Tres meses después, mi padre por fin aceptó que me mudara de la finca principal.Al principio se había negado en rotundo, pero, luego de pasar toda la tarde en su despacho con Mia en brazos, él terminó perdiendo contra un simple bostezo de su nieta.Firmó la autorización con el rostro serio y me asignó dos equipos de seguridad adicionales antes de que siquiera pudiera darle las gracias.En esta ocasión, volví a escoger un lugar junto al lago, aunque, claramente, ya no era la antigua cabaña.Esta casa estaba cerca de la finca Castellano, con una colina a las espaldas, y el agua frente a ella, mientras una hilera de arces plateados que bordeaban el camino.Sin perder tiempo, mandé construir una nueva casa de madera, levanté una cerca blanca y llené el jardín de tomates, menta y girasoles.Cada pocos días, mi padre enviaba un nuevo camión lleno de cosas: fórmula infantil, ropa para bebé, vidrios antibalas, un nuevo sistema de seguridad... Parecía decidido a trasladar la finca Castel
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