Apenas llegamos al destino y dejamos las maletas, salí de la habitación y me encontré con mi esposa, Carla, y Bianca, juntas y conversando muy sonrientes.Al verme salir, a las dos se les cambió la cara y se apartaron enseguida.—Amor, ¿de qué hablabas tanto con la guía? Las vi muy contentas.—Nada, vino a avisarnos que ya era hora de comer. Solo estábamos charlando.Lo que no imaginé fue que la comida también me traería una sorpresa.Al agacharme a recoger los cubiertos, vi debajo de la mesa unas piernas delgadas y blancas, y un pie grande y moreno que no dejaba de frotarlas.Frente a mí estaba Bianca, y recordé vagamente que junto a ella se había sentado un señor que viajaba solo.De pronto, el hombre bajó una mano, la posó sobre el muslo de Bianca y empezó a deslizarla despacio bajo la ropa.—Amor, ¿no encuentras los cubiertos? —me preguntó mi esposa, extrañada, mientras me daba una palmadita en el hombro.Del otro lado, los movimientos se detuvieron. Agarré los cubiertos, me endere
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