El invierno apenas comenzaba. Ya no era la tibieza dorada del otoño, sino un frío nuevo, paciente, que se colaba por los ventanales y dejaba al aire un aroma limpio, casi metálico. En los diez días desde que Seiya volvió del hospital, la casa se había llenado de rutinas suaves: los dibujos coloridos de Kaori, las lecturas cada vez más fluidas de Seiren, las revisiones discretas de Shun al final de cada jornada, los desayunos largos y las tardes de té que Eliot insistía en preparar él mismo.Todo parecía en orden, como si la calma hubiera vuelto para quedarse. Y, sin embargo, había algo distinto, esa serenidad no era suya. Era una quietud que no le pertenecía, tejida con los cuidados de Eliot, con sus atenciones y sus límites. Cada gesto cariñoso pesaba como una promesa; cada palabra amable, como un candado invisible.
Última actualización : 2026-03-03 Leer más