[Punto de vista de Cedric]La campana fúnebre de la capilla del castillo resonó; su sonido era pesado y distante, como si estuviera despidiendo a un alma moribunda.Me encontraba frente al altar de sangre como una perfecta estatua de obsidiana, esperando a mi novia. Pero sabía que mi alma no estaba aquí. Había sido hecha trizas la noche anterior, por aquel impulso demente, por el anhelo interminable de una mujer que se había ido.Las grandes puertas de hierro se abrieron con un chirrido.Elsie, con su invaluable vestido de voto, caminó hacia mí, paso a paso, entre los jadeos de asombro y envidia de la multitud.Todos los invitados elogiaban su belleza. Yo no sentía nada.Mi mirada pasó de ella, recorriendo en su lugar los bancos de los invitados.Ese rincón, el lugar que siempre pertenecía al guardián, estaba vacío. Y ese asiento vacío fue como un agujero negro. En un instante, devoró toda mi razón, toda mi fachada.Elsie llegó hasta mí, tomando mi brazo.—Amor mío, tus manos
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