Otro auto se detuvo frente a ella.Cuando abrió la puerta, vio a Noelia acurrucada adentro, con un color de piel muy anormal.Catalina subió rápido, cerró la puerta y bajó el separador entre los asientos delanteros y traseros.Noelia tenía los ojos y la boca tapados.Sus muñecas estaban atadas con una cuerda por detrás, y toda la piel le brillaba enrojecida.Catalina le soltó las cuerdas y, con cuidado, le arrancó la cinta adhesiva de la boca y la venda de los ojos.Oyó que Noelia respiraba entrecortado y murmuraba sin control:—No, por favor, déjame ir, déjame ir, te lo ruego, déjame ir...Tenía los ojos cerrados, hinchados y rojos de tanto llorar, y hablaba presa del pánico.Catalina la abrazó y le dio palmaditas suaves en la espalda:—Estás a salvo, nadie quiere hacerte daño. —Estoy aquí, te acompaño.Noelia ahogó el llanto; tenía el cuello enrojecido por la tensión.—Catalina.Pronunció su nombre y luego rompió a llorar desconsoladamente, con el cuerpo sacudido por espasmos.Pasó
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