FAZER LOGINEn una noche de máscaras, secretos y lujo, Diana Cross decide hacer algo que jamás imaginó: aceptar una invitación que no era suya y cruzar las puertas de un exclusivo baile de la alta sociedad de Florencia. Herida por un pasado que aún sangra, solo buscaba una noche para sentirse viva otra vez. Lo que Diana no esperaba era cruzarse con un hombre enigmático, envolvente y peligroso, capaz de despertar en ella deseos y temores con la misma intensidad. Lorenzo Bianchi es el poderoso CEO de Valmont & Co., un hombre acostumbrado a controlarlo todo a su alrededor: los negocios, a las personas y su propio destino. Presionado por su familia, rodeado de intrigas y al borde de un matrimonio arreglado, ve cómo su vida da un vuelco de ciento ochenta grados tras un encuentro arrebatador con una desconocida que desaparece antes de que él pueda descubrir su identidad. Cuando el destino pone a Diana y a Lorenzo frente a frente en el entorno corporativo, el choque es inevitable. Entre secretos, orgullo, tensión y una atracción imposible de ignorar, ambos se verán atrapados en un juego peligroso donde cada elección puede costar mucho más que el corazón. Lady Dy: La dama misteriosa es un romance intenso sobre segundas oportunidades, poder, deseo e identidad. Entre el glamur de Florencia y los bastidores de una gran corporación, Diana y Lorenzo tendrán que enfrentar sus propios fantasmas para descubrir si lo que vivieron fue solo una noche prohibida... o el inicio de una pasión capaz de cambiarlo todo.
Ver maisDiana Cross
El salón todavía no estaba tan lleno.
Había personas disfrazadas por todas partes y yo estaba temblando.
Sabía que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida, algo que podría costarme el empleo.
Pero necesitaba hacerlo. Por mí.
Necesitaba algo que me permitiera, algún día, decirme a mí misma que viví una locura.
Y, quién sabe si antes de que terminara la noche, algo intenso.
Mi disfraz era de viuda negra, al estilo del siglo XIX.
El vestido era de seda negra, con un corsé bien ajustado y un escote amplio que dejaba mis hombros al descubierto.
La falda era acampanada, con una cola corta, cubierta por una capa de tul oscuro y encajes finos.
Llevaba guantes largos de satén y un velo de encaje sujeto a una pequeña máscara.
Las joyas de ónice eran discretas: un camafeo en la garganta y unos pendientes pequeños que brillaban cada vez que giraba el rostro.
Por supuesto, eran de fantasía.
Una auxiliar de la asistente de un ejecutivo de Valmont & Co. jamás podría usar piezas originales.
Alquilé este disfraz para que combinara con mi situación emocional.
Acababa de quedarme viuda de un marido vivo.
—¿Champaña, señorita? —me ofreció un camarero.
Decidí tomar una copa. Una sola no me haría daño.
—Gracias...
Sostuve la copa y comencé a caminar por el amplio salón.
Sentía que mi cuerpo temblaba de puro nerviosismo. ¿Qué demonios estaba haciendo allí?
¿De qué iba a hablar con esa gente? Todos pertenecían a la alta sociedad.
Y yo era solo una empleada de bajo rango.
—Pareces un poco perdida. ¿Estás esperando o buscando a alguien?
¿Qué. Clase. De. Voz. Era. Aquella?
Era una figura alta, de porte imponente y con un perfume magnético que inundaba el aire.
Iba disfrazado con un dominó veneciano.
Por encima de su impecable ropa oscura, llevaba una capa larga de seda negra.
El corte sencillo ocultaba el resto de su atuendo; unos guantes negros y un pañuelo al cuello completaban su discreto aspecto.
Sin embargo, la máscara era imposible de ignorar.
Un dominó negro, liso y perfectamente ajustado a su rostro, con un acabado brillante en los bordes.
Las cintas de satén solo dejaban al descubierto sus ojos: fríos y atentos.
Me sobresalté por unos segundos y, para disimular los nervios, le di un sorbo a mi bebida.
—No, señor... Quiero decir... —Inhalé profundamente para contener el temblor en mi voz.
—No estoy perdida y... no espero a nadie.
—Entonces estás sola. ¿Qué hace una mujer tan deslumbrante sola en una fiesta como esta?
—¿Trabajas para Valmont & Co.?
—Sí... —Bebí otro trago de champaña.
No podía decirle qué hacía exactamente en la empresa; me echarían a patadas si descubrían que me había colado.
Él me observó durante unos segundos. Creo que notó mi nerviosismo.
¡Maldición! Me va a descubrir.
—¿La dama solitaria que no espera a nadie me concedería un baile?
Me tomó de la mano y agradecí internamente llevar guantes.
