A la mañana siguiente, Molly esperó pacientemente a Andrew, sentada en la sala. Pero, igual que las veces anteriores, él no apareció.Para animarla, la llevé al parque de diversiones, donde jugamos todo el día. Pero Molly no parecía contenta. No dejaba de mirar hacia la entrada.Sabía que, al igual que yo, esperaba a alguien que no iba a aparecer.Al anochecer, regresé a casa con mi hija dormida en brazos. Para mi sorpresa, apenas llegamos a la puerta, unos hombres se interpusieron e insistieron en llevarnos a la residencia de los Sonovan.—¿Se les ofrece algo?Era la primera vez en seis años que veía frente a frente a la madre de Andrew, Erica Hull. Ella me miró con desprecio y dijo con altivez:—Vaya, no esperaba menos de alguien de baja cuna. Qué malos modales. ¿Es que ni siquiera sabes saludar a tus mayores?Sabía que, para la familia Sonovan, yo era una simple muchacha de pueblo. Al ser ricos y poderosos, daban por sentado que yo era la típica mujer trepadora que se había colgado
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