Pero entonces me soltó un golpe inesperado:—Decoremos esta casa al gusto de Sofía. De vez en cuando se quedará aquí y quiero que se sienta cómoda.Me quedé paralizada.—Gabriel, esta es nuestra casa. ¿Por qué tenemos que decorarla según los gustos de ella?Su expresión se ensombreció.—Solo estamos hablando del estilo de decoración. La casa donde vivimos la decoramos según tus gustos, ¿no? Los padres de Sofía pasan casi todo el año en el extranjero. No es fácil para ella estar sola aquí. Si va a venir seguido, ¿qué tiene de malo que esta casa tenga el estilo que le gusta? ¿Por qué eres tan mezquina?Me reí de la rabia.Era mi casa y, aun así, tenía que decorarla según los gustos de otra mujer.¿En qué mundo tenía eso sentido?Ninguno de los dos cedió y, hasta el día de hoy, la casa seguía sin estar completamente amueblada.Ahora que lo pienso, aquel habría sido el momento perfecto para divorciarme.Pero yo seguía aferrada a una última esperanza.Pensé que, cuando llegara nuestro anive
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