De lo contrario, habría notado lo frías y sudorosas que tenía las manos.
—Sí... —Parecía una idiota, respondiendo solo con monosílabos.
Me di cuenta de que mi secreto quedaría expuesto si empezaba a hablar demasiado.
Pensé que entraría allí y saldría sin ser notada entre tantas personas.
Solo quería cometer una locura. Sentirme viva de nuevo.
Él me guio hasta el salón donde sonaba un vals lento.
De esos que parecen hechos a medida para detener el tiempo.
Las parejas giraban con cuidado, muy cerca unas de otras, mientras el brillo de los candelabros se reflejaba en la seda y el terciopelo.
Cuando me tomó por la cintura, fue como si una descarga eléctrica recorriera mi cuerpo.
Su mano enguantada, firme sobre mi espalda, me condujo sin prisa.
Tuve que levantar el mentón para seguir el ritmo.
No quería mostrar, bajo ningún concepto, cuánto me desarmaba aquel simple toque.
Giramos. Mi pesada falda rozó sus piernas.
En cada vuelta, su perfume amadeirado se mezclaba con el mío, adueñándose del espacio entre nosotros.
—Parece que quieres huir —murmuró, demasiado cerca para que fuera solo cortesía.
—Tal vez sí quiera huir... Pero no de aquí.
Respondí intentando sonar ligera, aunque mi voz salió en un susurro bajo.
Sus ojos, tras el dominó, no se desviaron ni un segundo.
Me di cuenta de que allí, entre un paso y otro, la distancia que nos quedaba era casi nula.
Ya había bebido lo suficiente para sentirme liviana y quería vivir aquello.
Jamás imaginé que sería notada en esa fiesta, mucho menos por un hombre como él.
—Salgamos de aquí.
Me tomó de la mano y comenzó a guiarme entre la multitud.
Pasamos junto a invitados que bailaban o simplemente hacían alarde de sus elegantes trajes y joyas.
—¿A dónde me lleva, señor...?
—A donde podamos estar solos.
Me condujo hacia una escalera que daba acceso a una especie de subsolo sofisticado.
El lugar tenía varias puertas y estaba iluminado por luces rojas.
Eligió una de las puertas, la abrió y me hizo entrar.
El ambiente estaba en completa oscuridad.
Antes de que pudiera comprender dónde estábamos, me presionó contra la puerta cerrada.
Susurró, muy cerca de mi oído:
—Te necesito.
Comenzó a quitarme la máscara. Intenté evitarlo, pero él continuó:
—No tengas miedo. No voy a hacerte ningún daño; nada que tú no quieras.
Me di cuenta de que él también se quitó la suya.
La oscuridad no me permitia distinguir sus facciones.
Pero su perfume y la urgencia que demostraba me robaron la capacidad de pensar.
Las copas de champaña también estaban haciendo su efecto. ¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo?
—Tu perfume me está volviendo loco...
Aspiró el aroma de mi cuello y mis hombros, pasando la punta de la lengua por mi piel.
—¿Cuánto has bebido?
—No quiero hacer nada de lo que no seas consciente o que no desees tanto como yo.
—No... no estoy borracha —logré articular.
Fue lo último que dije antes de que reclamara mi boca con una urgencia demoledora.
Era un beso ardiente, de una intensidad que ni yo misma sabía que era capaz de sentir.
Nuestras lenguas se entrelazaban como si una quisiera consumir a la otra.
Sus labios, suaves, eran una delicia que saborear.
—¿Quién eres? ¿De dónde saliste? —preguntó entre besos.
Intentaba bajar la cremallera de mi corsé y besarme al mismo tiempo.
—¿A cuántos maridos has matado ya con ese perfume y esa piel tan cálida, suave y aromática?
—A ninguno... hasta ahora.
Logró abrir el cierre y bajó el corsé, dejando mi pecho al descubierto.
Comenzó a devorar mis pezones con un hambre voraz.
Sentí que mi cuerpo se encendía como nunca antes en la vida.
Mi intimidad latía, húmeda. Muy húmeda.
Sentí el calor de esa humedad descender por mis piernas.
Mientras seguía succionando mis pechos, deslizó el resto del vestido hacia abajo.
Yo apenas sabía cómo reaccionar ante tanta intensidad.
Se alejó un poco y me di cuenta de que se despojaba de algunas de sus prendas.
Se mantenía pegado a mí, como si tuviera miedo de que saliera huyendo.
Cuando pegó su cuerpo al mío nuevamente, sentí el calor de su piel.
Noté que estaba completamente sin camisa. Piel contra piel.
Nuestras bocas se unieron otra vez en un beso profundo, pecaminoso.
Si era capaz de besar así, no quería imaginar lo que haría en la cama.
