Lorenzo BianchiLas puertas del ascensor se abrieron en cuanto sonó el pitido, y di un paso firme para salir, atento al nerviosismo del muchacho a mi lado.—Acompáñame, chico. Quiero hablar contigo en mi oficina —ordené en un tono calmado, pero dotado de una autoridad incuestionable.En ese mismo instante, vi cómo el color desaparecía por completo de su rostro, mientras sus ojos se abrían de par en par, dominados por un puro pavor.Caminé con pasos largos y firmes por el pasillo, escuchando los pasos cortos y vacilantes del joven intentando seguir mi ritmo.Los empleados del piso interrumpieron lo que hacían para observar nuestro paso, cuchicheando curiosos sobre el destino de su compañero.La escena habría sido cómica si no fuera tan seria: el chico parecía un condenado a muerte escoltado por su propio ejecutor hacia la horca.Pasé por la recepción con postura erguida y abrí la puerta de mi despacho, manteniéndola abierta para que Luís Eduardo entrara primero.En cuanto cruzó el umbr
Última actualización : 2026-07-27 Leer más