Dren me llevó a la fuerza a su casa, sacó unos juguetes sexuales enormes y los colocó uno por uno frente a mí.—¿No te gustan los jueguitos? Pues hoy te voy a dar para que te hartes.—Aquí tengo cuarenta y nueve juguetes, y cada uno se puede usar de ocho formas. Te aseguro que la vas a pasar bien.Yo me resistía con todas mis fuerzas, pero Dren me tenía bien sujeta. Desesperada, lo mordí, y él, por el dolor, me dio una cachetada brutal.—Maldita, ¿cómo te atreves a morderme? Veo que ya te cansaste de vivir.Cuando Dren estaba por estrellarme el puño en la cara, uno de sus secuaces lo detuvo.—Jefe, no. Si le destrozas la cara, ya no se va a ver bien. Mejor deja que los muchachos se den gusto primero.Apenas lo dijo, varios me sonrieron con perversidad. Dren lo pensó un momento y aceptó.—Está bien. A esta mujer le hace falta que alguien la dome. Cuando los muchachos la hagan gozar, va a entender quién manda.Para que no escapara ni pudiera resistirme, me amarraron de pies y manos entre
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