En Lagoazul, en ese momento, era plena noche.Aquel país insular brillaba con luces deslumbrantes, desbordante de lujo.En la suite del último piso de un hotel frente al mar, Javier estaba recargado en el sillón, con sus rasgos fríos recortados entre luces y sombras.Un traje hecho a la medida, color gris platino, envolvía su cuerpo. Distinguido y distante, parecía un hermoso dios de la muerte, capaz de segar vidas en cualquier momento.Con la mirada baja, observaba la pantalla de la computadora. En ella se reproducía una grabación de vigilancia enviada desde miles de kilómetros de distancia.En el reservado oscuro de un club, alguien, al borde del colapso mental, se arrastraba de rodillas por el suelo.De su garganta solo salían resuellos dolorosos. Había perdido el control de la vejiga por el miedo.Aquellos videos habían sido enviados desde Monteluz.El asistente encargado de los asuntos privados de Javier sostenía un celular y, dentro del reservado, iba comparando uno por uno lo
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