rostro palpitaban al ritmo de unos latidos que ya no eran humanos. Su mano alzada, convertida en una garra de humo denso, apuntaba directamente a mi pecho. El Rey de las Sombras reclamaba la pureza de mi sangre mortal para terminar de quebrar su prisión de carne. Pero entre el monstruo y yo, se interponía un niño de cinco años. Félix mantenía el brazo extendido, con los dedos manchados por la ceniza del espectro que acabábamos de destruir. El destello dorado que había brotado de sus pupilas en el carruaje no se había apagado; al contrario, se intensificaba, reflejándose en la nieve congelada como un pequeño sol en mitad de la tormenta del Páramo. —¡Déjalo ir, monstruo, él es mi papá!
Last Updated : 2026-09-17 Read more