Mateo se dio cuenta de que esta vez yo iba en serio y enseguida activó el modo disculpa. De verdad no había forma de lidiar con él, así que lo agarré del cuello de la camisa y lo jalé hasta dejarlo frente a mí.—Pedir perdón no sirve. Habla. ¿Qué otros secretitos me has estado escondiendo?Él se sonrojó y dijo entre titubeos:—Sí… la ropa interior que desapareció… fui yo quien la tomó… Hice algunas cosas no muy decorosas. Perdón.—…¿qué más?—Lo de que tu hermana decidiera de repente irse del país a perseguir su sueño artístico y a su verdadero amor… también fue cosa mía.Solté una exclamación:—¿Qué?Todavía recuerdo que, antes de irse, mi dulce hermana lloró desconsoladamente y decía que tenía que ir tras el amor de su vida, y de esa manera vivir sin arrepentimientos. En ese momento yo hasta me quedé desconcertada, ella que normalmente ni salía de casa, ¿de dónde había sacado de pronto ese espíritu bohemio?Mateo explicó:—Yo solo le di un empujón para que cumpliera su sue
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