Miré al Don con los ojos vacíos. Todo el mundo temblaba ante su furia, pero a mí, a estas alturas, ya nada me infundía miedo.—Estuviste aquí cada segundo desde que ella pisó esta habitación. ¿En qué momento pude haberla tocado? Si dudas de mí, envía a tus hombres a investigar cada rincón de este cuarto.Me detuve un segundo antes de rematar:—Aunque si la verdad te da igual y solo quieres un blanco fácil para descargar la culpa por tu adorada Seraphina, castígame de una vez. Vamos, Don Matteo, trata a tu esposa como tratas a cualquiera de tus traidores.Se quedó helado.En el pasado, Seraphina había usado artimañas similares para incriminarme incontables veces.Cuando asistíamos a un banquete juntos, se arrojaba adrede por las escaleras de mármol para luego afirmar entre lágrimas que yo la había empujado. Cuando yo cocinaba para ella y para Matteo, se salpicaba gotas de aceite caliente en las manos y se mordía el labio, haciéndose la víctima mientras decía que yo no lo había hec
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