Me terminé el bocado y forcé una sonrisa.Sebastián, satisfecho, me acarició el cabello.—Si te gusta, come más. Con lo mucho que te gusta el picante, cualquiera diría que eres de Santa Lucía.Desde el otro lado de la mesa, Camila soltó una risa y volvió a hablar en guaraní.—Sebastián, qué fácil es engañar a tu novia. Estamos jugando delante de ella y ni siquiera se da cuenta.Él respondió en el mismo idioma:—Ella es así, tan sosa. Se cree todo lo que le dicen y no tiene nada de gracia.Debajo de la mesa, Camila estiró una pierna y comenzó a rozarle lentamente la pantorrilla.—¿Ah, sí? Anoche, cuando estabas conmigo, no decías que yo no tenía gracia.La garganta de Sebastián se movió ligeramente.—Tú eres diferente. Eres una diabla. Casi me dejas sin fuerzas.Todos soltaron una carcajada cómplice.Alguien, entre risas, les recordó que yo seguía ahí, pero Sebastián solo se limpió la boca, como si nada.—¿Y qué? No entiende lo que estamos diciendo.Después se volvió hacia mí y me miró
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