Ricardo Vidal tenía la clase de presencia que llenaba una habitación sin elevar la voz. Setenta y ocho años de historia familiar de dinero se veían en la forma en que se sentaba, en cómo sostenía una taza de café, en la suavidad con que decía cosas que eran amenazas disfrazadas de conversación cortés.Parado en el umbral del apartamento 3B, con su traje gris de Ermenegildo Zegna y zapatos Oxford hechos a medida en Londres, miró a Sofía Martínez con la expresión de alguien reencontrándose con una vieja conocida. La taza de té que ella sostenía cayó al suelo. Se rompió en pedazos sobre las baldosas. Nadie se movió a recogerla.—Buenos días, Sofía —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Cuánto tiempo.Ella no respondió. Su rostro había perdido todo color, y sus mano
Zuletzt aktualisiert : 2026-03-13 Mehr lesen