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Capítulo 4

Autor: Valeria Montes
Renata miró a Camila, que rechinaba los dientes con tanta furia, que parecía estar a punto de romperlos. Disimuladamente le rozó la mano y negó con la cabeza, indicándole que se calmara y no dijera nada. Luego volvió a mirarme.

—No te ilusiones creyendo que, con el respaldo de la señora Montenegro, ya tienes asegurado tu puesto como señora de la familia Montenegro.

¿Asegurado?

Yo nunca había pensado quedarme más tiempo en esta familia. Pero decirle eso no tenía ningún sentido. Pensé que simplemente entraría a saludar a su madre, la señora Elena Montenegro y, luego me marcharía.

Lo que no esperaba era ver a Javier acercarse de frente, sosteniendo del brazo a su mamá.

—¿Por qué has vuelto?

Justo iba a contarle lo ocurrido a Javier para que dejara de buscarme problemas, cuando noté que la sonrisa en sus ojos no parecía fingida. Me quedé atónita.

Camila se levantó, bajó la cabeza y dejó caer la mirada, mostrando una expresión frágil y lastimera.

—Lucía dijo que soy una extraña y que no debería venir a la vieja casa familiar… que me fuera…

—¿Lucía? —La ternura en los ojos de Javier desapareció al instante, reemplazada por una mirada de advertencia y reproche dirigida hacia mí.

—Ya he sido bastante tolerante contigo. Camila vino con buenas intenciones; después de tantos años sin regresar, quiso venir a visitar a la familia, especialmente a mis padres y a mis abuelos. Y tú, llegas tan tarde y, ¿todavía te atreves a echarla?

Javier contuvo el enojo. Miró a su madre, que parecía algo disgustada, pero aun así le dijo:

—Mamá, ya lo has visto con tus propios ojos. Lucía carece totalmente de modales, no me puedes culpar. Sinceramente me arrepiento de haberme casado con ella.

Renata levantó la mano para cubrirse los labios, pero en sus ojos dirigidos hacia mí no pudo ocultar su sentimiento de satisfacción. En cambio, su hermana, con las piernas cruzadas, me observaba con arrogancia, como si no pudiera esperar a verme humillada.

Pero entonces me di cuenta de algo, me sentía muy tranquila al escuchar los desprecios de Javier… ya no sentía absolutamente nada.

Cuando Renata acababa de regresar al país, la señora Montenegro ya había intentado persuadirlo, diciéndole que su matrimonio conmigo era estable; no debía perjudicarme ni traicionar mi amor por alguien que ya lo había traicionado una vez. Pero en ese entonces él le respondió:

—Ni siquiera soporto mirarla un segundo más. Cada día se esfuerza por aparentar ser una dama refinada, sin darse cuenta de que se le notan las fallas por todos lados, como alguien que intenta imitar sin entender. Mis amigos se burlan de ella y ni siquiera se da cuenta. Incluso lleva vestidos de alta costura, totalmente fuera de lugar. En ella no veo ni un poco de la dulzura ni la elegancia que debería tener una mujer.

Pero ese vestido… lo había escogido él para mí. Dijo que me veía hermosa. Las normas sociales que aprendí también me las enseñó él.

Una vez dijo que lo que más amaba era mi manera libre y extraordinaria de ser. Pero después, todo eso pasó a convertirse en vulgaridad de baja categoría. Y temiendo que otros lo menospreciaran por mi culpa, dejé de salir, dejé de acompañarlo a eventos sociales.

Y entonces en sus ojos, me convertí en una esposa incompetente, incapaz de aliviar las preocupaciones de su marido, alguien que solo disfrutaba de la comodidad en casa.

Me inscribí en cursos para aprender sobre la alta sociedad, pero cuando eso llegó a oídos de ellos… se convirtió en un intento ridículo de aparentar refinamiento. Sin importar lo que hiciera, siempre estaba mal.

—¿Por qué no dices nada? Mírate, han pasado ocho años y aún no me has podido dar un hijo. ¡Si mamá no me hubiera detenido, ya me habría divorciado de ti!

Sí… ocho años, y nunca tuvimos un hijo.

No es que nunca hubiéramos tenido intimidad, solo es que esos momentos ya habían quedado muy atrás en el pasado. Y luego, poco a poco, su corazón dejó de estar conmigo y dejó también de compartir la cama conmigo.

Pero incluso cuando aún estaba a mi lado, nunca pensó en tener un hijo conmigo. Sabía cuánto deseaba tener uno, y aun así nunca logré quedar embarazada. Eso siempre ha sido una espina clavada en mi corazón.

Siempre sabía cómo aprovecharse de mi punto débil y luego me provocaba hasta lograr obligarme, en todo tipo de ocasiones, a discutir con él sin cuidar las apariencias. Así todos podían comprobar que lo que él decía tenía razón. Que yo no era más que una mujer vulgar y desequilibrada.

Pero hoy, al escuchar esas palabras, sentí algo parecido a la liberación.

—Está bien. Entonces divorciémonos ahora mismo.

Levanté la cabeza y miré a Javier directamente a los ojos. Y en ellos vi claramente… sorpresa y pánico.
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