Pero mientras más aguantaba la presión, más contento me sentía. Esta vez, al volver a casa, seguro iba a poder satisfacer a Karla y dejar de hacerla sentir como una viuda en vida. Después de aguantar a duras penas hasta llegar a casa, abrí la puerta entusiasmado.Apenas me vio, Karla se lanzó hacia mí, contentísima. Me besó y dijo:—Andrés, ¿cómo te fue esta vez en la terapia?Me di un golpe en el pecho, seguro de mí, y le prometí:—Esta vez no hay problema; ahora sí vengo bien poderoso.—¡Qué bueno!Karla estaba tan feliz que casi saltaba de alegría. Me echó los brazos al cuello y me besó por todos lados.—Ven, vamos al cuarto.La tomé del brazo y volvimos a la habitación. Empezamos a calentarnos un rato. Al principio todavía me sentía potente, pero, conforme pasaba el tiempo, iba perdiendo sensibilidad. Volví a quedar igual, blando, sin que se me parara. Karla lo notó y suspiró con fastidio.—Ay, ¿otra vez estás así? ¿Te estás acostando con otra?Me apresuré a explicarle:—Para nada.
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