A la mañana siguiente, mi esposo, Don Romano Caliendo, volvió a casa temprano.Traía una bolsa de papel en la mano y abrió la puerta del dormitorio con esa sonrisa culpable que siempre ponía cuando quería calmarme.—Amor, te preparé una crema de champiñones yo mismo. Pruébala.Pero encima de él seguía impregnado el perfume de Teresa Fiorino, su amiga de la infancia. Bastó una sola respiración para que se me cerrara la garganta.—Déjala ahí.Romano ni siquiera notó que algo andaba mal. Se acercó un poco más y me puso el plato enfrente.—Tómala mientras sigue caliente. La dejé cocinándose a fuego lento casi dos horas.El aroma dejaba claro que sí, la había hecho él.Tres meses atrás, yo habría sonreído, me habría puesto de puntitas y lo habría besado.Ahora mi esposo estaba frente a mí, esperando reconocimiento mientras olía a otra mujer.—No tengo hambre —dije, apartando la cara.La mano de Romano quedó suspendida en el aire. Su expresión se endureció de inmediato.—Ya basta, Selene Gra
Read more