Bajamos del camión y la llevé directo a la escuela. Encontramos la oficina de admisiones para nuevos alumnos. Mientras la veía llenar los datos, me enteré de que se llamaba Ivanna Zúñiga. El nombre le quedaba perfecto: dulce, linda, y con ese toque travieso que se notaba de lejos. Una vez que terminó el papeleo, la acompañé hasta el dormitorio de chicas. Por el camino le pregunté: —¿Y cómo es que viniste sola? ¿Dónde está tu familia? Ivanna respondió con voz tranquila: —Mis papás trabajan lejos, desde chica me crio mi abuelo. Ya está grande y no puede viajar tanto, así que vine sola a estudiar. Todo encajaba con lo que había imaginado. Una chica así, sin supervisión de verdad en casa, no entiende mucho de ciertas cosas entre hombre y mujer. Ese día le había dado su debut y, la verdad, me había salido perfecto. Le tomé suavemente la mano y le dije: —Ivanna, como tu papá está trabajando lejos y no puede venir a verte, de ahora en adelante yo voy a ser tu papi. A
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