—Necesito saber a qué sabes —dijo, arrodillándose frente a mí.
—¿Qué? —Dios mío, ¿va a hacer lo que estoy pensando?
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a devorarte, mi misteriosa viuda.
De rodillas, sentí cómo aspiraba el aroma de mi intimidad, subiendo por mi entrepierna.
Me tocó con los dedos y dejé de ser dueña de mí misma.
—Mira cómo estás... Completamente empapada. Muy mojada.
Fue ahí donde me perdí por completo.
Me bajó las bragas y colocó mi pierna derecha sobre su hombro ancho.
Entonces, se entregó a mí por completo con su boca.
Hambriento, succionó mi clítoris como si probara una fruta jugosa.
Lamió el intenso flujo que brotaba de mi excitación.
Escuché sus gemidos contenidos de placer mezclarse con los míos.
And los míos ya no tenían nada de contenidos.
Era demasiado placer. Jamás había sentido algo así en mi vida.
Nunca me habían devorado de esa manera.
—Quiero que te corras en mi boca —ordenó.
El sonido húmedo de su boca chocando contra mi intimidad era extremadamente excitante.
No pude contenerme más.
—Me voy a correr... Ah...
Entonces llegó la explosión de un placer jamás experimentado.
Todo mi cuerpo tembló y me aferré con fuerza a su cabello.
Él seguía succionando mi clítoris sin ninguna misericordia.
—Ahora quiero sentirte dentro.
Se puso de pie y volvió a besarme con sed.
Era indescriptible sentir mi propio sabor en su boca.
Sentí su miembro duro rozar mi vientre y me sobresalté; me di cuenta de lo grande que era.
Me levantó por las caderas, apoyando mi cuerpo contra la pared.
Sentí el momento exacto en que se encajó y se preparó para penetrarme.
Yo estaba aferrada a esos hombros anchos y maravillosos.
—Condón... —recordé, intentando recuperar un mínimo de sensatez.
—Ya me lo puse, no te preocupes.
Entonces, me penetró. Fue lento al principio, llenándome por completo.
Pero, al escucharme gemir ante la invasión, no pudo contenerse.
Con un rugido casi animal, inició una serie de embestidas fuertes e intensas.
—¡Joder, qué mujer tan deliciosa! —jadeó contra mi cuello.
Me embestía a un ritmo tortuoso, alternando entre foder rápido y descender profundo.
—Quiero que te corras otra vez, mujer.
—Tus gemidos me vuelven loco... ¡Córrete!
Ordenó y yo obedecí, perdiendo el control de mi propio cuerpo.
Me lancé de cabeza a ese precipicio de sensaciones.
—Puta madre... Me voy a correr...
Me tomó la boca por asalto, succionando mi lengua.
—¡Qué delicia, joder!
Echó la cabeza hacia atrás y escuché su rugido contenido.
Fue un orgasmo violento que lo dejó temblando por completo.
Nos quedamos así durante unos minutos, sumidos en el agotamiento total.
Él todavía me sostenía en vilo, con mis piernas rodeando sus caderas.
Corazones desbocados, cuerpos cubiertos de sudor.
Su cabeza descansó en mi hombro, pesada.
En silencio, solo quedaron nuestras respiraciones y los latidos cardíacos resonando en el lugar.
—Voy al baño a quitarme el condón.
—Vuelvo para ayudarte a vestirte y para que hablemos.
Me bajó al suelo con cuidado y se alejó.
Cuando abrió la puerta del baño, la iluminación me permitió ver su espalda.
Comprobé lo grande, fuerte y atractivo que era aquel hombre.
Me quedé allí sola, procesando lo que acababa de hacer.
Si quería una aventura, acababa de vivir la más grande de todas.
Ahora tenía que pensar en cómo salir de allí.
Aquel hombre bien podía ser un empresario importante en negocios con Valmont & Co.
Mientras que yo era solo una insignificante auxiliar de secretaría que se había colado.
Si me descubrían, perdería mi empleo en el acto.
No podía darme el lujo de volver al lugar de donde salí.
Había sido maravilloso, pero Cenicienta tenía que marcharse antes de la medianoche.
Comencé a vestirme a toda prisa, acomodándome el vestido como pude.
No podía olvidar la máscara. ¿Dónde estaba?
Tanteando en la oscuridad, encontré una en el suelo, pero noté que no era la mía.
Era su dominó. No tenía tiempo para seguir buscando.
Salí de la habitación corriendo, usando su máscara para cubrir mi rostro.
Necesitaba marcharme lo más rápido posible antes de que me descubrieran.
Guardaría los recuerdos de aquella noche loca...
Y de aquel dios griego que me había hecho sentir el mayor placer de mi vida.
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