Incluso en la gala de la industria de este año, cuando Emmanuel entró al salón llevándome del brazo, los magnates empresariales a nuestro alrededor no escatimaban en halagos.—El señor Santillán y la señorita Farías son una pareja de ensueño. Él es talentoso y ella hermosa, hechos el uno para el otro.—Así es. Es impresionante verlos juntos... Hacen una pareja tan perfecta que sobran las palabras.Cada vez que escuchaba esos halagos, Emmanuel asentía con cortesía y mesura, con la mirada serena detrás de los lentes, como si en verdad fuera un caballero intachable.Pero solo nosotros sabíamos que, bajo esa apariencia tan respetable, se ocultaban dos almas enfermizas y retorcidas que encajaban a la perfección.Cuando aquel ejecutivo, impecablemente trajeado, sonreía y brindaba ante todos, presionaba con delicadeza el control remoto en su bolsillo.Y bajo mi elegante y distinguido vestido de gala, yo apretaba los dientes para soportar aquellas intensas ráfagas de vibración que me aflojaban
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