Apenas las palabras salieron de su boca, María se arrepintió.Pero antes de que pudiera retractarse, Alex se adelantó y le quitó el pagaré de las manos.—¡Qué excelente idea, señorita María! Se lo encargamos.—No es ninguna molestia.María rodeó el sofá con soltura y le indicó el respaldo al hombre.—Señor Héctor, recuéstese un poco, por favor.Héctor se reclinó despacio. Su rostro de frente ya resultaba imponente, pero ahora, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y el brazo descansando sobre el apoyabrazos, adoptaba una postura perezosa que dejaba al descubierto cada línea marcada de su torso.Las mejillas de María se encendieron al instante. Apenada, no hallaba hacia dónde dirigir la mirada.Héctor levantó la vista y la observó fijamente.—¿Tienes calor?—No, para nada. Empiezo ya mismo.María respiró hondo y concentró toda su atención en la cabeza de Héctor. Sin embargo, al deslizar los dedos entre su cabello, el rostro le ardió aún más. Tenía el pelo extrañamente suave.
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