—La salud de Renata es más importante, no te echo la culpa.Él apretó los labios, sus manos colgaban a los lados, como si estuvieran de más, moviéndose de un lado a otro con incomodidad.—¿Tienes hambre? He reservado en tu restaurante francés favorito, ¿vamos a salir a comer?—Olvídalo,— respondí negando con la cabeza, —estoy muy cansada. Además, no me gusta la comida francesa. Soy una persona común, no puedo comer cosas crudas, me da alergia.Realmente me daba pereza lidiar con su simpatía momentánea. A la que le gusta la comida francesa no es a mí, es a Renata, la que disfruta de andar viajando y llevar una vida de pequeños lujos, también es a ella.En sus ojos, y en los de sus amigos, siempre fui una persona común y vulgar, que no está a la altura; alguien de bajo perfil, que se aprovecha de Javier para trepar como un parásito. Y aunque Javier nunca lo dijo directamente, las cosas que sus amigos dijeron de mí, él nunca las refutó.—Lo que pasa es que estoy muy ocupado y no h
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