El primer sonido que Eliot reconoció al despertar fue el zumbido leve del monitor cardíaco. La luz del atardecer entraba oblicua por la ventana, teñida de dorado, y todo parecía suspendido en una calma irreal. Parpadeó una vez.El aire no olía a hospital. Olía a Seiya —a sándalo y sake dulce—, mezclado con algo nuevo, más suave, más dulce: un rastro de vainilla y chocolate amargo que no supo reconocer. Ese contraste lo hizo despertar del todo. Giró la cabeza hacia la cama y el corazón se le detuvo. Había dos.Uno —su Seiya— estaba recostado sobre las sábanas, con el cabello largo cayéndole sobre los hombros y los ojos entrecerrados por el cansancio, pero despierto. Frente a él, sentado con la espalda recta y las piernas cruzadas, había otro hombre.Por un instante Eliot pensó que deliraba: era el mismo rostro, la misma estructura, pero con el cabello corto, la piel un poco más clara y un aire juvenil que lo devolvió, sin aviso, siete años atrás, a la sala de juntas donde lo había vist
Última actualización : 2026-02-28 Leer más